martes, 28 de enero de 2014

Disputar Europa

 

 

Catedral de Estrasburgo

 

Gerardo Pisarello  [SinPermiso]

 

Para un sector importante de la población, las elecciones europeas son una convocatoria inservible. Si la clase política local se encuentra bajo severa sospecha, en el caso europeo el juicio es aún más duro. El Parlamento Europeo es percibido como una institución lejana, con competencias misteriosas pero más bien inútiles y un papel marginal en el entramado institucional de la Unión Europea (UE). En parte del imaginario colectivo, su mayor servicio al bien común consiste en haber acogido a políticos retirados, asegurándoles una jubilación plácida, sin sobresaltos. Son este tipo de imágenes las que alimentan, no sin razón, las previsiones abstencionistas. De ahí la tendencia a minimizar la importancia de estos comicios, a tratarlos si acaso como una oportunidad para medir fuerzas locales y para ganar músculo de cara a pugnas electorales posteriores.

Y sin embargo, todo ello ocurre en un momento en el que Europa se ha convertido en un terreno de batalla decisivo. Más, sin duda, que hace cinco años, cuando la expropiación política y económica de las poblaciones del continente -sobre todo del Sur y del Este-, no era tan drástica. Es en la UE, de hecho, donde se fraguan parte de los rescates a entidades financieras que hincharon las burbujas especulativas y que ahora se benefician impunemente de su estallido. Es en la UE donde los hombres de negro y el club de amigos de Goldman Sachs ultiman los planes de austeridad que condenan a millones a la precariedad y a la exclusión. Es en la UE donde los lobbies de las principales transnacionales presionan para limitar la libertad de expresión en la red y otros medios o para laminar los estándares laborales, sociales y ecológicos.

Combatir esta ofensiva desde la propia UE no es fácil. Antes de 1979, el Parlamento europeo estaba integrado por delegaciones de los parlamentos estatales. Esto permitía un vínculo algo más estrecho entre la política local y la comunitaria. Cuando se introdujeron las elecciones directas al Parlamento, los diputados de uno y otro ámbito dejaron de reunirse. El cambio dio pie a una paradoja. Había cuestiones que se discutían en Estrasburgo, pero cuando llegaba el momento de plantearlas en los parlamentos estatales, nadie sabía lo que su propio partido había propuesto.

Este alejamiento, sumado al creciente protagonismo de instituciones sin legitimidad democrática como la Comisión Europea, el Banco Central o el Tribunal de Luxemburgo, acabó por dinamitar el carisma del Parlamento. Daba igual que cada nuevo Tratado recordara la conquista de unas cuantas competencias. La percepción generalizada era que allí había poco que hacer. Esto se reflejó de manera nítida en la participación electoral. En 1979, fue de un 63%. Desde entonces, no ha dejado de caer. 61% en 1984; 58,5% en 1989; 56,8% en 1994; 49,8% en 1999; 45,5% en 2004; 43% en 2009.

Para algunas posiciones críticas, esta tendencia señalaría una línea de actuación: dejar languidecer el Parlamento y replegarse en el ámbito local. El europapanatismo profesado por las elites que se han rendido a la Troika y que en estos días desfilan en los salones de Davos hace comprensible esta reacción. Pero afirmarse sin más en ella puede resultar peligroso.

De entrada, ninguno de los partidos responsables de la actual deriva antidemocrática y autoritaria de la UE -incluidos el PP y el PSOE- dejarán de ir a Estrasburgo a cumplir su papel. La extrema derecha de Marine Le Pen o de Geert Wilders tampoco resignará este espacio. Aborrecerá en público la pérdida de “soberanía nacional” en beneficio de la “tecnocracia de Bruselas”. Pero hará todo lo posible por conseguir en el Parlamento un altavoz que le permita propagar sus causas: atacar a la “plutocracia” mientras pacta con banqueros y grandes empresas, convertir a la inmigración en chivo expiatorio de la crisis o azuzar el chovinismo y la islamofobia.

Los movimientos sociales y sindicales partidarios de una radicalización democrática y las fuerzas transformadoras de izquierdas y ecologistas no pueden dejar el campo libre a estas iniciativas. Ni aquí, ni en Grecia, ni en Portugal, ni en Alemania. Quizás el Parlamento europeo cuente poco y su presencia mediática sea escasa. Pero también puede ser una caja de resonancia y un espacio de contrapoder y resistencia. La experiencia de los últimos años lo atestigua: mientras más controladas estén las instituciones europeas por fuerzas tecnocráticas o reaccionarias, mayor será el sufrimiento y la impotencia de las poblaciones locales, comenzando por las más vulnerables.

Dar batalla en las instancias supraestatales no está reñido con la defensa de la organización desde abajo y de las iniciativas cooperativas en el territorio, en los lugares de trabajo, o en las pequeñas escalas en general. Por el contrario, el fortalecimiento de la democracia en estos ámbitos depende estrechamente de lo que se consiga en escalas más amplias. Para revertir el fraude y la regresividad fiscal, para poner fin a las deudas ilegítimas e impagables, para combatir la xenofobia y la homofobia o para contrarrestar, sencillamente, la oligarquización de la vida política y económica. Llevar la necesidad de una ruptura democrática más allá de las fronteras, denunciar los cantos de sirena del repliegue estatal y crear las condiciones para un proceso constituyente, también europeo, no es sencillo. Pero o se hace desde premisas solidarias, internacionalistas, o la serpiente incubará su huevo racista y anti-igualitario también en el corazón del continente.

Gerardo Pisarello es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso

lunes, 20 de enero de 2014

Hungría: panorama pre-electoral

BUDAPEST EN CONSTRUCCIÓN

 

Jake Blumgart · · · · ·

12/01/14

Todo en Budapest parece estar en construcción. Al salir de la estación central de ferrocarril, tras llegar a la ciudad, tuve que abrirme paso entre un montón de maquinaria pesada y de hormigón hecho pedazos: la herencia de una línea de metro que ha estado en construcción desde 2009. En la orilla oriental del Danubio, los turistas se pasean entre encorvados trabajadores de la construcción para acceder al gran número de tiendas pijas en las calles que están siendo repavimentadas. El edificio del parlamento húngaro, con su bosque de agujas puntiagudas en fila, se encuentra vallado e inaccesible desde el este debido a un proyecto masivo de renovación: una eficaz pantalla contra las concentraciones de protesta que se realizan en la plaza con regularidad.

La renovación de las secciones más importantes de la ciudad parece que se debe a la proximidad de las elecciones del 2014, que serán las primeras desde que el partido conservador de Fidesz consiguió 262 de los 386 escaños en el parlamento. El líder del partido, Víktor Orbán, es el más respetado de los antiguos oponentes al régimen comunista. Orbán fue descrito por el historiador Timothy Garton Ash en 1989 como el activista “fogoso de la barba negra” que fue el único orador en la conmemoración de la muerte del líder disidente Imre Nagy capaz de inspirar una ferviente respuesta entre la inquieta multitud. “De entre todos los líderes de la era poscomunista , es el único al que se construirá un monumento”, según me contó un periodista.

Pero desde los embriagadores días de 1989, Orbán ha girado más que nunca hacia la derecha. De nuevo, su partido parece destinado a otra victoria electoral. Los partidos de centroizquierda disponen de poca legimitidad o incluso de poca energía para desafiarle. Sus débiles filas están integradas por viejos fieles militantes y tecnócratas neoliberales. Y la única fuerza que parece querer aprovechar el descontento masivo es el partido fascista Jobbik, una de las formaciones de extrema derecha más fuertes de Europa.

De vuelta al autoritarismo

La mayoría parlamentaria absoluta que Fidesz ganó en 2010 fue de tal dimensión que el partido pudo reescribir la Constitución a voluntad, sin tener que consultar a otros partidos políticos. En 2011, hicieron exactamente eso: diseñarla desde cero con artículos que atentaban contra la independencia de los medios, el poder judicial, el Banco Central, y enfatizaban la identidad cristiana de Hungría. (El nuevo documento engloba la idea de que la vida empieza en la concepción, y que el matrimonio solo puede darse entre un hombre y una mujer.) Los llamamientos a un referéndum popular para aprobar la nueva Constitución fueron desechados, e importantes responsables de instituciones culturales en Budapest fueron reemplazados por miembros fieles al partido.

Las reformas de Fidesz que tenían en el punto de mira a las instituciones socialdemócratas han sido objeto de menor atención. Se ha acabado con la educación superior gratuita y ahora se cobran tasas. Los impuestos progresivos han sido reemplazados por un impuesto fijo del 16%, sin que ni siquiera formase parte de su programa electoral. El gobierno está intentando recuperar los ingresos perdidos con una versión bastarda del impuesto Tobin, que tasa no solo a las altas finanzas, sino también a las transacciones cotidianas, como pagar las facturas de la luz y el agua o las tarjetas crédito.

Se ha impuesto un sustancial aumento de un 27,5% en los impuestos sobre bienes de primera necesidad. Las nuevas reformas laborales han debilitado drásticamente los derechos de los trabajadores, haciendo que sea más fácil echar a los empleados enfermos o a los que protestan; ha limitado la protección legal reduciéndola a un número restringido de sindicalistas en el lugar de trabajo, y ha eliminado las negociaciones colectivas de las empresas públicas.

La izquierda gira hacia el neoliberalismo

Estas políticas de mano dura de Orbán han provocado críticas internacionales. Sin embargo, la debilidad de los movimientos de oposición en el país y la falta de una alternativa progresista eficaz ha sido todavía menos estudiada.

Recientes artículos en el Wall Street Journal y en The Economist han vitoreado las maniobras de los principales partidos de centroizquierda: el tímidamente moderado Juntos-2014, y los socialistas de centro-izquierdas del MSZP, que gobernaron entre 2002-2010 en coalición con el ahora difunto partido liberal, la Alianza de los Demócratas libres. La victoria total de Fidesz en 2010 se debió a la corrupción, a los errores policiales, y a una clara incompetencia del MSZP. Su liderazgo está compuesto básicamente por remanentes de la vieja clase gobernante del Partido Comunista, que han renovado sus tendencias oligárquicas y que ahora gobiernan como neoliberales, aplicando las órdenes que vienen ahora de Washington y Bruselas en lugar de Moscú.

Tras las elecciones de 2006, el MSZP privatizó el sistema sanitario universal, que tenía más de 40 años, y lo sustituyó por un sistema dualizado, que se basa en un sistema de asistencia pública para los pobres y seguros privados para aquellos que se lo puedan permitir. El plan cerró muchos hospitales públicos. Existen problemas reales en el sistema sanitario húngaro, incluyendo la excesiva prescripción de medicamentos, doctores con bajos salarios y dispuestos al soborno y resultados médicos terribles. Pero los esfuerzos del MSZP no dieron lugar a ahorros significativos: “la mayor parte del fracaso (en el gasto médico) proviene del éxito del ministro a la hora de promover los genéricos más baratos en lugar de medicamentos de marca”, en palabras de un think tank pro-privatización.

Los socialistas desmontaron las instituciones social-demócratas, y Orbán vio una salida política. Encabezó la lucha contra las políticas de privatización del MSZP y se las arregló para forzar un referéndum nacional sobre ellas, en el que en 2008 fueron derrotas por un 80% de los votos. La derrota de la reforma sanitaria fue una avanzadilla de lo que tenía que venir: en 2010, el MSZP perdió 131 escaños en el parlamento, y sus aliados liberales fueron expulsados del parlamento por primera vez desde la caída del comunismo. Desde entonces, las estadísticas les han mostrado una y otra vez con un apoyo de menos de la mitad que el de Fidesz, y un reciente seguimiento por edad muestra que su base tiende a disminuir. Fidesz va muy por delante de sus competidores en todas las categorías por edad; el MSZP solo mejora en un 20% entre aquellos encuestados con más de 47, y se acerca a los conservadores solo entre los encuestados de 73 años y mayores.

Otros factores hacen que la revitalización de la izquierda sea improbable. Por encima de todo, la densidad sindical en Hungría ha caído del 19,7% en 2001 al 12% en 2009. La mayoría del movimiento obrero húngaro está formado por sindicatos que ya eran miembros de la SZOT, la domesticada federación oficial de la era comunista. La segunda federación sindical más grande, basada en el sector privado, MSZOSZ, ha seguido afiliada al MSZP, pero no tiene relación con grupos progresistas.

El movimiento obrero en su conjunto parece moribundo, con una palpable falta de nuevos esfuerzos organizativos y con unos afiliados relativamente mayores, la mayoría entre los 40 y los 54 años. En mayo de 2013, tres de las federaciones sindicales, incluyendo MSZOSZ y la mayor de ellas, implantada en el sector público, SZEF, anunciaron sus planes para unirse en una supra federación, en un intento de presentar un frente unido a Fidesz. (Orbán ha estado valiéndose de tácticas de “divide y vencerás” en sus negociaciones con las facciones del movimiento obrero). Pero a menos que la nueva gran organización, haga precisamente eso, organizar a nuevos afiliados, parece poco probable que los esfuerzos den sus frutos.

Aunque el movimiento obrero puede resurgir (los sindicatos de enfermeras lucharon contra el intento del MSZP de privatizar el sistema sanitario, y la mayoría del movimiento obrero luchó a la defensiva contra las reformas antiobreras de Fidesz), sus dirigentes muestran un marcado desinterés en lograr alianzas con otros movimientos sociales. Los activistas sociales que han intentado sumarse a los piquetes o coordinar acciones de solidaridad han sido recibidos con sorpresa. Entretanto, las ONG’s tienen una fuerte presencia en Budapest, incluyendo una serie de organizaciones que defienden los derechos de los gitanos, pero que no tienen ninguna implantación popular, ninguna capacidad de movilización y tampoco de influir en el gobierno. Las ONGs no tienen poder para forzar cambios o para influir en políticos destacados, a la vez que los sindicatos no disponen de recursos para llegar más allá de sus propios afiliados.

Los bárbaros a las puertas

El tercer mayor partido en Hungría es Jobbik, una formación filofascista con una ideología racista antisemita y anti-gitana, y con un sector paramilitar, la Magyar Garda, con la que se coordinan. Este grupo es el que tiene peor fama por la bárbara ocupación de Gyöngyöspata, una pequeña y empobrecida ciudad que, como en la mayoría de pueblos húngaros, hay tensiones entre la minoría gitana, relegada a escuelas destartaladas y a casas por debajo de los estándares normales en las afueras de la ciudad, y los húngaros étnicos.

Con la excusa de que la ciudad ha sido destruida por los “crímenes gitanos”, las milicias de la extrema derecha afiliadas a Jobbik marcharon sobre la ciudad con hachas y después llevaron a cabo “patrullas de vigilancia del vecindario” durante dos meses, simplemente para aterrorizar a los gitanos. A pesar de que el gobierno ha supuestamente tomado medidas contra tal despliegue, el partido todavía convoca marchas con antorchas, repletas de uniformes escalofriantes y de eslóganes racistas, y los miembros uniformados de la milicia hicieron abiertamente su instrucción frente a la reciente convención en Budapest del Congreso Judío Internacional. Su legitimidad política es intocable –en claro contraste con sus homónimos griegos, el partido Aurora Dorada, que ha sido prohibido por el gobierno y que se ha visto enfrentado en las calles por la izquierda organizada.

Las poblaciones rurales en la zona económicamente deprimida del este de Hungría, donde habita la mayor parte de la población gitana, constituyen una base potencial para un partido de extrema derecha. No obstante, el apoyo fascista entre los jóvenes habla por sí solo de la falta de alternativas reales a los partidos políticos establecidos. Las encuestas favorecen a Jobbik más que a MSZP en todos los grupos menores de 47, con un mayor apoyo entre los 18 y 22 años. Con su estable base entre los pensionistas de la tercera edad, el partido socialista no consigue llamar la atención de los jóvenes. Ningún otro grupo progresista ha conseguido llenar el vacío, dejando que los partidos de la derecha atraigan a aquellos insatisfechos con el statu quo. La accidentada integración de Hungría en la Unión Europea y el shock de la gran recesión tuvieron lugar durante el gobierno del centroizquierda; solo Fidesz y Jobbik se han reforzado con sus terribles consecuencias, gracias a sus esfuerzos organizativos sobre el terreno.

Jobbik ofrece becas universitarias, una táctica especialmente popular dado a la reciente introducción de tasas. A medida que se iban reforzando a mediados de la década del 2000, los fascistas organizaron conciertos, fiestas, y otras celebraciones con poco contenido político explícito, pero que sirvieron para construir su popularidad entre los jóvenes húngaros. Hoy, todos los partidos políticos mayoritarios tienen presencia en los mercados públicos, normalmente un puesto con publicaciones sobre el partido y un complaciente representante. Pero Jobbik fue el primero, años antes que los demás. También ha desarrollado su propio juego sobre el terreno, con visitas puerta a puerta, recavando votos. La recompensa por esta estrategia, de organización a ras del suelo, puede verse en sus ascendentes estadísticas.

El camino a seguir

No existe un equivalente húngaro a la Die Linke alemana o a la Syriza griega, que ofrezcan alternativas progresistas a los partidos de centroizquierda de toda la vida. Los tres mayores partidos húngaros de centroizquierda están a la gresca unos con otros, con muy poco interés público por sus rasgos ideológicos. Todos ellos se contentan con una propaganda anti-Orbán, mientras que su partido sigue subiendo en las encuestas con más fuerza que ninguno de ellos.

Podría haber sitio para que emergiera un nuevo partido de izquierda, pero el único esfuerzo visible en el horizonte es el Movimiento por la Cuarta República (4K!), un partido socialdemócrata que se presenta a las urnas por primera vez en 2014. Dicen tener 400 miembros, la mayoría en los veinte o treinta años (poca afiliación, pero la militancia política no supone un fiel indicador de la fuerza electoral en Hungría).

La sede del 4K! en el centro de la ciudad parece pequeña, todavía provisional. Situados en un laberinto de oficinas que incluyen una unidad de periodismo de investigación, un teatro, y una cafetería en un viejo almacén, unos pocos hombres y mujeres bromeaban en sus pantallas de ordenador el día que los visité, sentados entre cajas de pegatinas y carteles de György Dózsa, un campesino que lideró, alrededor del 1400, una cruzada contra la nobleza local. El presidente del 4K!, András Istvánffy, es joven, un chico simpático con un inglés casi perfecto, que puede hablar entusiasmado sobre política y macroeconomía sin parecer estar dando clase.

4K! tiene pocas posibilidades de alcanzar en 2014 el umbral del 5% que se necesita para conseguir representación parlamentaria, pero Istvánffy no parece especialmente preocupado por este hecho. Son un partido joven, fundado en los dos últimos años tras una larga lucha por conseguir su legalización. Estas serán sus primeras elecciones y creen que tienen una oportunidad de subirse al carro: solo con que el partido gane el 1% de los votos, serían elegibles para una financiación estatal para su campaña-.

4K! espera convocar tanto a los jóvenes como a aquellos hartos del centroizquierda establecido, pero que no están interesados ni en Jobbik ni en Orbán. El nombre del partido se refiere a la nueva constitución de Orbán, que ellos consideran ha puesto punto final a la Tercera República formada tras la caída del comunismo. Quieren volver a las normas democráticas del período post-1989, pero con un mayor contrato social.

“La Tercerca República solo cumplió unas pocas de sus promesas… [creando] un sistema estable multipartidista, un estado de derecho, y libertades básicas garantizadas para todo el mundo” La plataforma del partido 4K! dice: “El país ha perdido el mínimo común de civilización que se logró tras el socialismo, es decir, que la sociedad no abandonase a ninguno de sus miembros. Además, la Tercera República casi ha abandonado a los gitanos.”

Pocos húngaros recuerdan la era comunista con afecto. Pero tal y como la plataforma 4K! apunta, hay muchos que echan de menos un poco la seguridad económica del sistema. En aquellos días, el Estado daba trabajo a casi todo el mundo, incluyendo a los gitanos, que ahora se enfrentan a la violencia de Jobbik y a una tasa de desempleo seis veces peor que la de la media nacional del 10%. El Estado comunista proscribía la indigencia. Pero como casi todo el mundo tenía trabajo, incluso los más pobres podían al menos permitirse pagar una habitación en las enormes instituciones conocidas como munkásszálló, hostales donde la gente soltera podía alojarse.

Hoy, Fidesz también ha proscrito la indigencia (una ley que el tribunal Constitucional declaró inconstitucional, y Orbán simplemente cambió la constitución para que encajase en ella), pero la nueva Hungría no ofrece nuevos programas sociales para albergar a aquellos que lo necesitan. Las estaciones y las bocas del metro de Budapest están llenas de gente en sacos de dormir: una visión impactante para aquellos que recuerden la era comunista, cuando nadie dormía en la calle. La indigencia es la enfermedad más obvia de las que acechan a Hungría, como la rampante falta de empleo y el atribulado sistema sanitario, de lo que no puede culparse solo a Orbán: los socialistas y otras élites post-1989 comparten también responsabilidades.

La masiva oposición al programa de privatización de la sanidad y la erosión de la base del partido sugieren que podría haber pronto espacio en el espectro político húngaro para un partido dispuesto a luchar por el estado del bienestar. Hasta entonces, las opciones se quedan en lo neoliberal, fascistas o Orbán. Dadas una opciones tan poco apetecibles, Fidesz no necesita estar reconstruyendo constantemente Budapest para recordar a todo el mundo que ellos son la única apuesta seria en el país.

Jake Blumgart es un joven periodista independiente norteamericano que colabora con la revistaJacobin

jueves, 26 de enero de 2012

HUNGRÍA NAZI

Viktor Orban

Estonia rehabilita a sus nazis, Lituania convierte en tabú el holocausto judío y en Budapest se sueña con la gran Hungría

El parlamento de Estonia aprobará en marzo, por amplia mayoría, conceder el título de "luchadores de la libertad" a los miembros de la "Legión SS" estonia que combatió al lado de Hitler contra los soviéticos en la segunda guerra mundial.

Los veteranos estonianos de la SS, unos 12.000 hombres en 1944, glorifican desde hace años su participación en la guerra en actos oficiales concurridos por veteranos de las SS y jóvenes neonazis de otros países, pero la de marzo será la primera ley en materia de "luchadores por la libertad".

Algo parecido ocurre en Ucrania Occidental, donde se glorifica desde hace años a los combatientes de la división "Galizia" de las SS.

En Budapest, cada 11 de febrero se reúnen ultraderechistas de Alemania, Eslovaquia, Bulgaria y Serbia para conmemorar el llamado "Día del honor". La jornada recuerda el fin de la batalla por Budapest en la que un ejército de 100.000 soldados, alemanes y húngaros, rodeados por los soviéticos mantuvieron la posición durante 52 días, en 1945.

"Occidente se defendió de las hordas rojas de las estepas de Asia con un inmenso tributo de sangre y heroísmo", señala la convocatoria de grupos neonazis alemanes para acudir este año al acto de Budapest.

El cerco de Budapest tuvo entre sus consecuencias la aniquilación de gran parte de los últimos judíos que aun quedaban en la ciudad, a manos de los fascistas húngaros.

"En muchos países del antiguo bloque oriental se está abriendo paso una unilateral versión de la historia a la medida de la ultraderecha", constata el periodista rumano-alemán William Totok.

El fenómeno supera lo meramente histórico para manifestarse en una creciente hegemonía política derechista que parece estar calcando el mapa de los años treinta, cuando la región estuvo dominada por regímenes ultraderechistas.

Regreso a un mapa conocido

Los países bálticos, Rumanía, Bulgaria, Hungría, la Ucrania occidental y la católica y conservadora Polonia, vuelven a destacar en papeles en los que ya se les vio en vísperas de la segunda guerra mundial.

En la segunda guerra mundial seis países europeos fueron aliados militares de Hitler: Finlandia, Hungría, Rumanía, Italia, Eslovaquía y Croacia. Sólo Finlandia, que no se identificó con la ideología racista que animaba la guerra, mantuvo un sistema democrático dentro de aquel bloque y contó hasta el final con soldados y oficiales judíos en su ejército.

Otro grupo de países oficialmente "neutrales" u ocupados como, España, Francia, Bélgica, Holanda, Dinamarca y Noruega, enviaron voluntarios a luchar con Hitler.

En los países bálticos, en el Cáucaso del norte, en Polonia, Ucrania y Bielorrusia, así como en la misma Rusia, los agravios históricos del dominio imperial ruso, de la represión y deportación estalinistas, de la colectivización agraria y la cuestión nacional, o los ecos de la propia guerra civil rusa, se tradujeron en luchas activas contra la URSS de Stalin, que Hitler instrumentalizó en su favor de diversas maneras.

Nuevo "macartismo" europeo

La llamada "Declaración de Praga" de junio de 2008, iniciada por Vaclav Havel y otros disidentes anticomunistas del antiguo bloque del Este, y parcialmente bendecida por la Unión Europea, dio alas a no pocas tendencias internas en esos países al equiparar nazismo y comunismo. Con el paquete del anticomunismo regresa el antisemitismo y el maltrato al gitano.

En Lituania, por ejemplo, desapareció de la visión, la aniquilación del 95% de los 220.000 judíos locales, entre 1941 y 1944. Los alemanes daban las órdenes, pero la mayoría de los ejecutores del exterminio fueron voluntarios lituanos. La memoria de ese colaboracionismo criminal no existe.

Los lituanos, que sufrieron mucho a manos de los soviéticos, se han escudado en los 30.000 de ellos que fueron deportados a Siberia en 1941, y en las decenas de miles que volvieron a serlo o fueron ejecutados al concluir la guerra, para construir una conciencia nacional limpia y sin tacha, pese a que tiene 195.000 cadáveres judíos en el armario.

En el Museo Nacional de Vilnius la narración salta desde el periodo 1939-1941 hasta 1944, sin detenerse en los años claves del holocausto y el colaboracionismo. Desde junio de 2010 el código penal lituano criminaliza la puesta en cuestión del "doble genocidio".

En 2008 se estableció la prohibición de símbolos nazis y comunistas, pero un tribunal de Klaipeda sentenció en 2010 que la esvástica pertenece al "patrimonio cultural lituano".

Por la misma equiparación, en Rumanía una organización no puede denominarse "comunista" sin exponerse a ser considerada, "amenaza para la seguridad nacional".

El gobierno rumano prepara una ley que prohíbe actos públicos que "propaguen ideas totalitarias, es decir fascistas, comunistas, racistas o chovinistas".

En Chequia el Partido Comunista está amenazado de ilegalización por la misma idea. La situación en Polonia quedó ilustrada el pasado diciembre cuando el periodista polaco Kamil Majchrzak, redactor de Le Monde Diplomatique, una publicación de izquierdas, pidió, durante una conferencia pronunciada en Berlín, que no le hicieran fotos por estar amenazado por la extrema derecha en su país.

En Hungría, los miembros del ex partido comunista, muchos de ellos ahora en el partido socialista, podrán ser perseguidos judicialmente por "delitos comunistas" cometidos antes de 1989, de acuerdo a las nuevas normas introducidas por el gobierno de Viktor Orban.

Revanchismo nacional

El nuevo derecho electoral contemplado por Budapest para los húngaros residentes en el extranjero, es decir en primer lugar para las abultadas minorías húngaras existentes en Eslovaquia, Serbia y Rumania, es una invitación al revisionismo de las fronteras, a cuestionar el Tratado del Trianon, que, después de la Primera Guerra Mundial, restó a Hungría casi la tercera parte de su territorio.

Tal revisionismo es impensable, o muy difícil, en el cuadro de la Unión Europea, y por esa razón hay que vigilar las tendencias anti Unión Europea que comienzan a aflorar al calor de la crisis.

En Hungría, la degradación socio-económica ha liberado el sueño de la "Gran Hungría", explica el periodista y experto en cultura magiar, Bruno Ventavoli.

"Los valores de la democracia, del pluralismo, del diálogo o de la diversidad parecen superfluos, cuando en la vida cotidiana no hay dinero para hacer la compra o pagar facturas. Así nace la tentación de replegarse sobre si mismos, soñando con una Gran Hungría, aderezada con una sospecha de victimización por las heridas de la historia; desde las guerras contra los turcos a la invasión soviética, pasando por el tratado del Trianon", dice Ventavoli.

Bruselas y Budapest

En Bruselas no pasó gran cosa mientras el primer ministro húngaro, Viktor Orban, se limitaba a restringir la democracia con medidas y proyectos que atentan contra la libertad de prensa o la división de poderes, o a purgar la administración y los medios de comunicación de voces críticas y afirmar una constitución que recuerda a la época del Almirante Horthy.

El Partido Popular Europeo, al que pertenecen los partidos del gobierno de Sarkozy y Merkel, no se inmutó por ello.

El problema empezó de verdad cuando Orban apuntó medidas como: modificar el sistema fiscal, nacionalizar los fondos privados de pensiones, dar al parlamento derecho de veto sobre la legislación europea y, sobre todo, someter a su banco central al control directo del gobierno.

Fue entonces cuando Bruselas clamó que "los valores europeos" están en peligro en Hungría y comenzó a urdir, en compañía del FMI, el propósito de desplazar a Orban del gobierno.

La banca austriaca está muy expuesta en la economía húngara, que está al borde de la quiebra. Aunque Hungría no esté en el euro, esa conexión austriaca es vista con prevención.

Fraguando el tercer golpe

Pero realizar un tercer golpe de estado tecnocrático en Europa, después del griego y el italiano, es complicado, señala el diario "Népszabadság". "No es fácil destituir a un primer ministro desde el exterior cuando ha resultado electo y cuenta con dos tercios de los escaños del Parlamento, y aun lo es más si la oposición está fragilizada", observa.

Orban llegó al poder en 2010 como reacción al desencanto con una coalición de gobierno anterior encabezada por los socialistas.

Aquel desencanto también consagró al partido fascista Jobbik como tercera fuerza del país. En 2008 los socialistas y sus socios iniciaron duras medidas de ajuste y de desmonte del sector público bajo el dictado del FMI que Orban ha continuado.

El primer ministro tiene una sólida mayoría apoyando su proyecto retrógrado-populista, frente al escenario europeo, que responde a lo que la canciller alemana, Angela Merkel, define como una "democracia acorde con el mercado".

Los cien mil húngaros que salieron el 2 de enero a la calle en Budapest contra Orban, están aprisionados entre dos escenarios antidemocráticos, el nacional derechista de su gobierno y el europeo tecnocrático de Berlín y Bruselas, en muchas cosas redundantes, que disuelven ambos la democracia y la soberanía nacional.

"Además de querer conservar un régimen representativo y constitucional, las potencias occidentales y la Comisión Europea quieren que Hungría adopte una política económica que no sirve a los intereses del pueblo magiar", dice el filósofo Gáspár Miklós Tamás.

"Decepcionado en muchas ocasiones, el pueblo húngaro podría no ver en la "causa democrática" de Bruselas más que un mero adorno puesto como colofón a unas medidas de austeridad cada vez más pesadas, impuestas por las potencias occcidentales preocupadas por la estabilidad financiera", dice. Esa contradicción convierte en "muy frágil" la situación de la oposición húngara, concluye.

La extrema derecha puede liderar

"El gobierno debe repensar varias leyes, sobre todo las que conciernen a la independencia del Banco Central", señala el Financial Times Deutschland, una declaración en la que lo más significativo es ese "sobre todo".

Cuestionar la "independencia" bancaria, que no es más que servicio al sector privado y que en el caso del Banco Central Europeo condena a la eurozona a la miseria especulativa con los bonos de la deuda pública, es un peligroso precedente europeo de rebeldía y desafio a la nueva seudodemocracia europea "acorde con el mercado".

La paradoja es que ese precedente de rebeldía lo está sentando un gobierno populista con tendencia de extrema derecha, no un gobierno de izquierda. El mensaje no puede ser más claro: En Europa la crisis está creando agujeros negros.

El caso húngaro advierte, de la forma más clara, que la extrema derecha, con su desprecio al débil, su racismo, su xenofobia y su propensión al militarismo, está dispuesta a rellenar ese agujero con programas y propuestas perfectamente capaces de conquistar la calle y el liderazgo.

Rafael Poch, amigo y colaborador de SinPermiso, es el corresponsal en Berlín del diario barcelonés La Vanguardia.

La Vanguardia, 16 de enero de 2012

Traducción para www.sinpermiso.info: Betsabé García

1914: El fin de la Belle Epoque

 

Michel Winock · · · · ·

19/01/14


 

Bella, desde luego, no lo fue para todos. Pero esta edad de oro de la burguesía supuso un periodo de una creatividad excepcional. El gran historiador francés Michel Winock relata lo que fueron estos tiempos, cuya nostalgia no dejará de cultivar la Francia de postguerra, en una entrevista con Claude Weill para el semanario parisino Le Nouvel Observateur.    

Le Nouvel Observateur - ¿Existió la Belle Epoque? ¿O es un mito, una ilusión retrospectiva?

Michel Winock – Un mito, si se quiere, porque esta época no fue bella para todo el mundo. La protección social era débil, las desigualdades considerables, la esperanza de vida al nacer no superaba los 50 años…Buen número de índices nos sugieren que esta “bella época” fue sobre todo la de una burguesía triunfante cuya felicidad no era muy compartida por los mineros de Carmaux o los obreros del textil de Roubaix. 

¿De cuándo data la expresión misma?

Nace tras la gran matanza del 14-18. La Belle Epoque era, en primer lugar, la preguerra: los años de vida, por oposición a los años de muerte. Las viudas, los huérfanos, los mutilados, los supervivientes de la catástrofe, en resumen, todos los franceses tenían alguna razón para pensar que había un “antes” del gran drama asesino. Y luego, los años que siguen a la paz de Versalles son años difíciles, el franco se hunde y con él los ahorros, la inflación es galopante, el aparato productivo ha quedado devastado, las privaciones se imponen…Entonces sí, ¡fueron hermosos los años de la preguerra! Sin embargo, más allá de esta explicación, mecánica en suma, la expresión se justifica por los hechos, las creaciones, las invenciones, una cierta situación de las costumbres que debemos tener en cuenta: está el mito, pero también una quincena de años excepcionales. En eso es en lo que la leyenda de laBelle Epoque tiene un fondo histórico.

Sigamos por un momento en el mito: una sociedad desigual, dice usted…

Francia sigue siendo entonces un país enormemente rural. Hace falta esperar al censo de 1931 para que la población urbana supere numéricamente a la población rural. ¡Y tanto! Se llamaba ciudad a una aglomeración de más de 2.000 habitantes. La preponderancia del campesinado no debe enmascarar su naturaleza jerárquica: 150.000 propietarios poseen el 45% de la superficie agrícola. El mayor número lo constituyen los pequeños propietarios, cuya situación es a menudo mediocre y precaria, dependiendo de la coyuntura. La revuelta de los viticultores del Midi en 1907 muestra la fragilidad de las economías agrícolas. En lo más bajo de la escala, los parias: asalariados agrícolas, jornaleros, sirvientes. Paralelamente, no ha dejado de crecer el número de obreros industriales. Son cerca de 5 millones en 1914, o sea, un tercio de la población activa. Pero su concentración es todavía débil: sólo el 10% trabaja en fábricas de más de 500 asalariados. La evolución va, con todo, en el sentido de esta concentración: Renault, que daba empleo a 110 personas en 1900 cuenta con 4.400 en 1914. Como media, el salario real anda a la baja a partir de 1905, lo que explica en parte los movimientos sociales violentos a partir del año siguiente. El paro sigue siendo consubstancial a la condición obrera: paro endémico, estacional, coyuntural, ¡y sin ninguna garantía contra el mismo! Sin duda, el conjunto del mundo obrero ha salido de la miseria, pero sigue careciendo de seguridad, aunque se voten algunas leyes sociales en el curso de este periodo: la ley de descanso dominical en 1907, la ley sobre retiro obrero en 1910…¡Estamos todavía lejos del Estado del Bienestar!      

En resumen, una bonita época para los que tienen…

Lo que en efecto llama la atención de esta sociedad es el reinado no compartido de la burguesía. Compuesta aproximadamente de un millón de personas, no sólo posee las palancas de la producción económica sino que impone también su modelo de civilización, monopoliza la cultura letrada, domina los medios de comunicación –los periódicos-, fija las reglas de la condición femenina y de la vida familiar. El aspecto positivo es que constituye lo que Veblen ha llamado la “clase ociosa”. Al disponer de capital, al contrario que los campesinos y obreros, fomenta el desarrollo de los deportes, el auge del automóvil, las artes y las letras. Pero, en su totalidad, insisto, la sociedad de esta época es una sociedad vivamente en contraste, jerarquizada, desigual, nada como para estar contento como no sea echando la vista atrás a lo que la precedió: los franceses viven a buen seguro mejor bajo M. [Armand] Fallières [presidente de la República entre 1906 y 1913] que bajo Luis Felipe.     

Es también la época de los grandes inventos: los que anuncian el nuevo siglo…

Sí, ¡una profusión triunfal de creaciones! La Exposición Universal de París, en 1900, parece dar el impulso de arranque a los inventos y desarrollos técnicos. La primera línea de metro atraviesa la capital. El "hada Electricidad" está llamada a transformar la industria y la vida cotidiana. El cine, que nació en 1895, se convierte en el gran arte popular, en el que Louis Feuillade se impone a Georges Méliès. Los automóviles surcan las carreteras de Francia. Enseguida la aeronáutica apasiona a las multitudes; Blériot realiza la primera travesía del Canal de la Mancha en 1909 y Roland Garros, la del Mediterráneo en 1913. 

Y París, capital de las artes y las letras: ¿otro mito?

¡Claro está que no! París se convierte en la Ciudad-Luz, la que atrae a escritores y artistas del mundo entero: Picasso, Chagall, Stravinsky y los ballets rusos…En París es donde se libra la gran batalla entre el arte académico, que ocupa todavía las instituciones, y las vanguardias: el fauvismo, el cubismo, el futurismo…

Los cafés de Montparnasse son los cuarteles generales de artistas y escritores de todas las nacionalidades. La vida teatral es intensa. En los bulevares se aplauden la puesta en escena de [André] Antoine, las piezas de Claudel, [Jacques] Copeau crea el Vieux Colombier. Pensemos asimismo en el gran florecimiento musical que conoce Francia, con Debussy, Satie, Ravel…En el Collége de France, hay codazos por escuchar a Bergson. La literatura vive uno de sus momentos más fastuosos: fundación de la Nouvelle Revue Française, en torno a André Gide, creación del Premio Goncourt, rivalidad entre Maurice Barrès y Anatole France, resplandores de Charles Péguy y Leon Bloy, aparición de Guillaume Apollinaire, descubrimiento de Alain-Fournier y de Marcel Proust…Se puede hablar de una luz cegadora de la Belle Epoque.

En el terreno político es también una época de debates intensos. ¿La Belle Epoque supone a la vez el apogeo de la burguesía y el poderoso ascenso del socialismo?

De hecho, el movimiento socialista conoce un auge considerable. El año 1905 ha sido testigo de la creación de la SFIO [Sección Francesa de la Internacional Obrera, el socialismo francés], sobre la base de las tesis guesdistas [de Jules Guesde] que, en nombre de la lucha de clases, prohibían a un socialista participar en un gobierno burgués. Pero Jaurès, aparentemente derrotado por Guesde, no deja por ello de ser menos la gran figura de un partido socialista al que convence de la "evolución revolucionaria": conservar la revolución en la cabeza, pero aceptar y promover todas las reformas sociales, que, lejos de debilitar el dinamismo revolucionario, no pueden más que aguijonearlo.  

Sin embargo, el socialismo de partido debe contar con su rival, el sindicalismo revolucionario de la CGT, que es otra forma de socialismo, pero separada de prácticas partidistas, parlamentarias y electorales. Este sindicalismo de acción directa, cuyos principios se reafirman en el congreso de Amiens de 1906, contempla la revolución por medio de la huelga general. La separación entre partido y sindicato impide la formación de una socialdemocracia a la alemana. Jaurès no cejará en su búsqueda de una alianza entre los dos movimientos; lo logra parcialmente en la gran campaña contra la ley del servicio militar de tres años, que es también una campaña contra la guerra. En las elecciones de 1914, la SFIO consigue un centenar de diputados elegidos para la Cámara, y es una fuerza con la cual han de contar las demás formaciones de izquierda, empezando por los radicales 

Sin embargo, la pasión nacionalista está viva

Es incontestable que el nacionalismo no es una pasión extinguida a comienzos del siglo XX. Pero el nacionalismo exacerbado xenófobo y antisemita del asunto Dreyfus ha perdido mucho de su vigor. Desde luego, la Acción Francesa se mantiene en esta filiación, pero en la derecha se afirma otra forma de nacionalismo, encarnada por una nueva generación intelectual que ilustra la encuesta aparecida en 1912 bajo el pseudónimo de Agathon y titulada “Los jóvenes de hoy en día”. Dicha encuesta nada tiene de científica, pero la corroboran en parte otras encuestas del mismo género en la prensa. En ellas se expresa un nacionalismo belicista, el gusto por el deporte, por la disciplina y el mando, un retorno al catolicismo…Hay periplos individuales que completan estos testimonios, sobre todo los de los antiguos dreyfusards [Charles] Péguy y [Ernest] Psichari, vueltos a la fe cristiana y que hacen apología de la guerra.

Más que nacionalismo, Francia está henchida de patriotismo. La batalla en torno a la  ley de tres años de servicio militar no debe ocultar la de un Jaurés que predica contra sus adversarios no el antipatriotismo, como ciertos anarquistas, sino una reforma militar destinada a crear un ejército de ciudadanos, organizado en función de la defensiva. En L´Armée Nouvelle [El nuevo ejército], expone esta idea y hace apología, contra Marx, de la idea de patria, incluyendo a los proletarios. Concurren la unificación del territorio gracias a los transportes modernos, la escuela obligatoria, el servicio militar, los grandes diarios y la literatura popular para formar una consciencia nacional. Julien Benda escribirá que nunca se sintieron los franceses pertenecer a una misma nación como en 1914.   

Así pues, es el ¡Viva Déroulède y “abajo los boches”! ¿No está obsesionada la Francia de entonces con la cuestión de Alsacia-Lorena?

Es más complejo. El recuerdo de Alsacia-Lorena, desde luego, sigue estando vivo. En enero de 1913, [Gabrielle] Réjane pone en escena en su teatro una pieza mediocre de Gaston Leroux, Alsace, que obtiene un gran éxito. Los hechos de Saverne, en 1913, cuando un oficial alemán la emprende con reclutas alsacianos e insulta a la bandera francesa, suscitan una gran oleada de emoción. Y sin embargo, en un clima electrizado por las crisis franco-alemanas de 1905 (Tánger) y de 1911 (Agadir), la voluntad de una guerra de revancha contra la Alemania victoriosa de 1871 no es perceptible más que en grado muy débil. De hecho, nadie o casi nadie cree en la guerra. La muerte, a principios de 1914, de Paul Déroulède, profeta de la revancha, es como un símbolo. Cuando sucede el atentado de Sarajevo, los diarios en absoluto pronostican un conflicto armado: consagran sus portadas del mes de julio al proceso de la señora Caillaux, asesina del director de Le Figaro.  

Desde hace cuarenta años, Francia se dedica a escuchar a las sirenas de la paz: ha superado sucesivas crisis internacionales, primero con los ingleses, luego con los alemanes; ni siquiera las guerras balcánicas, en 1913, han hecho estallar Europa. Únicamente el ultimátum de Austria-Hungría a Serbia, el 23 de julio de 1914, es el que, de un solo golpe, hace sonar las alarmas. Cinco días más tarde, Austria-Hungría declara la guerra a Serbia. Se desencadena el engranaje infernal de las alianzas. La Belle Epoque se termina.

Michel Winock (1937), profesor universitario y especialista en la historia de la República Francesa, así como de los movimientos intelectuales, el nacionalismo, el fascismo y la extrema derecha, es autor, entre otras muchas obras, de Siècle des intellectuels (Seuil, Premio Médicis de ensayo, 1997), La Belle Epoque: la France de 1900 à 1914 (Perrin, 2002) y Clemenceau, (Perrin, 2007).

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

lunes, 9 de diciembre de 2013

El problema de Rusia en Ucrania

 

Kiev, centro del conflicto Ucraniano

Rafael Poch | 06/12/2013

Sin contener nada social, Rusia, con su tradición autocrática, su corrupción y su economía incierta, es incapaz de seducir a las sociedades de su entorno.

En la batalla entre Rusia y la Unión Europea por ver quien se queda con Ucrania, hay un problema que nadie contabiliza pese a que está en el centro de la situación. Se trata del problema de Rusia. Más allá de la minoría rusófoba que existe en Ucrania Occidental, el hecho central es que a pesar de la proximidad cultural, histórica y civilizatoria existente entre la inmensa mayoría de los ucranianos y los rusos, Rusia no es atractiva para ellos. Muchos ucranianos no ven en la hermana Rusia una perspectiva de futuro y modernización. Y los motivos son claros.

Rusia adolece de los mismos vicios y enfermedades que el pueblo ucraniano sufre en su país. Aunque gracias a una mayor capacidad de consenso y de rebelión contra la injusticia, el poder autocrático sea más leve en Kiev que en Moscú, uno encuentra en ambas capitales sistemas parecidos de corrupción y de capitalismo de estado-oligárquico. Es inevitable que muchos ucranianos, especialmente la juventud deseosa de cambio, vean en una integración con Rusia un mero fortalecimiento de su propio sistema que rechazan, por más que tal integración esté cargada de racionalidad económica e histórica para muchos de ellos. Las ventajas de lo segundo no alcanzan para compensar el desagrado hacia lo primero.

Algo parecido, pero al revés, ocurre con el acuerdo propuesto a Ucrania por la Unión Europea: que sus condiciones sean un completo abuso y desastre para Ucrania, es secundario en este contexto, pues lo que domina es la ilusión de un cambio de sistema.

En este sentido, la batalla entre las potencias occidentales opuestas a la consolidación geopolítica de Rusia (Estados Unidos y la OTAN, Alemania, Polonia y otras) y Moscú, se decide sobre todo en Moscú. Esa batalla comenzó con la misma disolución de la URSS en 1991 y dura ya 22 años. A lo largo de todos estos años, pese a acuerdos más o menos exitosos e inestables con los oligarcas de Donetsk y Dniepropetrovsk en materia de gas o de la presencia de la flota del Mar Negro en los puertos de Crimea, Rusia ha ido más bien perdiendo posiciones en el imaginario. Para vencer Rusia debe ganarse a la población ucraniana, debe ser capaz de proponer, no a los oligarcas sino a la ciudadanía, una vía de desarrollo moderna, en lo material y social, en lo político y en lo económico: una vía capaz de seducirla.

Desgraciadamente –porque la consolidación de un polo ruso es deseable en nombre de la pluralidad mundial y del contrapeso a la dictatorial hegemonía occidental de la mundialización- estamos bastante lejos de eso. Mi impresión es que esto no se entiende en Moscú y que en gran medida no es computable por el sistema de poder que hay allí.

Esta circunstancia hace inevitable entrar en el problema de Rusia para entender la batalla de Ucrania.

El poder que Putin preside en Moscú es un conglomerado formado por el tradicional estatismo ruso y el sistema de magnates parasitarios heredado del yeltsinismo. Putin y sus guardias civiles del ex KGB pertenecen al primero de los polos de este conglomerado. Tienden a poner por delante los intereses de la potencia rusa y enfatizan su autonomía, lo que determina cierta orientación hacia lo estatal y público, planes de inversiones y esfuerzos estratégicos, etc, y, por supuesto, una mayor hostilidad occidental. Por el contrario, su gobierno encabezado por el primer ministro y ex presidente Dmitri Medvedev, está dominado por neoliberales abiertos a la influencia occidental y de los magnates rusos. Esta división, repleta de tensiones y contradicciones, impide formular planes de desarrollo coherentes que liberen el enorme potencial de la economía y la sociedad rusa, que cuenta con un enorme mercado y una sólida base de conocimiento y capacidad industrial, pero que continua presa de la extracción y exportación de materias primas.

El país sufre una falta clamorosa de inversiones en sus infraestructuras industriales y sociales. Su complejo industrial-militar y la alta tecnología, sus redes de transportes terrestres, ferroviarias y aéreas, precisan de fuertes inversiones, pero el capital de los magnates prefiere colocar su dinero en el extranjero o dedicarlo a la especulación cortoplacista, mientras que los sectores neoliberales se oponen a toda regulación estatal.

Hasta ahora la popularidad de Putin se sostuvo sobre la relativa prosperidad y el considerable crecimiento que el país experimentó en sus dos primeros mandatos presidenciales. Aunque todo estuvo muy mal repartido, algo llegó a la población, se mejoraron un poco las pensiones y los sueldos de los funcionarios, por más que la gente de talento siga prefiriendo trabajar en un seudobanco haciendo operaciones de casino que en el ministerio de exteriores o la Academia. Que por primera vez en veinte años, las cosas no fueran a peor le dio a Putin una gran base. Ahora, cuando lo que hay por delante es más bien un periodo de estancamiento (el crecimiento es del 3,5% y con el índice de inflación significará caída de ingresos para la mayoría) a Putin le esperan tiempos difíciles.

Sin apartar del poder a los neoliberales -algo que inevitablemente provocaría acusaciones de dictadura en Occidente y beatificación de los depuestos- va a ser muy difícil acometer los programas de desarrollo necesarios para modernizar el país y su sociedad, y dinamizar el mercado de 200 millones del que la unión aduanera propuesta a Ucrania es aspecto fundamental. En lugar de eso, Putin surfea entre las dos tendencias de su conglomerado que se anulan mutuamente, lo que agrava la perspectiva de estancamiento.

Eso está ocurriendo mientras alrededor de Rusia se está formando un ambiente tan abiertamente hostil que comienza a parecerse a la guerra fría. Vista desde Moscú, la estrategia occidental está actuando donde más daño puede hacer: sobre el sector de la energía, con el apoyo a rutas alternativas a los gaseoductos rusos, para que el gas de Asia Central pueda llegar al mercado mundial sin pasar por Rusia, impulsando la extracción del gas de esquisto para bajar el precio del gas ruso o estableciendo medidas antimonopolio contra el consorcio Gazprom desde Bruselas. Todo eso ha llevado a Rusia a aumentar su exportación hacia Oriente; hacia China -con quien por fin se ha llegado a un acuerdo sobre precios- hacía Japón y Corea.

Solo un regreso a su tradición social podría cautivar de nuevo a la juventud de Eurasia, pero para ello se necesita un cambio en Moscú. De momento, los movimientos sociales en Rusia apenas están despertando, mientras las protestan que se han visto estos últimos años en Moscú, la ciudad mimada y privilegiada que concentra el grueso de los flujos económicos, han sido muy poco sociales. La revuelta de Rusia contra su oligarquía es cosa del futuro. Así que sin contener nada social, Rusia, con su tradición autocrática y su corrupción, y con su economía incierta es incapaz de seducir a las sociedades de su entorno, Ucrania en primer lugar.

En ayuda de Putin actúa el hecho de que también la Unión Europea está metida hasta las cejas en una crisis que va a ir a más. Moscú ha obtenido un éxito de política exterior al desmontar con un acuerdo el plan bélico hacia el que se dirigían americanos y franceses en Siria. El principio de acuerdo con Irán también es una buena noticia para ella. Recordemos que el plan del escudo antimisiles, claramente diseñado contra el arsenal estratégico de Rusia, se justifica por el fantasmagórico “peligro iraní”. En buena lógica, como ha dicho el ministro de exteriores ruso, Sergei Lavrov, en Bruselas, eso debería conducir al abandono del plan. No va a ocurrir.

De momento lo que tenemos es una batalla de Ucrania en la que las potencias europeas, con Alemania en primer lugar, muestran una beligerancia inusitada: los ministros de exteriores de Polonia y Suecia han expresado su apoyo a la protesta popular. El ex primer ministro polaco Jaroslav Kaczynski ha intervenido en los mitines de Kiev. Berlín ha advertido al Presidente ucraniano contra el uso de la violencia y apoya directamente a dos partidos que organizan la protesta desde la fundación Konrad Adenauer de la CDU. El gobierno alemán alecciona al ucraniano y califica el sistema judicial que mantiene encarcelada a la magnate prooccidental Julia Timoshenko, tan corrupta como sus adversarios, de “justicia selectiva” –algo que más allá de su realidad es un claro exceso diplomático e ignora que la justicia selectiva europea ha sido norma por ejemplo en los Balcanes- mientras el ministro de exteriores Guido Westerwelle se pasea por el escenario de las protestas en Kiev en compañía de sus líderes, entre banderas de “Svoboda”, un partido de extrema derecha abiertamente antisemita… Toda esa solidaridad con “la justa causa popular” contrasta mucho con la actitud demostrada hacia las protestas contra el diktat de Bruselas y Berlín en Europa.

¿Cuánto tiempo será aún vista esta Europa impresentable como modelo, por las futuras víctimas de su arrolladora expansión hacia el Este?

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viernes, 29 de noviembre de 2013

¿Nueva Ruta de la Seda?: China marcha a la 'conquista' de Europa y Asia Central

 

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blog.chinatells.com

En su 'marcha hacia Occidente' el primer ministro Chino llegó esta semana a Europa para visitar Rumanía, tras asistir a la reunión de líderes de China-Europa Central y Oriental (CECO). Una marcha que vislumbra una nueva Ruta de la Seda.

Durante la reunión con su homólogo rumano, el mandatario chino Li Keqiang anunció que su país tratará de duplicar el comercio con los países del centro y este de Europa para el año 2018. El valor de los intercambios comerciales entre China y Europa Central y del Este llegó a 52.000 millones de dólares en los primeros diez meses de 2013. Si se alcanza la meta de Li, el comercio de China con la región debería elevarse a más de 120.000 millones de dólares en los próximos cinco años.

Los planes de China

Pero, ¿cómo pretende China lograr esta meta? El gigante asiático planea seguir un camino ya conocido: apoyar el financiamiento de proyectos de infraestructura a gran escala, como atestigua el compromiso de Pekín de construir un ferrocarril entre Hungría y Serbia (ambicioso plan que vinculará en el futuro China con centro Europa). 
Un compromiso que manifestaba el ministro Li durante su reciente visita a Europa, en la que aseguró que el apoyo financiero de su país se extenderá también a sectores como el de las manufacturas, la energía hidráulica y la energía nuclear, según el diario 'China Daily'.
Si bien el 'modus operandi' chino no es ninguna novedad, si parece serlo el momento elegido para esta visita: la reunión con Rumanía se produce una semana después de que Li asistiera a una cumbre con la Unión Europea y precede a una reunión de la Organización de Cooperación de Shanghái, que incluye a primeros ministros de los países de Asia Central vecinos de China. 
Este calendario parece esbozar el propósito estratégico real que se oculta detrás del acercamiento a Europa Central y Oriental: 'la marcha hacia Occidente' de China parece aspirar a perfilar una nueva Ruta de la Seda.

'Divide y vencerás'

Para ello, Li ha definido la cooperación de China con los países de Europa central y oriental como "algo distinto de la relación de China con la Unión Europea en su conjunto".
En parte, esto es por necesidad, pues de los 16 países europeos representados en la reunión de la CECO, cinco (Albania, Bosnia y Herzegovina, Macedonia, Montenegro y Serbia) no son actualmente miembros de la Unión Europea.  En cambio, China planea enmarcar su cooperación en la fórmula '1+16 '; esto es, China, junto a los 16 países del centro y el este de Europa, comprometiéndose, según Li, a "complementar" el marco de la Unión Europea, no a "derribarlo". 
Por su parte, los dirigentes de la Unión Europea se han apresurado a señalar que todas las ofertas económicas chinas deberán seguir las normas comunitarias vigentes.
Aun así, de acuerdo con algunos expertos, es difícil no pensar que algunas de estas naciones europeas vayan a aceptar la cooperación con China como una alternativa a la adhesión a la Unión Europea. Algo similar a lo que está ocurriendo con Turquía, que contempla unirse a la Organización de Cooperación de Shangái, liderada por China, tras años de espera para entrar en el club europeo. Incluso países que ya son miembros de la Unión Europea probablemente disfrutarán de la oportunidad de asociarse con China y su economía en auge mientras Europa sigue luchando contra la recesión.

Alcance global

Pero más allá de rediseñar la Ruta de la Seda, las aspiraciones de China son de alcance mundial, ya que estudios recientes sugieren que las relaciones económicas de Pekín suelen ir acompañadas de un mayor apoyo político a la nación asiática en los foros internacionales.
Cuantos más países haya que acepten y lleguen a depender de la ayuda económica de China, mayor será el poder de China en organismos internacionales como la ONU

Texto completo

en: http://actualidad.rt.com/economia/view/112549-china-ruta-seda-europa-asia-central

lunes, 18 de noviembre de 2013

UE: El auge de los partidos de extrema derecha es un eco escalofriante de la década de 1930

 

 

Marine Le Pen                        Geert Wilders

 

John Palmer · · · · ·

“Un antídoto contra la extrema derecha requiere que la izquierda europea articule y desarrolle una alternativa global al estancamiento económico, la creciente disparidad de renta y riqueza y la degradación de nuestros derechos sociales, libertades civiles y derechos democráticos.”

Después de haber restado importancia a sus simpatías fascistas, la extrema derecha reaparece, después de un lavado de cara de relaciones públicas. Hay que frenarlos a tiempo.

Desde la crisis bancaria mundial en 2007, los comentaristas de todo el espectro político han predicho con toda seguridad no sólo el inminente colapso del euro, sino la implosión inevitable, más pronto que tarde, de la propia Unión Europea. Nada de ello ha ocurrido. Pero el proyecto europeo, que se inició después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, se enfrenta a la amenaza más grave de su historia. Esa amenaza se ha prefigurado escalofriantemente esta semana con el lanzamiento de una alianza pan-europea de partidos de extrema derecha, encabezada por el Frente Nacional francés y el Partido de la Libertad holandés liderados por Marine Le Pen y Geert Wilders respectivamente, que se han juramentado para acabar con "el monstruo de Bruselas".

Es evidente que el crecimiento del apoyo a los partidos de extrema derecha, anti-europeos, y contra los inmigrantes ha sido alimentado por la peor recesión mundial desde la década de 1930: el desempleo masivo y la caída de los niveles de vida, agravado por la obsesión derrotista por la austeridad de los líderes europeos. Los partidos que se escondía en las sombras, disimulando sus simpatías con el fascismo y el nazismo han reaparecido, después de haberse lavado la cara en una operación de relaciones públicas. Marine Le Pen, la dirigente del FN francés, minimiza el registro antisemita de su partido. El líder de la extrema derecha holandesa ha arado un surco ligeramente diferente, movilizando el miedo y la hostilidad no contra judíos, pero si contra los inmigrantes musulmanes. Al igual que Le Pen, Wilders esta obsesionado por una supuesta amenaza cosmopolita de la Unión Europea a la identidad nacional. Es un coro del que se hacen eco en otros países el Partido Popular danés, el Partido Finés y el Vlaams Belang flamenco, entre otros.

Los populistas franceses y holandeses están manteniendo cuidadosamente la distancia, por el momento, de partidos abiertamente neo-nazis, como Amanecer Dorado en Grecia, cuyas milicias paramilitares (Sturmabteilung) han aterrorizado a los refugiados e inmigrantes en Grecia, y a los fanfarrones húngaros de Jobbik, que acosan a la minoría romaní.

Según algunas encuestas, la extrema derecha podría ganar casi un tercio de los escaños del Parlamento Europeo en las próximas elecciones de mayo de 2014. Los partidos de centro - democristianos, socialdemócratas y liberales – seguirán teniendo muchos más eurodiputados. Pero a la hora de formar una mayoría creíble en el Parlamento Europeo, todos estos partidos podrían verse obligados a una cohabitación cuya proximidad no es precisamente lo mejor para la democracia.

Tal situación recordaría inquietantemente a 1936, cuando el centro y la izquierda - sobre todo en Francia - frenaron temporalmente el apogeo del fascismo a costa de crear una coalición sin principios e ineficaz. Su caída en vísperas de la Segunda Guerra Mundial aceleró la llegada del régimen colaboracionista de Philippe Pétain. La historia no suele repetirse de forma automática, pero sería absurdo correr el riesgo.

Más preocupante que el crecimiento de la extrema derecha son los gestos apaciguadores a los racistas y anti-inmigrantes de los principales políticos conservadores e incluso demócratas liberales y de algunos de los nuevos ideólogos populistas del "laborismo azul". La advertencia de los David Blunkett y similares de que la hostilidad hacia los inmigrantes gitanos podría dar lugar a una "explosión" popular recuerda la retórica de Enoch Powell.

Un antídoto contra la extrema derecha requiere que la izquierda europea articule y desarrolle una alternativa global al estancamiento económico, la creciente disparidad de renta y riqueza y la degradación de nuestros derechos sociales, libertades civiles y derechos democráticos. Pero esa alternativa tiene que construirse tanto a nivel nacional y local como europeo, así como, y requerirá más, no menos, integración europea.

El tiempo se agota, no sólo para los socialdemócratas europeos, sino también para la izquierda socialista en general y los verdes, para demostrar que pueden crear un contrapeso a la deriva hacia la derecha del centro. Sin el, la nueva alianza de extrema derecha sólo tiene que mantener unida y esperar su momento para atacar.

John Palmer fue el editor europeo del Guardian y fundador y director del European Policy Center.

Traducción para www.sinpermiso.info: Enrique García

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lunes, 28 de octubre de 2013

Francia: la caída anunciada

 

 

Brignoles, un triunfo del Frente Nacional en Francia

 

Hugo Moreno · · · · ·

Con la derrota de Nicolas Sarkozy, en mayo de 2012, la derecha conservadora sufrió un duro golpe y entró en desbandada. Sin embargo, la victoria del socialista François Hollande tenía un escaso margen de confianza. El voto fue contra Sarkozy, un voto de rechazo, por la negativa; un sentimiento de alivio. Pero lejos de toda esperanza, salvo en la de algunos creyentes, que siempre existen.

Los cuatro millones de votos por el Frente de Izquierda (11 %) –que luego contribuyeron a la elección de Hollande— tuvieron ese sentido. Por otra parte, la abstención, próxima al 20 %, y en particular el voto del Frente Nacional (que recogió más de 6 millones de votos. casi el 18 %), mostraron un panorama político confuso y peligroso.

En poco tiempo, el equipo de Hollande y su primer ministro, Jean-Marc Ayrault, se encargó de borrar cualquier resto de optimismo. La aplicación de una política neoliberal privilegiando el sometimiento a la “Troika” y a sus imperativos de austeridad y rigor, el alineamiento internacional con los Estados Unidos, entre otros, no permitió hacer la diferencia con el gobierno precedente.

En los hechos –y en lo esencial— Hollande apareció como una continuidad delsarkozismo, abandonando una tras otra hasta sus más tibias promesas. La ley presupuestaria 2013, con su contenido de austeridad y disminución drástica del gasto público; el pacto de competividad –caballo de batalla de la organización patronal Medef— imponiendo la baja del costo salarial; la ley sobre la Salud y la Seguridad Social, cuestionando uno de los fundamentos del Estado de Bienestar desde 1946, son algunos ejemplos. Finalmente, la “reforma” del sistema jubilatorio que prolonga a 43 años la cotización de trabajo efectivo, aprobada el 15 de octubre por 270 diputados contra 249 (la derecha UMP, por sus propias razones e intereses, y también los representantes del Frente de Izquierda) y la abstención de Europa-Ecología-Verdes –que están en el gobierno— y los Radicales de Izquierda. (Sobre la reforma del sistema jubilatorio hay que destacar la abstención de 17 diputados socialistas, que no acataron la disciplina partidaria).

Esos son solo algunos datos de un inventario mucho más largo. No resulta extraño, pues, el rápido descrédito en que se hunde el gobierno, impotente para resolver los problemas fundamentales (el cierre de fuentes productivas, la desocupación creciente, la disminución del poder adquisitivo, el deterioro de la salud pública, etc.). Resultado: en un año y medio de gestión, Hollande recoge una opinión ampliamente desfavorable, más negativa que la que tenía Sarkozy al final de su mandato, que es mucho decir. La funambulesca travesía sobre una cuerda floja deja ya adivinar una eventual caída en el abismo.

Al mismo tiempo, el FN de Marine Le Pen consolida su posición de tercer partido de Francia, con una marcada tendencia a su favor. Fue largo el camino recorrido desde 1972, cuando los grupúsculos nostálgicos del orden fascista, del Estado Francés de Pétain y de la Argelia francesa fundaron el FN. Recién en las elecciones municipales de 1983, el partido de Jean-Marie Le Pen logró un progresivo avance, influenciando sectores de la población, obreros y empleados, comerciantes, pequeños productores rurales, desocupados. Y además, fue ganando terreno en el plano político y cultural con su influencia sobre sectores de la derecha conservadora y su electorado tradicional. El duelo entre François Fillon, ex primer ministro de Sarkozy, pronunciándose por el “ni-ni” entre el FN y el PS, y su rival Jean-François Copé, jefe actual de la UMP, heraldo de una “derecha descomplejada” y que, sin reparos, asume buena parte del discurso lepenista, es un ejemplo. Si no fuera por la gravedad de lo que anda en juego, las élites políticas de las clases dominantes parecieran jugar un papel en una comedia ligera.

El fin de los Treinta Gloriosos, con su agotamiento desde los años 80 del siglo pasado, y en particular lacrisis mayor que estalló, con violencia, en los últimos años, abonaron el terreno para los argumentos –simplistas pero efectivos— del “populismo” de derechas. La vieja extrema derecha, tratando de ocultar su propio pasado con una dudosa “honorabilidad”, se presenta como el partido del orden, nacionalista, xenófobo, atizando todos los “miedos” ancestrales y actuales de una sociedad golpeada y atomizada al extremo.

La Europa neoliberal, la mundialización, la exclusión geográfica y social en zonas “periféricas”, el aumento de las desigualdades, la desindustrialización, la desocupación –11 % según las últimas cifras oficiales; mayor en realidad—, todo confluye para alimentar los temores. El miedo al “otro”, al extranjero, a los “nuevos bárbaros” que nos rodean y se aprestan a invadirnos, supuestamente. Esos temores pueden ser imaginarios, pero es así como se perciben en una franja social amplia, en particular en los sectores más frágiles económica, política y culturalmente. El rechazo al sistema político estimuló, además, el renacimiento de aquel nefasto Tous pourris (todos podridos) común a esta ideología del miedo y el desencanto. En otros tiempos y circunstancias, conviene siempre recordarlo, disposiciones de ánimo parecidas contribuyeron los suyo a generas las tremendas catástrofes conocidas durante el siglo XX.

La “lepenización” de la derecha liberal, acentuada durante el sarkozismo, legitimaron el Frente Nacional como un “partido como los demás”. Al mismo tiempo, tanto losaffaires de la UMP, que involucraron a altas personalidades del Estado, como los del Partido Socialista, desde el caso Strauss-Kahn hasta el más reciente del ministro encargado del presupuesto, Jérôme Cahuzac, aportaron agua al molino. Como es público, Cahuzac –el encargado de la gestión fiscal y de perseguir precisamente el fraude– tenía él mismo depositados 600.000 euros en una cuenta oculta en Suiza. Denunciado por Mediapart, fue el primer escándalo del gobierno de Ayrault. El ministro tuvo que renunciar y fue separado del partido. Pero el daño moral y político ya estaba hecho. Esos son los terrenos donde germinan las pestes más nefastas, y la factura siempre se paga. Por ahora, expresado con un fuerte rechazo a la política, al régimen de partidos, con la abstención. Pero también, mucho más peligroso, con el ascenso del partido lepenista. Éste saca provecho de las aguas que bajan turbias, y se postula como el partido popular antisistema. La falacia extrema es la repetida amalgama “UMPS”, o sea, todos iguales, centro-izquierda y derecha liberal.

Se agrega la denuncia contra la Europa y el tratado de Schengen, levantado como espantapájaros, supuestamente favorable a la “invasión” de los nuevos bárbaros. Poco o nada tiene que ver con la realidad, pero se martillea con la idea hasta lograr que penetre. A pocas semanas de la terrible tragedia de Lampedusa, esos propósitos resultan de una obscenidad insoportable. Sin embargo, cuando la memoria es corta, la repetición sistemática de la mentira deja su huella. Bien lo sabían los fascistas y los nazis en los años 30. ¿Cómo no iba, así pues, a difundirse en este clima putrefacto una extraña confusión, cuyo principal beneficiario es la extrema derecha? Esa misma que se rasga hoy las vestiduras, con irritante cinismo y estupefaciente hipocresía, cuando se la llama por su verdadero nombre, suyo por naturaleza y por propia elección.

En esta coyuntura, quien saca el mayor provecho es el Frente Nacional. Un reciente sondeo de la agencia Ifop para “Le Nouvel Observateur”, por ejemplo, le otorga una intención de voto para las elecciones europeas, en 2014, próxima al 24 %. Con la precaución necesaria para analizar toda encuesta –como es sabido, la “opinión pública” también se fabrica— es probable que este pronóstico no ande muy lejos de la realidad. En todo caso, el resultado reciente (13 de octubre) de las cantonales parciales en Brignoles (Var), pequeño municipio situado entre Marsella y Tolosa, hicieron aparecer una situación inquietante. Eliminada en el primer turno la lista PS, así como PCF-Frente de Izquierda, el FN se enfrentó en un duelo electoral con la derecha liberal de la UMP. Con una participación superior, el segundo turno consagró al candidato lepenista Laurent López. Éste obtuvo un 53,9 % de votos contra 46,1 % de la candidata UMP (sostenida por un “pacto republicano” que no funcionó). Se puede especular con que se trataba de la tercera elección en dos años –las dos primeras habían sido invalidadas—, con que Brignoles “no es Francia”, o con lo que se quiera; pero eso no altera el resultado ni sus consecuencias. La progresión y el enraizamiento del FN es un hecho.

El gobierno de Hollande no encuentra solución ninguna, como no sea la tentativa, huera y peligrosísima, de intentar competir con el lepenismo en su propio terreno. La polémica suscitada por Manuel Valls, el ministro del Interior, es un ejemplo. El 24 de septiembre declaró públicamente que esos “gitanos”, procedentes en gran parte de Rumania y Bulgaria, “no eran integrables, salvo algunas familias, y tenían vocación de retornar a sus países de origen”. (Vale la pena recordar que éstos pertenecen a grupos humanos nómadas establecidos hace 1000 años en Europa, y particularmente en la Centroeuropa oriental, en donde son actualmente una minoría de entre 10 y 12 millones. 20.000 han llegado a Francia en los últimos diez años; el desmantelamiento de sus campamentos, así como las expulsiones comenzaron a generalizarse en 2007). Los propósitos de Manuel Valls chocaron hasta en el propio seno del gobierno. Cécile Duflot, representante de los Verdes y ministra de Vivienda, denunció públicamente “el peligro de una ruptura del pacto republicano”. Otros tenores del PS –incluso de su dirección– también los desaprobaron; no así Hollande, que guardó un “normal” silencio, limitándose a un llamado a la unidad.

Jean-Luc Mélenchon y Pierre Laurent, dirigentes del Frente de Izquierda, los condenaron duramente, así como otras organizaciones políticas y asociativas. No era para menos, pues la estigmatización de los “gitanos” –un hecho inédito desde la segunda guerra mundial– va contra los principios del derecho internacional y del respeto a los más elementales principios democráticos y humanos. Sin embargo, estos propósitos tuvieron eco favorable en dos tercios de los franceses, según informa, entre otros, el diario popular “Le Parisien”. Ese es el clima malsano que reina en Francia en estos días.

Otro acontecimiento se sumó en las últimas semanas. El 9 de octubre, una joven de origen kosovar, Leonarda Dubroni, 15 años, escolarizada desde hacía cuatro en su región de Doubs, fue expulsada de Francia. Un destacamento de gendarmería y la policía aeroportuaria la hizo descender de un autobús escolar, reunirse con su madre y hermanos, y los embarcó en un avión rumbo a Mitrovica, Kosovo, en donde ya se encontraba el padre expulsado un tiempo antes. Revelador de una política brutal contra la inmigración “ilegal”, el hecho tomó importancia por tratarse justamente de una joven escolarizada, integrada ya en la sociedad francesa. Cualesquiera que sean los argumentos jurídicos y/o administrativos utilizados, la expulsión de Leonarda y su familia cobró una importancia nacional. Unos y otros trataron de utilizarla para llevar agua al propio molino. Finalmente, obligó a una intervención pública del presidente Hollande, ofreciendo a Leonarda la posibilidad de regresar a Francia, aunque no a su familia. A la impotencia presidencial se sumó así el ridículo. ¡El presidente de Francia ofreciendo por televisión una “escapatoria”, aberrante en sí misma, a una joven de 15 años !

El asunto fue aún más lejos. Aprovechando la ocasión, el dúo de amigos/adversarios representado por Copé y Fillon, se precipitó para poner en cuestión, nada menos, y cada quién a su manera, uno de los principios democráticos más arraigados en la historia moderna del país : el derecho al suelo. O sea, es francés quien nace en Francia. Con algunas condiciones y restricciones que fueron imponiéndose en los últimos años, ese principio se mantuvo siempre vigente. El mismo Sarkozy se negó a revisarlo cuando las tendencias duras del UMP lo presionaron en ese sentido.

Ahora, sus amigos y eventuales adversarios, lo proclaman abiertamente. Es otro paso en el acercamiento ideológico al FN de Marine Le Pen. Ésta se frota las manos y reafirma que siempre es mejor el original que la copia... En resumen, todos los ingredientes están concentrándose para un desastre. La caída estrepitosa de François Hollande le abre una amplia avenida. Por supuesto, hay motivos para inquietarse; alegrarse sería insensato.

La próxima estación serán las elecciones municipales de marzo 2014. En ellas, elFrente de Izquierda tendrá una oportunidad para afirmar su presencia y convertirse en un factor decisivo de la recomposición de una Izquierda realmente digna de ese nombre. En caso contrario, con el escrutinio proporcional en estas elecciones, puede aparecer una disyuntiva dominada por la hegemonía política e ideológica del lepenismo. Es un peligro real.— París, 25 de octubre de 2013.

Hugo Moreno es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso.

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