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miércoles, 2 de diciembre de 2015

Le llaman el desaparecido

 

Resultado de imagen de rajoy

 

Ando resintonizando una y otra vez mi televisión y, ¡oh, cáspitas!, si no le doy al mando hasta pasar al blanco y negroMariano Rajoy no me sale. Es lo que tiene la moderna tecnología, tan poco compatible con la vieja democracia que si te pasas una caspa te hacen unSnowden por querer ver, decir o escuchar la verdad. Hay mucho debate estos días en los medios analizando si Rajoy hace bien o hace mal eludiendo los cara a cara, los hostia a hostia, los tête à tête que le proponen en streaming o en plató, y yo estoy de acuerdo con Rajoy al concluir que la mejor estrategia del presidente para no perder votos es hacer creer al votante que Rajoy no existe. Se decía muy bien en Sospechosos habituales: “La mejor treta que pudo idearse el Diablo fue la de hacerle creer al mundo que no existía”.

La rancia derecha española siempre ha actuado así. El franquismo dejó de existir un 20 de noviembre de 1975, y desde entonces todos somos demócratas sin pasado, con incierto presente y con feliz futuro. Incluso Manuel Fraga fue recordado en el día de su muerte como padre de una constitución que intentó (y consiguió, en parte) dinamitar. Permitimos esconder casi tantos cadáveres en las cunetas como Camboya, después borramos las vergonzosas biografías de nuestros futuros gobernantes y hoy, cual Juan Tamariz, también hacemos desaparecer a nuestros candidatos.

Mariano Rajoy no acepta un cara a cara porque no sabe de qué jactarse, y aun así las encuestas le dan unánime ventaja sobre los otros candidatos. España es un país de derechas, por mucho que diga después la suma de votos. Todavía sobrevive la percepción de que solo los de siempre pueden mantenernos tan mal como siempre, y con eso nos conformamos. Somos el país que menos invierte en i+D+I político. Aquí no se renueva nada, salvo el hecho de que ahora vemos el No-Do en 3-D, pero la calidad y objetividad del contenido es la misma.

No nos sucede solo a nosotros. En Francia, un denostado François Hollande(socialista, sic) acaba de recabar inmensos grados de popularidad por defender que un episodio terrorista se combate con una guerra. Como Europa no conoce su historia, nos gusta lo antiguo, lo bestialmente tradicional, la épica beligerante y la prosopopeya cuartelera. En cuanto se mete en una guerra, cualquier político mediocre y faldero se convierte en gran estadista.

La democracia es un misterio. Siempre se ha dicho que el ser humano, cuando actúa en mogollón, suele cometer barbaridades: pasa con las pandillas a la salida de una discoteca y con los pueblos cuando se les señala a un judío o a un moro. La masa es siempre menos racional que un solo hombre, y ahí está la gran contradicción en la que se basa Mariano para saber que la democracia, el mogollón, puede ser buen pasto para los antidemócratas. Dejad que el pueblo hable para que diga lo que nosotros no nos atrevemos a decir. Por eso Mariano prefiere estar callado: sabe que el silencio es uno de los estruendos que provoca más miedo.

Pasado el tiempo, convertido el 15-M en una placa conmemorativa en la Puerta del Sol, Rajoy considera que el silencio, la desaparición, la evanescencia puede ser su mejor arma. Y no anda descaminado. Aunque no ha leído a Kafka, sabe que “toda revolución se evapora y deja atrás sólo el limo de una nueva burocracia”. Y permite que los demás hablen y debatan. Que Pablo Iglesias se ablande centrista hacia esa nueva burocracia. Que Albert Rivera le adelante por el carril neofalangista. Que Pedro Sánchez le ponga cara nueva a la viejaentente bipartidera de las puertas y las cuentas giratorias. Mientras, él juega a que no existe, como el diablo. Desaparece. Y, lo que es más terrible, gana. La mejor treta que pudo idearse Rajoy fue la de hacerle creer a España que no existía. Manda carallo.

Aníbal Malvar

Aníbal Malvar es periodista y escritor. Su última novela es "La balada de los miserables" (Akal, 2012)

Fuente: Público.es

jueves, 6 de noviembre de 2014

MUNDO REVUELTO

 

BREMEN, LA ALEMANÍA DE SIEMPRE

Rafael Poch de Feliu

Europa, su crecimiento en entredicho, y la política exterior del Occidente en crisis

Alemania está técnicamente en recesión y no crea empleo. Estancamiento puro y duro. Son los datos de la oficina federal de estadística del año 2012 (crecimiento del PIB, 0,4%) y del 2013 (0,1%). Cifras fundamentales de su (engañosa) contabilidad, que en Alemania vienen siempre rodeadas de toda una sinfonía de índices del Instituto IFO, sobre la “confianza empresarial” (casi siempre en aumento) y el “buen ambiente” del raquítico consumo interno nacional. El número de empleados está estancado, las cifras de paro (3 millones) siguen sin moverse y el número de horas trabajadas ha retrocedido (un 0,3%) en ambos años. Desde 2008 el PIB alemán ha crecido un 2,2%. A eso antes se le llamaba estancamiento. ¿Ha venido para quedarse?

No es que creamos en su “crecimiento”. Ese desastre consiste en consumir más de lo que el planeta es capaz de generar y transferir una factura inconmensurable a las futuras generaciones. La política de austeridad de los últimos años parece condenar a Europa a un largo proceso de estancamiento a la japonesa. Quizá el “crecimiento” se ha acabado. El estancamiento puede ser una buena noticia, una invitación a reformar las engañosas contabilidades basadas en el incremento del PIB que ignoran la degradación humana del cambio global; en el clima, en los océanos, en los ecosistemas, y, por supuesto, en las sociedades.

Sin creer en ello, lo que constatamos es la contradicción de su disparatada doctrina: La estrategia europea para continuar alimentando ese errado ídolo no funciona. Toda la construcción austeritaria del eje Berlín-Bruselas, con sus vasallos incondicionales en Madrid, y sus comparsas, socialdemócratas o conservadores, un poco por todas partes, se viene abajo a la luz de las cifras alemanas que pasaban por ser ejemplo continental. ¿En nombre de qué se va a justificar ahora la prioridad del pago a los causantes del casino? Por mucho que se reste a la esfera social no hay “crecimiento”. ¿Cómo van a seguir justificando el recorte?

El otro gran vector europeo del momento es el Acuerdo comercial con Estados Unidos, negociado en secreto en nombre de los europeos, para incrementar la primacía de las finanzas y las transnacionales sobre el control público, es decir todo aquello que está en el origen de la crisis. La crisis del proyecto europeo es la suma de esos dos vectores; el estancamiento, por un lado, y el esfuerzo manifiestamente antidemocrático por incrementar la regresión humana, por el otro. Es la fórmula perfecta para la desintegración que propone la tecnocracia oligárquica de Bruselas. Las sociedades de consumidores cada vez más desiguales (entre ellas y en su interior) que componen la UE, difícilmente volverán a apoyar un “proyecto europeo” privado de la promesa de prosperidad y visto cada vez por más gente como la autopista de la involución, el recorte y la desposesión. Pero, ¿se rebelarán?

De la indignación a la organización

En Francia, el país con la tradición social más despierta de Europa, la resistencia de la sociedad a las “reformas” —cuando “reforma” en el actual contexto solo puede equivaler a “cambio a peor”— y las acusaciones de “conservadurismo” —que, tratándose del propósito de conservar lo que queda de derecho laboral y de soberanía, es todo menos denigratorio—, confluyen en un panorama turbio. Por un lado el Partido Socialista está en vías de “psoización” o “pasokización”, por el otro las aguas de ese más que justificado desencanto generacional con la “gauche” (recordemos que su abrazo al neoliberalismo, vía el europeísmo, data de 1983 con Mitterrand) las recoge más el ultraderechista Frente Nacional de la Señora Le Pen que el Front de Gauche de Mélenchon y compañía. No es que la sociedad gire hacia la ultraderecha, es que el Frente Nacional tiene mayor credibilidad antisistema que incluso que el Front de Gauche salpicado por sus parentescos con una gauche sin credibilidad: el PCF sigue empeñado en pactar con las “fuerzas sanas” del PS, un partido de gente favorecida, como los verdes alemanes, en el que, “la mitad de los miembros son cargos electos y la otra mitad aspirantes a serlo”, explica un observador. Partido Socialista del que el propio Mélenchon fue miembro y ministro del gobierno hasta no hace mucho.

Mélenchon, un líder potente, menos brillante que Oskar Lafontaine pero con la ventaja de que predica en terreno mucho más fértil para la rebelión, no cree en la “unión de la gauche”, sino que va más allá: llama a “reunir al pueblo” por encima de partidos para iniciar un proceso constituyente. Palabras mayores. Dice que las de 2017, “no serán unas elecciones, sino una insurrección”… Aún es pronto para vislumbrar hacia donde evolucionará toda esa bien fundada cólera que hay en la sociedad francesa, que ya no se expresa a través de los canales tradicionales vigentes desde el siglo XIX: las fuerzas políticas y los sindicatos, sino por medio de movimientos parecidos a una jacquerie como el de los bonnets rouges. Esa cólera se ha expresado también en decenas de atentados e incendios, apenas noticiados, contra sedes de hacienda un poco por todo el país, o en las movilizaciones conservadoras de la manif pour Tous que tanto recuerdan al Tea Party. En Halluin, localidad de 20.000 habitantes del norte de Francia, el alcalde explica que se han quemado 23 coches en dos semanas. Es el tipo de sucesos de la crónica de provincias que no llegan a París. El alcalde de Halluin, de derechas, le pide a Hollande que en lugar de meterse en guerras contra el Estado Islámico, envíe policías a su ciudad…

En España, donde finalmente la indignación se está organizando —esa es la ventaja con Francia, en todo lo demás se va claramente por detrás— sigue incubándose la tormenta perfecta: un big bang en el que saltan por los aires todas las instituciones sobre las que se apoyó la modélica transición. ¿Será Grecia el detonante, con una victoria electoral de Syriza que cuestione la legitimidad de la deuda e inspire la contestación de toda la región? De momento, allá se vuelven a pagar intereses astronómicos por la deuda.

Política exterior

Ese panorama de latente polvorín tiene su correspondiente política exterior. Una política violenta. Dos crímenes de distinta envergadura marcaron la crónica estival: la última masacre de Gaza a cargo de Israel, con una destrucción inmensa, 2000 muertes palestinas (la mayoría civiles, entre ellas 500 niños y 13 periodistas), y la guerra que Estados Unidos y la Unión Europea apadrinan en Ucrania contra Rusia.

En Palestina todo fue según el guión habitual: comprensión y apoyo occidental al decimonónico colonialismo del Herrenvolk israelí hacia los subhumanos (Untermenschen) palestinos, todo ello acompañado del establecimiento de 7500 colonos más en tierra ocupada de Cisjordania en el primer semestre del año: ya son 382.000. El crimen no es la ampliación de esta ocupación, sino la ocupación misma. Suma y sigue.

En el frente del Este el derribo sobre el cielo de Donetsk del vuelo de Malaysia Airlines (MH17) en el que perecieron 283 pasajeros y 15 tripulantes el 17 de julio de 2014. El examen del tono con el que los medios de comunicación rusos informaron de aquel suceso dejó la sensación de que se trató de un criminal error de los rebeldes de Ucrania Oriental, pero, pasado el intercambio de acusaciones, por razones desconocidas se ha dejado de hablar del asunto. Si en el caso del crimen de Gaza, la impunidad es lo corriente, en un avión cargado de pasajeros holandeses de primera clase, lo es mucho menos. Tarde o temprano esto traerá cola judicial. No es este el mayor misterio de la serie Malaysia Airlines…

Mientras tanto, el ejército ucraniano ha sido batido en el frente de Donetsk y la criminal chapuza euroatlántica en Ucrania comienza a cobrarse sus facturas. Los encargos a la industria alemana cayeron un 5,7% en agosto en relación al mes anterior. Fue en julio cuando la Unión Europea estableció, por primera vez desde la guerra fría, sanciones directas contra Rusia. Con la eurozona económicamente estancada por su propia política económica y con China enfriada, las sanciones contra Rusia son la guinda que corona el pastel al que nos ha llevado la política de austeridad alemana. Al mismo tiempo, el “Consejo de Seguridad” de la Unión Europea (es decir, la OTAN, otro concepto que debemos a Pepe Escobar), confirmaba en su cumbre de septiembre en Gales el intento de Estados Unidos de aprovechar la crisis inducida con Rusia para integrar la Europa del Este con mayor fuerza en su esfera. El resultado es ambiguo.

Formalmente no miembros, Suecia y Finlandia pasan a ser países “anfitriones” de la OTAN, se crea una “fuerza de reacción rápida” con varios miles de hombres para ser desplegada de urgencia y se apoyan las sanciones. Al mismo tiempo, por doquier señales de descomposición y recomposición en las placas tectónicas imperiales.

En Berlín un debate, que apenas trasciende a los medios de comunicación, sobre la necesidad de reformular el vínculo con Estados Unidos. Durante veinte años Europa ignoró los intereses de seguridad rusos y sus reiteradas quejas, conforme la OTAN se saltaba, una tras otra, todas las “líneas rojas” formuladas por Moscú. Llegados a Ucrania, cuando el forzado cambio de régimen en Kíev y el avance de la OTAN a las mismas fronteras de Moscovia, han hecho reaccionar defensivamente al Kremlin, esa reformulación está al rojo vivo. Merkel se debate ahora entre la necesidad de una entente con Moscú y su disciplina atlántica.

Entre Moscú y Pekín un idilio ambiguo. Moscú hace ver que considera a China como su alternativa de repuesto a la Unión Europea, cuando en realidad el sueño de Putin sigue siendo llegar a un acuerdo con Merkel que integre a Rusia en la “seguridad continental” (el problema de Merkel es que eso tiene un precio con Washington, de ahí las vacilaciones). Respecto a China, algo parecido: quienes ya dan por hecho un bloque ruso-chino opuesto a Occidente, ignoran la enorme desconfianza que China suscita en Moscú desde los años setenta. En el Kremlin, en el ejército y en el espionaje (incluso en la sinología soviético-rusa), siempre ha habido una corriente que consideró a China como el “principal peligro”. El sueño de Pekín es alcanzar algún tipo de acuerdo, un modus vivendi, no con Rusia, sino con su principal quebradero de cabeza: Estados Unidos. Tanto Rusia como China tienen cartas marcadas en el juego de su idilio. Aunque una locura del tamaño de una guerra occidental contra Irán, podría cambiar el sentido de muchos sueños.

En la zona petrolera

Nueva espiral de caos junto a los pozos de petróleo, la sangre vital de ese crecimiento que ha costado la desaparición de la mitad de los animales salvajes del planeta en solo cuarenta años. Hagamos memoria.

El resultado de la segunda guerra de Irak (la de Bush, hijo) fue un país dividido en reinos de taifas controlados por sunitas, chiítas y kurdos, con el gobierno de Bagdad reducido a una camarilla corrupta alimentada por dinero americano, explica Peter van Buren, un ex funcionario del Departamento de Estado norteamericano que participó en la “reconstrucción” de Irak. El precio de tan magnífico resultado fue el siguiente, recuerda; 25.000 millones para entrenar al ejército iraquí, 60.000 millones para la “reconstrucción”, 2 billones para la guerra, 4.500 soldados de Estados Unidos muertos y más de 32.000 heridos. A todo ello hay que sumar un verdadero holocausto iraquí que las diferentes estimaciones cifran entre 190.000 y un millón de muertos.

En Afganistán la cuenta de costes, humanos y económicos, y resultados alcanzados, es igualmente reveladora: trece años después los talibán siguen dominando gran parte del territorio y la mayoría del ejército occidental está haciendo las maletas. La estrategia occidental contra el “Estado Islámico” continúa sobre la estela de esos mismos desastres. Nacido entre las ruinas de Siria, primero fue subvencionado y armado y ahora es bombardeado. ¿Puede concebirse algo más demencial?

Los dos componentes esenciales de esta obra de arte son el militarismo más la “diplomacia de la exclusión”: acuerdos internacionales para bombardear (creando nuevas víctimas civiles y desastres parejos a los que en su día generaron la actual crisis), que dejan siempre fuera a los países y organizaciones capaces de contribuir a acuerdos pacificadores, sea Siria, Rusia e Irán, o Hamas, Hezbollah u otros.

Esta estrategia —si se puede llamar así a algo tan disparatado en su desastrosa reiteración— es tan contradictoria como sugiere el hecho de que en esta excluyente coalición bombardera figuren países como Turquía, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos que desde el principio financiaron y armaron —incluso con recursos químicos propagandísticamente achacados al adversario, como explicó el periodista Seymour Hersh en otro gran informe silenciado— al extremismo sunita contra el régimen sirio, convirtiendo en guerra abierta la fractura de Siria que con una genuina diplomacia (la que reúne en la negociación a todas las partes implicadas con un objetivo de evitar violencia) podría haberse evitado.

Esos países, “estaban tan decididos a derrocar a el-Assad y a promover una guerra entre sunitas y chiítas, que inundaron con centenares de millones de dólares y miles de toneladas de armas a cualquiera que luchara contra el”, reconoció cándidamente el vicepresidente de Estados Unidos, Joseph Biden, en una charla ante estudiantes de Harvard el pasado 2 de octubre. La consideración fue disciplinadamente silenciada por los medios de comunicación, aunque Biden no dijo lo principal: que Washington y sus agencias formaban parte de “esos países” y que el “Estado Islámico” ha sido producto de los métodos habitualmente empleados por Estados Unidos en la región desde 1979. Fue entonces cuando, ante la revolución iraní y la intervención de la URSS en ayuda del régimen laico afgano, se decidió promocionar y organizar una “internacional radical sunita”, de las que los talibán, al-Qaeda y el Estado Islámico han sido epígonos más o menos desmadrados. Primero se financia, organiza y arma al sujeto para utilizarlo contra un adversario, luego, cuando el sujeto (talibán o al Qaeda) se vuelve contra uno, se le combate. La película del Estado Islámico es una vieja reposición. La novedad es la rapidez del giro: entre 1979 y el 11-S neoyorkino pasaron más de 20 años. Ahora, entre el apoyo a la oposición siria y el combate a su principal vector, apenas pasaron tres años. La misma rapidez en el paso de los amigos que se arma y financia convertidos en amenaza, se observa en Libia.

El auge del tradicionalismo religioso radical y de derechas representado por el actual integrismo, tiene, naturalmente, raíces propias, pero no se entiende sin recordar la sistemática destrucción de la izquierda árabe que Occidente, y especialmente Estados Unidos, vino practicando durante la guerra fría, cuando casi todos los movimientos de liberación nacional árabes eran laicos y “progresistas”, lo que solía llevar implícito la voluntad de salvaguardar sus recursos naturales de la rapiña extranjera, y, lo que era aún más grave, utilizar esos recursos hacia el desarrollo de sus propias poblaciones o proyectos nacionales.

Mucho de todo eso fue recordado por el Presidente iraní, Hassan Rujani, en el discurso que pronunció el 25 de septiembre ante la Asamblea General de la ONU, igualmente silenciado, pese a la actualidad del más que moderado sentido común que expresó:

“Todos aquellos que tuvieron un papel en la financiación y apoyo de estos grupos terroristas deberían reconocer sus errores que condujeron al extremismo, deberían disculparse no solo ante las pasadas generaciones sino hacia las futuras”. (…) “la experiencia de la creación de al-Qaeda, los talibán, y otros grupos extremistas, ha demostrado que esos grupos no pueden ser utilizados contra Estados adversarios, manteniéndose al mismo tiempo inmune a las consecuencias. La repetición de estos errores, a pesar de tantas y tan costosas experiencias, es desconcertante”.

Y como resumen, una constatación: se cumple, en todos los frentes, el pronóstico de Immanuel Wallerstein acerca de la volatilidad de esa multipolaridad que sucede al mundo de la guerra fría. El de ahora es, verdaderamente, aún más convulso y revuelto que el anterior. El fin de la bipolaridad ni siquiera ha traído pasos significativos en materia de armas de destrucción masiva. Tanto en las relaciones internacionales, como en el calentamiento global —y en el cambio global en general— se observa la misma peligrosa dinámica de aceleración.

[Fuente: Diario de París, La Vanguardia]

jueves, 23 de octubre de 2014

Una nueva ofensiva neoliberal: estamos hablando del Acuerdo Transatlántico (TTIP)

 

 

 

Dolors Comas · · · · ·

19/10/14


 

¿Conocemos estas siglas?: TTIP. Son las siglas en inglés del Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversiones que se está negociando en secreto desde inicios del año 2013 entre Estados Unidos y la Unión Europea. El objetivo divulgado, facilitar la cooperación. El trasfondo, no explicitado, fortalecer las grandes corporaciones y socavar el poder de los gobiernos. Una nueva ofensiva neoliberal, potente, de la cual no estamos hablando.

El 5 de enero de 2013, Javier Solana, ex secretario general de la OTAN y alto representante de la Política Exterior y de Seguridad Común, publicaba un artículo en el periódico El Paísdonde defendía vigorosamente la necesidad de cooperación económica entre Estados Unidos y Europa que, según él, aportaría crecimiento económico y empleo. El mismo rotativo ha publicado recientemente una entrevista con Anthony Gardner, donde el embajador de Estados Unidos en la UE destaca también los grandes beneficios y oportunidades que ha de aportar el TTIP. Ésta es la perspectiva de quienes satisfacen las aspiraciones de los grandes poderes corporativos, a pesar de que utilicen un lenguaje impregnado de ideas de progreso económico y social, y es la perspectiva que nos arriba mayoritariamente desde los medios de comunicación.

¿Nos podemos imaginar que las empresas multinacionales demanden a los gobiernos porqué han hecho disminuir sus beneficios? Podemos concebir que puedan reclamar (y obtener!) una generosa indemnización para compensar las legislaciones laborales o medioambientales que dificulten su actividad? Así comienza el artículo publicado a Le Monde Diplomatique porLori M. Wallach, presidenta de Global Trade Watch, para hacer notar que lo que nos parece absurdo es justamente lo que posibilita el Acuerdo Transatlántico. El TTIP no se limita a eliminar aranceles y a abrir los mercados a los inversores de una parte y otra del Atlántico: va más allá, como nos explica José Anastasio Urra en la web d’Attac. Se trata de armonizar las normas sociales y ambientales, rebajándolas, y poniéndolas al servicio de las grandes corporaciones.

Las perspectivas que abre el TTIP son terroríficas si las confrontamos con aquel ya viejo “modelo social europeo” que se está haciendo trizas a pasos agigantados. Degradar los derechos laborales, todavía más, para fragmentar a los trabajadores y negar incluso el derecho a hacer huelga. Suavizar las normativas europeas en materia ambiental, para hacer posible el fracking, por ejemplo. Modificar las normativas que afecten a la agricultura y al consumo para que los productos modificados genéticamente puedan entrar sin problemas a Europa. Abrir los servicios públicos (como los sanitarios) a la inversión privada. Reforzar las patentes farmacéuticas, con el encarecimiento de los medicamentos. Desregular de forma definitiva todo el sector financiero. Otorgar más poder a las corporaciones en la lucha contra la piratería, cosa que comporta su acceso a la información privada ciudadana. Y, para colmo, resolver los conflictos entre corporaciones y gobiernos en tribunales especiales, de carácter mercantil, compuestos por miembros escogidos por influencia de las corporaciones y con funcionamiento opaco. Todo ello está pendo para favorecer a las grandes empresas multinacionales, a costa de los intereses de la gente.

El TTIP se inspira en el acuerdo de partenariado transpacífico (Trans-Pacific Partnership, TPP), que entró en vigencia a inicios del 2006. La opacidad es también una característica de este Acuerdo más antiguo: actualmente se quiere incorporar un capítulo sobre propiedad intelectual y se está negociando con total secreto per parte de los 12 países implicados. Vale la pena entrar en la web de WikiLeaks, que revela los contenidos de esta parte del acuerdo. Cubre temas que afectan a las industrias farmacéutica, registros de patentes y derechos de autoría digitales. Los expertos dicen que afectan a la libertad de información, a las libertades civiles y al acceso a los medicamentos. Hacia esta misma dirección se dirige el Acuerdo Transatlántico.

Estamos hablando muy poco de todo esto. En el caso de Cataluña, el ensimismamiento con el proceso soberanista no nos está dejando ver ni analizar cómo operan los verdaderos mecanismos de poder, los que están haciendo avanzar una nueva ofensiva neoliberal: más bienestar para las corporaciones, más mala vida para los trabajadores y trabajadoras: más poder para el mercado, y mucho menos poder para los estados: y ¿aún hablamos de soberanía? ¿Por qué nuestro Parlamento o el Congreso de Diputados no está discutiendo este tema? ¿Qué dice el Parlamento Europeo? ¿Qué están haciendo nuestros gobernantes respecto a este gran acuerdo que se está cocinando desde arriba, de forma antidemocrática, y que nos colará nueves normativas que afectarán gravemente a nuestros servicios públicos, a nuestros derechos como consumidores, a nuestra creación cultural, a nuestros derechos laborales, a nuestro medio ambiente, a nuestras vidas? ¿No es importante? ¿No nos concierne? ¿Por qué no estamos hablando del TTIP?

Dolors Comas d’Argemir es catedrática de antropología social de la universidad pública Rovira i Virgili de Tarragona y presidenta de la Fundació Nous Noritzons

Fuente: SINPERMISO

sábado, 9 de agosto de 2014

El último europeo. Entrevista

 


Àngel Ferrero, Roger Suso, Corina Tulbure


Uno de los principales problemas de los que se habla cuando se intenta analizar el patente fracaso de la UE es el económico: los países miembros tenemos la misma moneda, pero no así las mismas políticas económicas. ¿Qué punto de vista aportáis respecto a este tema?


Àngel Ferrero: No quisimos entrar a fondo en esta cuestión, porque ninguno de nosotros es economista, y como otros ya han escrito sobre este tema con mayor conocimiento de causa, preferimos arrojar luz sobre otros fenómenos a los que los medios de comunicación prestan (o hasta hace muy poco tiempo prestaban) menos atención, como la geopolítica, la política migratoria o el ascenso de la derecha radical. Pero es en cualquier caso ineludible, así que también lo mencionamos en el libro. En nuestra opinión, el debate sobre la salida del euro ha
centrado durante demasiado tiempo la atención mediática, desplazando otras cuestiones. Los errores de diseño son evidentes pero, como ha señalado Michael R. Krätke, un economista
alemán, todos los espacios monetarios presentan disparidades económicas (incluso en países pequeños, como Bélgica o los Países Bajos) y de eso no se desprende que cada provincia haya de disponer de su propia moneda. Un retorno a la divisa nacional y su devaluación en un 20 ó 30% dificultaría el pago de la deuda, que seguiría denominada en euros. No hay una solución fácil a este problema. Si un Estado miembro, pongamos por caso Grecia tras una
victoria de Syriza, quisiese modificar la estructura de la Unión, un número suficiente de los restantes siempre podría bloquear sus propuestas en el Consejo de la Unión Europea. La única
posibilidad de cambio es que la izquierda conquiste mayorías sociales en cada Estado miembro, hasta formar un bloque que aúne las fuerzas suficientes como para replantear el proceso de integración. En cualquier caso, creer que con una salida del euro mejorarían las
cosas es llamarse a engaño. En cuanto a la palabra “fracaso”, todo depende de para quién. Para algunos, la gestión de la crisis de la eurozona ha sido un éxito...


Roger Suso: En origen, la UE se construyó a partir de un diseño neoliberal, propicio al fomento de la competitividad y la expansión del capital. Su propio diseño es el que está facilitando que la crisis actual se haga recaer sobre las clases trabajadoras y dificulta la aplicación de políticas keynesianas anticíclicas. El economista Costas Lapavitsas identifica tres escenarios para salir de la crisis: la austeridad, la reforma institucional y la salida del euro. El primera es el que se ha impuesto: recortes públicos, privatizaciones, venta de patrimonio y rescates.

Más que de la economía, habláis de otras problemáticas: el racismo, el imperialismo, la ultraderecha. ¿Cómo han trascendido estos fenómenos de nacionales a europeos? Es decir, ¿por qué no decís que España (o Portugal, Austria o cualquier otro país de la UE)
es xenófoba, sino que la UE es xenófoba? ¿Cómo se produce esa internacionalización de los problemas y de las ideologías? Y, en ese sentido, ¿es la UE un espacio estanco del que no salen esos problemas o, por el contrario, hace de catalizador para expandir
esos problemas al resto del mundo?


Àngel Ferrero: La Unión Europea es por ahora, a falta de la entrada en vigor de la Unión Euroasiática en 2015 y de una mayor integración de la ASEAN, el mayor bloque comercial del mundo. Y lo seguirá siendo después de 2015 en términos económicos y demográficos. La
capacidad de propagación en un espacio tan integrado es sin duda mayor.
Las economías capitalistas son ya mayoría, el capitalismo ha alcanzado su momento de mayor expansión geográfica. Las economías están unidas por numerosos vínculos comerciales.
Difícilmente puede considerarse a la Unión Europea como un espacio estanco del que no salen ni entran ninguno de estos problemas. Lo que sucede en puntos muy distantes del globo tiene
repercusiones en nuestras economías, y los medios de comunicación contribuyen a la propagación de la información con una rapidez sin precedentes históricos, aumentando el sentimiento de inmediatez y proximidad. La relación también funciona en el sentido inverso, por
lo que la Unión Europea, efectivamente, puede actuar como un catalizador de problemas. Su consolidación como bloque geopolítico, por ejemplo, ha empujado a otros países a forjar alianzas supraestatales y constituir sus propios “centros” capitalistas. Ya he mencionado dos ejemplos. Teniendo en cuenta el agotamiento de los recursos naturales, la crisis económica
que atraviesa el propio modelo de capitalismo occidental y la competición entre “centros” por lainfluencia en determinadas zonas, todo esto puede conducir a un escenario internacional
altamente inflamable, como estamos presenciando en Ucrania.
Corina Tulbure: Tal vez la idea de la UE conforme un reto para los mismos pueblos europeos. No se trata de la UE que funciona ahora, la de las multinacionales que tienen más poder que un Estado, sino de la UE de los ciudadanos. Allí el asunto es más complicado y existe un
problema inicial. Hoy en día ni siquiera somos capaces de crear una comunidad que no se vincule mediante el concepto de nacionalidad. Pero por otro lado hablamos de ciudadanos europeos. Tal vez sea el reto del futuro, porque el ciudadano europeo que no se defina
mediante su nacionalidad todavía no ha nacido. Esta contradicción se observa entre los mismos Estados de la UE, en cuanto a la movilidad de los trabajadores dentro de la UE: se expulsa a los ciudadanos europeos de los países europeos, es decir que la UE no aplica ni los
tratados que ella misma emite, como la libre circulación de los trabajadores.


Habláis del papel de EEUU en la creación de la UE. ¿Hasta qué punto es la UE una creación estadounidense? ¿Qué repercusiones tiene la influencia de EEUU tanto para Europa como para el resto del mundo? En ese sentido, ¿cómo se conjugan el imperialismo estadounidense y el europeo?


Àngel Ferrero: Estados Unidos intervino en la creación de la Unión Europea más de lo que la propia Unión Europea, a través de sus portavoces, está dispuesta a admitir. El Plan Marshall es el ejemplo más conocido. Estaba destinado a dotar de fondos a las economías de Europa occidental, porque los Estados habían perdido (o estaban a punto de perder, debido a los movimientos de emancipación nacional) sus colonias, una de sus principales fuentes de ingresos. El ERP -ésas eran las siglas oficiales- creó un mercado para absorber las mercancías

estadounidenses. Apuntalar a las economías europeas occidentales, que de lo contrario hubieran tenido que hacer frente a una recuperación larga y costosa, también tenía fines políticos. Tras la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética había logrado extender su
influencia hasta el corazón mismo de Europa. Pese a todos sus aspectos negativos (y no todos se conocían en la época), la URSS había emergido de la Segunda Guerra Mundial como la principal potencia ganadora. El nuevo bloque socialista era diverso en todos los sentidos -en 1949 se extendía desde la República Democrática Alemana hasta la República Popular China-, y su modelo, atractivo para los países que buscaban una rápida industrialización. En Europa occidental existían partidos comunistas fuertes y con una amplia base social, como en Francia o en Italia, con serias posibilidades de entrar en el gobierno. La guerrilla comunista en Grecia contaba con el apoyo y el antecedente de la vecina Yugoslavia. Una cierta unión económica y política de Europa occidental servía a los objetivos de la política de contención del comunismo, y así lo expresaba abiertamente George Keenan, su ideólogo, en un telegrama que se desclasificó en 1974 y que se puede encontrar sin problemas en Internet. Conviene subrayar
que esa reconstrucción Europa occidental pasó por tolerar la presencia de antiguos nazis en el sistema judicial o los servicios secretos de la República Federal Alemana y los crímenes
coloniales de países como Francia o los Países Bajos. Obviamente, modelos de una unión política para Europa los ha habido de todas las tendencias políticas, pero si hablamos del actual, ahí es donde arranca todo. Esa influencia sigue existiendo hoy. La ilusión de una Unión Europea como un modelo alternativo, e incluso opuesto, al de Estados Unidos, que tanta prédica tuvo durante la guerra en Irak por la
oposición de algunos Estados miembro, se ha evaporado. La política de privatizaciones nos conduce a un modelo “más estadounidense”, si puede llamársele así, y si a alguien le quedaba alguna duda, sólo tiene que seguir las informaciones que se publican sobre el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos y la Unión Europea. Compartiendo los mismos intereses, es obvio que el imperialismo de uno y otro se complementen. Al fin y al cabo, la mayoría de Estados miembro de la Unión Europea también lo son de la OTAN, y esta relación aún puede profundizarse más si se responden a las llamadas del Presidente estadounidense a una mayor
implicación militar.
Roger Suso: Un ejemplo de esto fue la intervención militar de la OTAN en Libia. Este año, Barack Obama, de visita en Polonia, anunció un plan para aumentar la presencia militar estadounidense en Europa del Este, en el contexto del conflicto de Ucrania, las tensiones con
Rusia y el temor de países como Polonia a un expansionismo ruso en la región. Las tropas de la OTAN han sido desplegadas en la base de Łask, cerca de Łódź, y el ejército polaco ha participado en los ejercicios de la OTAN en Estonia. Desmantelado el Pacto de Varsovia, los EEUU han usado el bloque del este para sus intereses geopolíticos, respeto a Moscú y también Bruselas. Cabe recordar que la UE fue escenario de varías operaciones, a cambio de dinero,
de los servicios de inteligencia de los EEUU: los centros clandestinos de detención de la CIA dónde interrogaron y torturaron a supuestos “líderes del terrorismo islamista” que después
fueron enviados a Guantánamo. Ahora se ha destapado el caso de espionaje de la NSA.
En el caso de la crisis, una vez estalló fueron muchas las voces que dijeron que esto se veía venir. Algo así está ocurriendo con la UE: hemos pasado del europeísmo a un cada vez mayoreuroescepticismo, pero solo cuando los problemas se han revelado evidentes. ¿Se analizaron –y difundieron- en su día suficientemente los potenciales
problemas que podía acarrear la creación de la UE? ¿Qué relevancia tiene la falta de información ciudadana sobre el calado y la importancia de las instituciones europeas en su fracaso?
Àngel Ferrero: Sí que se analizaron, pero no se difundieron suficientemente. Y no lo hicieron porque algunos medios tenían intereses, pero quizá en muchas más ocasiones fue por ingenuidad, simplemente. Y esa ingenuidad era hasta cierto punto comprensible, porque en

Europa meridional y oriental a la Unión Europea se la veía como un progreso, no sólo económico, sino también político: formar parte de una comunidad solidaria de países que durante mucho, demasiado tiempo, habían despilfarrado sus fuerzas en conflictos de toda
índole. En países como España (pero también Portugal o Grecia) que habían vivido en el atraso económico y dictaduras que los aislaban del resto del mundo la idea de una Unión Europea había de tener, a la fuerza, atractivo, y eso explica su “europeísmo” histórico. La propia noción ideológica de “Europa” tiene una fuerza psicológica que no conviene subestimar.
El agotamiento del ciclo económico ha desgarrado en buena medida este velo. La Unión Europea es un club de iguales pero, como en la fábula de Orwell, unos son más iguales que otros.
La falta de información ciudadana es clave, no sólo en este aspecto. Tampoco es que las instituciones europeas contribuyan mucho. Algunas funcionan de manera poco transparente, con decisiones tomadas a puerta cerrada. Otras, como el Parlamento Europeo, son en cambio muy transparentes, pero no mucha gente parece estar interesada, y su influencia es en cualquier caso limitada. Entiendo que la falta de tiempo de los trabajadores (quien no está buscando un trabajo ahora mismo tiene uno en el que tiene que consumir más horas) contribuye. La enorme cantidad de documentos que edita la Unión Europea tampoco facilita el trabajo. De todos modos, vuelvo a la respuesta de la primera pregunta: es un “fracaso”...
Dependiendo de para quien. La falta de interés en el funcionamiento interno de la Unión Europea favorece a sus prácticas actuales y dificulta su fiscalización por parte de los partidos que lo intentan a través del Parlamento Europeo. Por ese motivo la Unión Europea es tan apreciada por los grupos de presión.

 
¿Cómo se explica que la UE crezca constantemente y que a la vez esté generando un mayor empobrecimiento de algunos de sus más antiguos países miembros? ¿Conviene limitar el crecimiento de la UE o todo lo contrario: expandirlo más allá de las ‘fronteras naturales’ (si es que existen) de Europa?


Àngel Ferrero: Se explica porque no son fenómenos opuestos, sino complementarios. Perdidas las colonias, los Estados más fuertes que componen la Unión Europea no pueden competir en el plano internacional contra países que pueden hacer valer su “peso” demográfico o geográfico, o su posesión de recursos naturales. Piénsese por un momento en el enorme potencial que encierran países como China, Rusia, la India o Brasil. Todos estos países se
mencionan con frecuencia como una “amenaza” a la economía europea. Los ideólogos de los principales partidos políticos alemanes lo expresan sin tapujos en sus revistas: una Alemania sin la Unión Europea sería un “Estado de tamaño medio”. Pero uniéndose, los Estados europeos pueden proyectar ese “peso” y competir con ellos. Por eso cuantos más países se unan, más “peso” pueden proyectar los Estados miembro de la Unión Europea en los mercados
internacionales. La guía de los ciudadanos de la Unión Europea, que cualquier visitante puede recoger en Bruselas, lo dice con toda claridad. La Unión Europea es una organización singular,
flexible, en la que sus Estados miembro ceden una parte de su soberanía. Si la Unión Europea fuese una federación, sólo tendría un asiento en los organismos internacionales. No siéndolo
puede llegar a tener hasta veintiocho. Y si se coordina lo suficiente, puede hacer que la mayoría de ellos vote en un mismo sentido. Cuándo actúa como una unión de Estados y cuándo como una “federación” depende del momento y de las necesidades.
Esa competencia entre “centros” capitalistas sólo puede llevarse a cabo con lo que David Harvey ha denominado “acumulación por desposesión”, conduciendo al empobrecimiento de
las poblaciones europeas. Que los países de la periferia europea, especialmente de Europa oriental y las tres repúblicas bálticas, aceptasen este estado de cosas se explica tanto por el
deseo de las oligarquías locales por recoger las migajas del reparto y acceder a los fondos estructurales como por la voluntad de huir de la influencia rusa. La población lo aceptó por las
causas que he mencionado antes, a las que hay que sumar las facilidades para emigrar a Europa occidental.
Según el profesor Sami Naïr, Europa es una determinación geográfica. Yo no creo que sea ni siquiera eso. Europa es un concepto geográfico históricamente determinado. Según una
concepción muy extendida, se extiende desde la península occidental del continente euroasiático hasta los Urales, en Rusia, comprendiendo el Reino Unido e Irlanda, y también la parte occidental de Turquía. Napoleón decía que la geografía es destino y ése parece ser el
lema que ha adoptado Bruselas (excluyendo a Rusia), confundiendo interesadamente “Europa” con la “Unión Europea”. Pero si las que he mencionado antes son las fronteras “naturales” de “Europa”, y un ruso que vive en la parte “europea” de Rusia comparte los mismos “valores
europeos” (sea lo que sea eso) y forma parte de la “comunidad cultural europea”, ¿por qué un ruso que vive en Vladivóstok, que también los comparte no es “europeo”? Turquía, ¿también es
Europa? ¿O solamente una parte de ella? Los restos coloniales y “regiones ultraperiféricas de la Unión Europea”, a miles de kilómetros del continente, ¿también son Europa? Si tuviésemos
todo esto más en cuenta, veríamos que los cimientos sobre los que se asienta todo el “proyecto europeo” son mucho menos estables de lo que parecen, y que la “identidad europea” tiene mucho de proyecto ideológico todavía en construcción.
Roger Suso: A la vez que la UE amplia sus fronteras geográficas -como con Croacia el 2013 o la actual candidatura de Albania-, ésta vive inmersa en una deslegitimación social apabullante,
Estado tras Estado, que llega, por ejemplo a cifras del 83% de abstención en Eslovaquia o del 63% en Portugal. Pero estos no son fenómenos contrapuestos. El mismo Tratado de Lisboa
tiene como objetivo convertir la UE en el espacio económico más competitivo del mundo. Esto atrae, cómo no, a las élites de países como Ucrania, Moldavia, Georgia, Serbia o Islandia.
Ahora bien, si la UE quiere competir con las economías emergentes de los BRICS, tiene que intentar, como bien dice Ferrero, reunir el mismo "peso" demográfico y económico, y, a la vez,
reducir los salarios y las condiciones laborales y construir, como hace, un espacio económico más homogéneo y cada vez menos democrático y más precario y pobre.


¿De dónde surge esa preponderancia de la extrema derecha de la que habláis en el libro? Y, en ese sentido, ¿qué papel está jugando la derecha?


Roger Suso: La idea de que las crisis económicas llevan al aumento del apoyo a los partidos ultraderechistas se remonta a la República de Weimar y el ascenso de Hitler después del crack del 29. Una idea que ha vuelto a llenar páginas de periódicos después de dos rescates
económicos y la llegada del partido neonazi Amanecer Dorado a las instituciones griegas. Pero también por la victoria del UKIP (Reino Unido) con el 27'5% de los votos, del Partido Popular
Danés (Dinamarca) con el 26'6% y del Frente Nacional (Francia) con el 25'4%. Pero no toda la derecha radical es igual -esto lo hemos presenciado con la imposibilitad de que se creara un grupo ultra en el Parlamento de Estrasburgo-, hay una derecha radical que abraza postulados del strasserismo y del fascismo de acción social, anticapitalista y organizándose, en algunos casos clandestinamente, como los grupos autónomos de camaradería libre neonazis, y hay
otra, que se posiciona de manera populista “más allá de la derecha y los liberales” que opta para desarrollar una identidad de “civilización europea” en contraposición y confrontación frontal con la inmigración, el islam y las instituciones europeas.
La preponderancia de la derecha radical yace en el hecho que ha llevado al centro político y social de la sociedad temáticas y discursos que tienen sus orígenes en el extremo, en la ultraderecha. Su discurso, propagado a través del miedo, los temores, las mentiras, el
resentimiento, el chovinismo y el odio, ha sido abrazado y adoptado en repetidas ocasiones y para contrarrestar sus subidas electorales por los partidos del establishment, tanto por la democracia cristiana como por la socialdemocracia. En paralelo, el auge de estas formaciones ultraderechistas se ha traducido también en la presencia de representantes neonazis en las
instituciones -como Udo Voigt del partido alemán NPD o Béla Kóvacs del húngaro Jobbik- y en el acercamiento entre los grupos extraparlamentarios, clandestinos y violentos y los partidos ultraderechistas que participan a las elecciones.
Corina Tulbure: El auge de la extrema derecha es un síntoma visible de unas políticas que no se definen en teoría como de extrema derecha, todo lo contrario, forman parte del arsenal político de partidos de centro, y que miran al ser humano como mercancía para producir un beneficio. El filósofo G.M. Tamás hablaba de la época de postfascismo, el odio del discurso de extrema derecha de antes se ha transformado hoy en día en desprecio. ¿Cómo se explicaría
toda la guerra declarada en las fronteras de la UE contra los inmigrantes, rociar a un inmigrante agarrado a la valla de Melilla con un extintor y otras barbaridades semejantes? ¿Cómo explica
la UE todo eso? Son consecuencias de las políticas de partidos considerados de derecha o de centro, pero que no distan de los gestos promovidos por la extrema derecha.


¿Tiene arreglo la UE? ¿Sería posible dar marcha atrás a un proyecto de esta envergadura? ¿Cuáles son los problemas concretos y tangibles más urgentes y cómo abordarlos?

Àngel Ferrero: La creación de organizaciones supraestatales no es per se ningún problema. No es una cuestión de tamaño, sino de organización. El problema es su diseño institucional. El
profesor Pedro Chaves ha visto bien esta cuestión. Si la Unión Europa, decía, ha de reformarse para ganar en democracia, entonces hay que plantearse cuánta transferencia de soberanía es
deseable, y qué mecanismos articulan la toma de decisiones y garantizan en todo momento la democracia del proceso. Prefiero no utilizar metáforas espaciales como “marcha atrás”, porque
dan pie a interpretar una reforma como un “retroceso” o como un retorno a lo que había antes y que tampoco era un estado ideal de cosas. Si lo que planteas es si la Unión Europea, sometida
a tensiones centrífugas, puede romperse en algún momento por algún lado, lo único que puedo añadir es que todos los imperios -y según José Manuel Durão Barroso, la Unión Europea “se parece bastante a uno”- fueron creados para durar para siempre... ¿y cuántos de ellos quedan?


Àngel Ferrero, Roger Suso, Corina Tulbure son coautores del libro El último europeo: Imperialismo, xenofobia y
derecha radical en la Unión Europea, editado por La Oveja Roja, 2014
Fuente: http://www.infolibre.es, 25 de julio 2014

viernes, 1 de agosto de 2014

UCRANIA, Un tablero de ajedrez empapado en sangre

EL BOEING MALASIO

 

Pepe Escobar

Asia Times Online

«Los datos de inteligencia y los hechos están ajustados a la política». Todo el mundo recuerda el Memorando de Downing Street, que reveló la «política» de Bush/Blair en el período que llevó al bombardeo / invasión / ocupación de Irak en 2003. La «política» era deshacerse de Saddam Hussein a través de una guerra relámpago. La justificación era el «terrorismo» y (las inexistentes) armas de destrucción masiva (ADM), que han «desaparecido», montadas en camiones, profundamente en Siria. Olvidemos los datos de inteligencia y los hechos.

La tragedia de MH17 -convertida incidentalmente en un ADM- puede ser vista como una retorcida repetición deformada de la política imperial en Irak. Esta vez no hay necesidad de un memo. La «política» del Imperio del Caos es clara, y multifacética; diversificar el «pivote hacia Asia», estableciendo una cabeza de playa en Ucrania para sabotear el comercio entre Europa y Rusia; expandir la Organización del Tratado del Atlántico Norte a Ucrania; romper la asociación estratégica entre Rusia y China; evitar por todos los medios la integración económica y comercial de Eurasia, desde la asociación entre Rusia y Alemania para la Nueva Ruta de la Seda convergiendo desde China hasta (la cuenca del) Ruhr; mantener a Europa bajo la hegemonía de EE.UU.

La razón clave por la que el presidente ruso, Vladimir Putin no «invadió» el Este de Ucrania -tanto como él fue tentado por Washington / OTAN- para detener un facilitado asesoramiento militar de EE.UU. que va hacia la matanza de civiles es que él no quiere antagonizar con la Unión Europea, el principal socio comercial de Rusia.

De manera crucial la intervención de Washington en Kosovo invocando R2P -Responsabilidad de Proteger- se justificaba en su momento exactamente por las mismas razones que una intervención rusa en Donetsk y Lugansk pueden justificarse totalmente ahora. Salvo que Moscú no va a hacerlo -ya que el Kremlin está jugando un juego de muy largo alcance.

La tragedia MH17 quizás ha sido un error terrible. Pero puede también haber sido una maniobra desesperada de los esbirros de Kiev al servicio del Imperio del Caos. Por ahora, los datos de inteligencia rusos ya han quizás dominado los hechos claves. El predecible modus operandi de Washington era disparar desde la cadera, encendiendo y en teoría ganando la guerra de cómo presentar los hechos, y doblando la apuesta mediante la presentación del proverbial ejército de «altos funcionarios» rebosantes de pruebas de los medios sociales. Moscú tomará su tiempo para constituir un meticuloso expediente, y sólo entonces lo presentará en detalles.

La hegemonía perdida

La «gran imagen» nos muestra a las elites del Imperio del Caos como extremadamente incómodas. Tomemos al Dr. Zbigniew «El Gran Tablero de Ajedrez» Brzezinski, quien como ex mentor de la política exterior tiene los oídos del cada vez más abatido repartidor de periódicos de la Casa Blanca. Este domingo el Dr. Zbig estaba en CNN desafiando a los líderes europeos para que «hagan frente a Putin». Se preguntó si «Europa quiere convertirse en un satélite» y se preocupa por «el momento de importancia decisiva para el futuro del sistema -del sistema mundial».

Y todo es culpa de Putin, por supuesto:... «No estamos comenzando la Guerra Fría. Él [Putin] la ha comenzado. Pero él mismo se ha metido en un atasco terrible. Yo tengo la firme sospecha de que una gran cantidad de personas en Rusia, incluso cercanas a él están preocupadas de que el estatus de Rusia en el mundo está siendo socavado de manera dramática, que desde el punto de vista económico está comenzando a caer, que Rusia está amenazada por la perspectiva de convertirse en un satélite de China, que Rusia está aislándose y desacreditándose».

Obviamente el Dr. Zbig es dichosamente ignorante de los puntos más finos de la asociación estratégica entre Rusia y China, así como de sus voces concertadas dentro de los BRICS, el G-20 y una miríada de otros mecanismos. Al final su conocida rusofobia siempre saca lo mejor de él. ¡Y pensar que en su último libro, Strategic Vision (2012), el Dr. Zbig estaba a favor de un «Occidente» ampliado que anexaría Turquía y Rusia, con el Imperio del Caos actuando como «promotor» y «garante» de la unidad más amplia en el Occidente, y actuando como «equilibrador» y «conciliador» entre las grandes potencias en el Este. Una mirada rápida en el registro desde 2012 -Libia, Siria, Ucrania, el encerclamiento de China- revela el Imperio del Caos sólo como fomentador de, qué otra cosa, el caos.

Ahora comparemos el temeroso Dr. Zbig con Immanuel Wallerstein -quien fue de una gran influencia en mi combado libro de viaje geopolítico Globalistan, en el 2007. En esta obra (en español) Wallerstein sostiene que el Imperio del Caos simplemente no puede aceptar su decadencia geopolítica -y que es por eso que se ha vuelto tan peligroso. Restaurar su hegemonía en el sistema-mundo se ha convertido en la obsesión suprema; y ahí es donde toda la «política» que es el trasfondo esencial para la tragedia MH17 revela a Ucrania como el campo de batalla definitivo.

En Europa, todo gira en torno a Alemania. Sobre todo después de que el escándalo de la Agencia de Seguridad Nacional y sus ramificaciones, el debate clave que hace estragos en Berlín es cómo posicionarse geopolíticamente pasando por alto a EE.UU. Y la respuesta, como presionan amplios sectores del gran capital alemán, se encuentra en una asociación estratégica con Rusia.

Muéstrame el misil

Poco a poco, sin exageraciones y sin sesgar, los militares rusos están empezando a entregar las mercancías. Aquí, por cortesía del blog Vineyard of The Saker, es su presentación clave hasta este momento. Como lo pone The Saker, Rusia tenía -y tiene- una «visión radar 20/20», o vigilancia de espectro completo, sobre todo lo que sucede en Ucrania. Y así, sin duda, lo hace la OTAN. Lo que el Ministerio de Defensa ruso está diciendo es tan importante como las pistas que está presentando para que las sigan los expertos.

El dañado motor a reacción de estribor del MH17 sugiere deformaciones por la explosión de un misil aire-aire -y no un Buk; eso es consistente con la presentación gráfica del Ministerio de Defensa de Rusia, que destacó un SU-25 ucraniano siguiendo el vuelo MH17. Cada vez más, el escenario Buk -histéricamente pregonado por el Imperio del Caos- está siendo descartado. Por no hablar, de nuevo, que ni un solo testigo ocular vio el muy gráfico grueso trazo de un misil, que habría sido claramente visible de haberse utilizado un Buk.

Mucho más allá del hecho establecido de un SU-25 ucraniano seguía el MH17, hay un montón de preguntas sin respuesta, algunas sobre un turbio procedimiento de seguridad en el aeropuerto de Ámsterdam Schiphol -donde la seguridad es operada por ICTS, una empresa israelí con sede en los Países Bajos y fundada por ex oficiales de la agencia de inteligencia israelí Shin Bet. Y luego está la presencia inexplicable de asesores «extranjeros» en la torre de control de Kiev.

Por mucho que Bashar al-Assad en Siria no tenía absolutamente ningún motivo para «gasear a su propio pueblo» -como afirmaba la histérica narrativa del momento- los federalistas del Este de Ucrania no tienen motivo alguno para derribar un avión civil. Y de la misma manera que a Washington le importa un comino la masacre actual de civiles en Gaza, también le importa un comino las muertes de civiles del MH17; la única y sola obsesión es forzar a los europeos a sancionar a Rusia a la muerte. Traducción: romper la integración comercial y geopolítica de Europa y Rusia.

Una semana antes de la tragedia MH17, el Instituto Ruso de Estudios Estratégicos ya estaba sonando la alarma en relación con la «política» del Imperio del Caos y su negativa a «adherirse a los principios y normas del derecho internacional y a las normas y el espíritu del sistema existente de las relaciones internacionales».

Moscú, al constituir su caso sobre la tragedia del MH17, aguardará el momento propicio para desacreditar las afirmaciones de Kiev y maximizar su propia credibilidad. El juego ahora se traslada a las cajas negras y el registrador de voz de cabina. Pero Ucrania seguirá siendo el campo de batalla de vida o muerte -un tablero de ajedrez empapado en sangre.

Pepe Escobar es un periodista brasileño del periódico Asia Times Online y de Al-Jazeera. Pepe Escobar es también autor de: «Globalistan: How the Globalized World is Dissolving into Liquid War» (Nimble Books, 2007); «Red Zone Blues: a snapshot of Baghdad during the surge»; «Obama does Globalistan» (Nimble Books, 2009).

Traducido del inglés para El Correo por Alberto Rabilotta

Fuente: http://www.elcorreo.eu.org/Ucrania-Un-tablero-de-ajedrez-empapado-en-sangre?lang=fr

jueves, 17 de julio de 2014

Ucrania, génesis de un conflicto

 

 

SLAVIANSK 

 

 

Rossana Rossanda · · · · ·

 

 


Prensa y televisión pintan un cuadro de una Ucrania pobre pero democrática que se debatiría entre las garras del oso ruso, el cual, después de haberle arrancado la península de Crimea, querría devorarla entera. Pero la historia de las relaciones entre Rusia y Ucrania es todo menos lineal. Y Europa parece haber olvidado historia, geografía y política.

Cierto es que Europa no nació en clave antiamericana sino, dadas las dimensiones y el número de habitantes, al menos como gran mercado autónomo y  con una moneda acaso competitiva; y durante algunos años esto es lo que ha sido. Pero desde hace algún tiempo ha subrayado de modo pasmoso un papel que antaño se habría llamado “atlántico”. Ya no bajo enseña anticomunista, al haber desaparecido el comunismo de golpe, sino antirrusa. 

Hace algunos años me decía Immanuel Wallerstein que, agotados todos los enfrentamientos ideológicos, las nuevas guerras habrían de ser comerciales. ¿Y qué otro sentido darle al conflicto que se desarrolla en Kiev? Parece tener por objeto la identidad nacional de Ucrania. Excepción hecha de Il Manifesto, toda la prensa y la televisión pintan el cuadro de una Ucrania pobre pero democrática que se debatiría entre las garras del oso ruso; el cual le ha arrancado ya la península de Crimea y querría devorarla entera. Poco falta para que se defina a Rusia como un nuevo Tercer Reich. Con ocasión del 70 aniversario del desembarco de Normandía, el presidente francés Hollande fue acusado de haber invitado también a Putin a las celebraciones - como si la batalla de Stalingrado no hubiera permitido a los Estados unidos el desembarco mismo, distrayendo del norte de Europa al grueso de la Wehrmacht –, cuando al mismo tiempo había invitado nada menos que a unidades alemanas a participar en la conmemoración del primer lanzamiento paracaidista aliado sobre el pueblo de Sainte-Mère-l’Eglise.

Desde algunos días más tarde sabemos que los Estados Unidos, ni siquiera el presidente Obama sino su antiguio rival Mc Cain – han exhortado a Bulgaria, Serbia y los demás países involucrados en un proyecto de gaseoducto para transportar el gas ruso por Europa (con un trazado que evitaba Ucrania, por ser mala pagadora) a clausurar las negociaciones en curso, preferiendo un nuevo trayecto a través de Ucrania a ese otro que iría directamente por Europa occidental. Estupor y tímidas protestas de Bruselas, convencida de que se trata de una amenaza simbólica. Que se inserta, no obstante, en el marco de un cambio de las exportaciones de los EE.UU., ya dirigidas al comercio del gas de esquisto, que, por lo demás, todavía no está en marcha.

Europa teme represalias de Rusia por haber aplaudido el derrocamiento del presidente ucraniano filorruso Yanukovich a manos de las fuerzas (de la plaza Maidán) que hoy están en el gobierno en Kiev. Pero la historia de las relaciones entre Rusia y Ucrania es todo menos lineal. El principado de Kiev fue la primera forma del futuro imperio ruso, anexionado por Catalina II a Rusia hacia la mitad del siglo XVIII y que estableció en Crimea su base naval más fuerte. Su cultura, su desarrollo y sus personajes, de Gogol a Berdiaev, han estado entre los protagonistas de la literatura rusa del siglo XIX. Toda la literatura rusa queda marcada por la guerra entre Rusia, Inglaterra y Francia, que trataron de ponerle las manos encima: no hay más que pensar en Tolstoi y en la topografía de las capitales correspondientes, ricas en avenidas y arterias que la conmemoran (Sebastopol). Pero al país, que en su origen había sido recorrido, como Italia, por multitud de etnias, de los escitas en adelante, le ha costado unificarse como nación, distingiuéndose por luchas crueles y no sólo de ideales entre diversos nacionalismos, a menudo de derecha. La culminación se produjo en la I y en la II Guerra Mundial: en la primera bajo la presidencia de Petliura, nacionalista de derecha, cuando Ucrania se convirtió en refugio último de los generales “blancos” Denikin y Wrangel, con el enfrentamiento entre él y la república soviética de Jarkov. Sólo con la victoria definitiva de la URSS se consolidó la república soviética nacida en Jarkov, destinada a convertirse en los años 30 en centro de la industrialización. Industrialización desarrollada exclusivamente en el este (la cuenca de Donbás, con capital en Jarkov), mientras el oeste del país seguía siendo en su mayor parte agrícola (capital Kiev, asimismo de toda la república); y ésta sigue siendo la base del contencioso entre la dos partes del país. Luego, durante la II Guerra Mundial, la ocupación alemana concitó el favor de una parte del panorama político ucraniano, una herencia evidentemente todavía viva en los recientes hechos de la Plaza Maidán: el partido explícitamente nazi todavía se muestra activo y no es la última de las razones por las que el país sigue dividido entre la zona oriental y la occidental. Tras la II Guerra Mundial, Jruschov dio a Ucrania plena autonomía administrativa, Crimea incluida, sin ninguna consecuencia políticamente relevante, pues seguía siendo un proceso interno de la Unión Soviética.

Sólo desde 1991 y el derrumbe de la URSS, bajo presión asimismo polaca y lituana, mira el gobierno de Ucrania a Europa (y  a la OTAN) y aumenta su enfrentamiento con su parte oriental. Parece imposible que en Occidente no se haya considerado que la Unión Soviética no era sólo una fórmula jurídica: disolverla arbitrariamente y desde arriba, como ocurrió en 1991, significaba crear una serie de situaciones críticas, tanto en la cultura como en las relaciones económicas que atraviesan todo ese vasto territorio. Desde entonces no ha escondido Kiev que apuntaba a una unificación étnica y linguística también forzosa de las dos zonas, hasta llegar a prohibir el uso de la lengua rusa a los habitantes del este para los que era habitual. 

Europa y la OTAN no han dejado de apoyar las políticas de Kiev ni la insurrección, luego, contra un presidente Yanukovich muy corrupto, obligado a cortar los lazos con Moscú. Pero la zona oriental seguro que no lo lamenta: no tolera el gobierno de Kiev y su complicidad con la OTAN, pero no porque tenga nostalgia de este personaje. Se ha rebelado contra la política pasada y reciente de Kiev que ha intentado incluso impedir el uso de la lengua rusa, usada por la mayoría de la población en el este. Europa y la OTAN, apoyadas por Polonia y Lituania, afirman que no se trata de una verdadera y espontánea solución nacionalista sino de una ingerencia directa de Rusia, y así lo dicen la prensa y la televisión italianas. No hay duda de que Rusia ha querido el retorno de Crimea a su seno, pero la propuesta del este de formar una federación con el oeste, garantizando la autonomía de ambas partes, fue bloqueada por Kiev y el gobierno de los insurgentes. La decisión de votar en un referendum contra Kiev en el Este la tomó no Putin, puesto en un brete, sino la población del Este que ha votado en este sentido en un 98%. No se trata de un proceso regular (no aceptaríamos que el Alto Adigio [región del norte de Italia de lengua alemana] votase uno de estos próximos domingos su incorporación a Austria sin algún precedente diplomático negociado), pero no ha sido siquiera una maniobra rusa, como ha sostenido Europa entera. 

Es sorprendente que hasta lo poco que queda de las izquierdas europeas haya abrazado esta tesis y que no hayan tenido ningún eco en Italia las reservas de Alexis Tsipras respecto a las políticas de Brusela. Hay incluso quien evoca de modo irresponsable acciones armados contra Moscú. La deriva de los conflictos, militares también, y no solamente en Ucrania, corre el riesgo de dejar todavía más señales en una Europa que ha olvidado historia, geografía y política.

Rossana Rossanda es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

viernes, 30 de mayo de 2014

Una Europa a la deriva, ¡un terremoto en Francia!

 

 

Francois Sabado

Democracia Socialista

La victoria del Front National (FN) constituye una sacudida histórica para Europa y un terremoto para Francia. El resultado de las elecciones europeas confirma la grave crisis política que atraviesa Europa. Estamos frente a una onda de choque cuya amplitud aún es difícil de valorar. Si bien hay que evitar realizar una lectura “francesa” de los resultados electorales europeos (según la situación política de cada país, las relaciones de fuerzas varian de un país a otro), estas son las grandes tendencias se desgajan sobre el telón de fondo de la crisis y de la degradación de las relación de fuerzas para el movimiento obrero: abstención masiva, crecimiento de la extrema derecha, retroceso de la derecha tradicional, debilitamiento considerable de la social-democracia y estabilidad de la izquierda radical con el ascenso de Syriza en Grecia y Podemos en el Estado español.

1. Una abstención masiva

Se trata de una tendencia fuerte en todas las consultas electorales, en particular en las elecciones europeas, y aún cuando no progrese, el partido de la abstención es el primer partido en Europa (cerca del 57% de abstención). Estas elecciones confirman el rechazo masivo de la Unión Europea por parte de las clases populares. Desde su inicio, la construcción europea ha estado reservada a las clases dominantes, a los gobiernos y a las élites tecnocráticas; los pueblos nunca han sido tomados en cuenta. Actualmente la conjunción de este modelo de construcción y las políticas de austeridad que estrangulan a los pueblos conduce a un rechazo masivo, poniendo al descubierto la enorme crisis de representación política que afecta a casi todos los países de Europa y abriendo un fase de crisis política aguda, no sólo en las instituciones europeas sino también en las relaciones intra-europeas.

La abstención ha sido particularmente fuerte en los barrios populares. Es normal, ¿cómo sumarse a es “bella idea de Europa” cuando para millones de personas la Unión Europea que promueven los gobiernos significa más austeridad, más paro y más pobreza?

En muchos casos es esta abstención la que ha favorecido los resultados de los partidos populistas o neofascistas.

2. Crecimiento de la extrema derecha, de los partidos populistas y de los neofascistas

La expresión más significativa de este crecimiento es el primer puesto alcanzado por el Front National en Francia. Supone una sacudida sin precedentes. En la historia europea se ha hablado a menudo de la “excepción francesa” para evocar las luchas y las revoluciones populares. En esta ocasión existe una excepción, pero esta vez va contra los movimientos populares.

El FN toma arraigo en la sociedad francesa. Según los sondeos, ha cosechado el voto del 43% de los obreros, del 38% de los empleados y del 37% de los parados. Las listas del PS, por su parte, el 8% de los obreros, el 16% de los empleados y el 14% de los parados. ¡Un joven sobre tres ha votado al FN! Es verdad que el auge de la extrema derecha o de los “partidos eurófobos” afecta a todo el continente, pero es Francia donde provoca la crisis política más aguda. En primer lugar, porque Francia es, junto con Alemania, una de las dos potencias claves de la Unión Europea. En segundo lugar, porque el ascenso del FN viene acompañado en Francia de la caída del resto de las formaciones políticas. La derecha tradicional se hunde bajo los escándalos de corrupción y una crisis de dirección abierta. ¿quién puede decir donde terminara la UMP -derecha tradicional- en los meses que vienen? En cuanto a la izquierda, globalmente está en sus peores resultados: apenas alcanza el 34% de los sufragios. De golpe, se pasa de una situación bipolar, derecha/izquierda, a una situación tripolar o tripartita: derecha/ PS/ FN.

Ahora bien, la progresión de las formaciones de extrema derecha o populistas no se limita a Francia: el Partido del Pueblo en Dinamarca logra el 27% de los sufragios, el UKIP de Gran Bretaña se sitúa a la cabeza con el 37%, el FPO austriaco supera el 20%, y eso sin contar los partidos “anti-Europa” -en Alemania, Polonia o Suecia- que salen reforzados. Por último, hay que indicar que las organizaciones abiertamente fascistas como Amanecer Dorado en Grecia con el 10% de los votos o el partido Jobbik húngaro que supera a la socialdemocracia con cerca del 15%, también van a pesar en la situación política de sus países.

Aún cuando se puedan dar otras situaciones, como el retroceso del partido islamófobo de Wilders en Holanda que tiene que ver con la recuperación económica del país, se tratade una tendencia de fondo

En el Estado español y en Portugal, las formaciones neo-fascistas apenas existen, lo que se puede explicar por el profundo rechazo popular a las dictaduras policiales tras decenios de franquismo y salazarismo. Señalemos, en todo caso, la presencia de una derecha extrema en el Partido Popular de Rajoy que, con la presión de la jerarquía católica, explica los proyectos de ley para poner en cuestión el derecho al aborto.

Este progreso general es fruto del ascenso de los nacionalismos en una situación de crisis económica y de debilitamiento histórico del movimiento obrero. La identidad social retrocede frente a la identidad nacional, los conflictos de clases dejan lugar a la “etnizacion” de las relaciones sociales, el racismo gana a sectores de masas de las clases populares. “Es más fácil emprenderla con un inmigrante que con un banquero”… No es la primera vez en la historia de Europa que estamos confrontados al ascenso de la extrema derecha. En los años treinta, tanto por los imperativos de una crisis, que exigía la superexplotación del trabajo para garantizar las ganancias de los grandes grupos capitalistas, como por la necesidad de contener el ascenso revolucionario vinculado a la fuerza propulsiva de la revolución rusa, condujeron a las clases dominantes a optar por el fascismo.

Otra referencia que marca las tensiones sobre el continente es la crisis ucraniana. Y las posibles dislocaciones nacionales en Europa central pueden incluso traer a la memoria las confrontaciones nacionalistas de antes de la guerra del 14-18. Por supuesto, las situaciones no son comparables y cuando se hace referencia a los años 1930, hay que hacerlo desde el punto de vista de los “años 30 al ralentí”. Ahora bien, es preciso añadir que la configuración del mundo, de las clases y de la relación de fuerzas no son las mismas. A diferencia de ese períodos histórico marcado por las opciones nacionalistas de las burguesías europeas, actualmente las clases dominantes optan claramente por la integración en la globalización capitalista y no existen amenazas revolucionarias que les obliguen a optar por soluciones fascistas para la destrucción violenta del movimiento obrero y de las libertades democráticas.

Las especificidades de la situación actual condicionan una determinada configuración de la que dependen las fuerzas de extrema derecha. Existe toda una variedad de ellas. Algunas, como la Alianza Nacional de Italia, se han integrado completamente en el juego parlamentario y han roto con sus amarras fascistas. Otras son abiertamente profascistas e incluso neo-nazis, como Amanecer Dorado en Grecia y el partido Jobbik en Hungria. En Europa del Norte, estas formaciones adquieren un perfil populista y alimentan la histeria anti-inmigración e islamofoba. En Francia, el FN combina la “dirección” y la “matriz neo-fascista” con objetivos de integración en el juego político tradicional que a la larga pueden crear tensiones y diferenciaciones en su seno. Es cierto que desde el punto de vista de los temas que plantea como del de sus dirigentes el FN ha evolucionado: ya no se trata de la organización fascista de los años 80; ahora bien, esta evolución no ha llegado al punto de romper con los orígenes de la matriz neofascista, lo que hace que, de un lado, el FN se “desdiabolice” y, de otro, ampare corrientes abiertamente fascistas en su seno o en su periferia. Por último, el ascenso del -FN provoca un fenómeno doble: una presión sobre la derecha tradicional y espacios para grupos fascistas extraparlamentarios que agreden a los militantes de todas las fuerzas de izquierda.

También hay que sumar a esta categoría de “populistas” a las formaciones llamadas “eurófobas” como el UKIP de Gran Bretaña, el AfD alemán o el partido “Derecho y justicia” polaco. En toda esta galaxia nacionalista y populista existen sectores, segmentos fascistas que en determinadas circunstancias de agudización de los conflictos sociales y políticos pueden pasar a atacar a la población inmigrada y a las organizaciones democráticas. La situación de Grecia, con el desarrollo de Amanecer Dorado muestra bien el papel de estas bandas contra la izquierda y la población inmigrante.

Pasando a otro registro, el Movimiento de las 5 estrellas de Beppe Grillo que no procede de la extrema derecha, aunque que se reclama abiertamente del populismo, ha obtenido casi el 24% de votos, lo que pone de manifiesto la continuidad de la crisis política e institucional en Italia. Se sitúa delante del partido de derechas Forza Italia, pero deja la primera plaza al Partido Demócrata italiano. El eclecticismo de sus posiciones -rechazo de las políticas de austeridad de la Unión Europea, pero también posicionándose contra la inmigración- así como su funcionamiento interno muestran que, si bien contribuye a la crisis italiana, no puede constituir uno de los elementos de una alternativa política.

Conclusión política: mientras las clases dominantes necesitan partidos o coaliciones estables de partidos en el poder orientados a la integración en la economía mundial -es decir, partidos de la derecha tradicional parlamentaria o de la socialdemocrácia- se encuentran frente a una desestabilización política profunda marcada por el ascenso de los partidos nacionalistas, populistas o neo-fascistas. ¿Qué consecuencias tendrá, por ejemplo, el ascenso del UKIP Gran Bretaña si el referéndum sobre “la pertenencia a Europa” termina con la salida del Reino Unido de la UE? ¿Qué sería la UE sin el Reino Unido? ¿No estaríamos asistiendo al principio de su desintegración?

Los intereses “bien entendidos” de la burguesía no empujan hacia el fascismo, pero las múltiples crisis a las que está confrontada le lleva a orientarse cada vez más hacia soluciones autoritarias. Las clases dominantes tienen otras soluciones diferentes al fascismo para meter en vara a los asalariados y asalariadas, a la juventud y a las clases populares. Las instituciones europeas son antidemocrática y las de la democracia parlamentaria a nivel nacional están vacías de contenido; las diversas intervenciones de la Troika en el Sur de Europa han mostrado como se pisotean los parlamentos nacionales. Estas soluciones autoritarias pueden darse con coaliciones de la derecha con la extrema derecha.

Esta larga fase de descomposición económica, social y política de las sociedades europeas, la crisis histórica de representación y de dirección política, el preocupante debilitamiento del movimiento obrero, la propia crisis de Europa, pueden conducir ahora a situaciones imprevisibles, a cambios bruscos, que propulsen la extrema derecha a las puertas del poder.

3. La derecha tradicional

La derecha tradicional retrocede, incluso aunque haya confirmado su mayoría en el Parlamento europeo obteniendo 213 contra 190 diputados del Partido socialista europeo. Aliándose con el centro y los liberales, controlará el próximo parlamento.

La Democracia cristiana alemana continúa conservando el liderazgo político de las derechas europeas e inspira las políticas de los gobiernos de unión nacional con la izquierda social en varios países.

En algunos países existen coaliciones entre la derecha, el centro y la izquierda liberal: Alemania, Holanda, Austria, Irlanda, Grecia, Italia, Bélgica y Finlandia. La derecha tradicional continúa siendo el eje de dominación de las clases dominantes bastantes países.

Pero más allá de esos resultados, la derecha parlamentaria tradicional sale debilitada. De entrada sobre la cuestión de Europa, con la división entre quienes desean una integración óptima en la UE y las llamadas fuerzas “euroescépicas”, en determinados países bajo la presión de la extrema derecha.

Los partidos demócrata cristianos, las derechas populares y diversos partidos de centro se sitúan a menudo a la cabeza, pero es necesario señalar que la crisis mina las bases sociales políticas y electorales de esos partidos que ya no son más que máquinas electorales. Confrontados a la presión de la extrema derecha y del nacionalismo, la derecha se radicaliza y se fragmenta: se radicaliza bajo la influencia de la extrema derecha, sobre todo en lo que se refiere a la inmigración, provocando divisiones internas, y se fragmenta entre sectores de la “derecha fuerte” y los que desean aliarse con el centro. Un centro a su vez atraído por la social-democracia. Terminar señalando que en Francia, ¡una vez más!, la dirección del UMP se encuentra en plena tormenta debido a escándalos de corrupción que pueden debilitarla de forma duradera, lo que beneficia una vez más al Frente Nacional.

4. La social-democracia ha retrocedido

No será mayoritaria en el Parlamento europeo. En Francia, donde el conjunto de la izquierda se encuentra a su nivel más bajo (alrededor del 34%), ha recibido un fuerte varapalo. En la historia de Francia es raro encontrar un presidente que haya tenido una base electoral tan mermada: menos del 15%. Sufre derrota tras derrota en todas las citas electorales y sólo se mantiene gracias al presidencialismo de las instituciones de la V República.

En un sentido más profundo, las elecciones muestran los cambios estructurales de la social-democracia en Europa. La crisis actual a acelerado su adhesión a las políticas neo-liberales y la campaña electoral de Martin Schultz, definida como “anti-austeridad”, no ha podido camuflar esta realidad. En una contexto dominado por el capital financiero, la socialdemocracia, siempre cuidadosa de respetar los equilibrios capitalistas, ha abandonado las fórmulas keynesianas clásicas. La convergencia de las políticas de los gobiernos de derecha e izquierda liberal es manifiesta a los ojos de millones de trabajadores.

En Francia, las instituciones bonapartistas de la V República impiden la constitución de un gobierno de unión nacional entre la derecha y la izquierda; si bien ésta se materializa a través del sucedáneo del acuerdo entre el gobierno y la patronal francesa sobre el “pacto de responsabilidad”.

De ese modo, cara a la crisis, lo esencial de las fuerzas de derecha y la social-democracia convergen a la hora de gestionar la crisis en el marco de la Unión Europea, respetando los intereses de los mercados financieros y de las multinacionales.

Más allá de esta secuencia electoral, son los fundamentos de la social-democracia los que están en cuestión. Si los PS guardan aún vínculos históricos y políticos con los social-demócratas de antaño, su transformación social liberal está a punto de llegar a término. Los PS mutan: se convierten en el equivalente del partido demócrata americano, instrumento de la alternancia burguesa. En ese proceso, lo que aún queda del “origen social-demócrata” está en vías de extinción.

En efecto, el principal pilar de la social-democracia europea, el SPD alemán mantiene sus posiciones pero mantiene una posición subordinada al CDU en la Gran Coalición. Esta situación no sólo es debido a formar parte de esta coalición, sino de la situación económica de Alemania y su liderazgo europeo. Allí donde los partidos socialistas se han hecho cargo de las políticas de austeridad, se hunden progresivamente, como es el caso del PASOK en Grecia.

En Francia, el PS, bajo la batuta de Hollande y Valls, conoce una verdadera derrota y acumula una dinámica de derrotas que puede provocar un crash en los meses que vienen o durante las próximas elecciones presidenciales en 2017.

En Italia, para sorpresa general, el Partido Demócrata de Renzi ha obtenido más del 40% de votos y frena el ascenso del Movimiento de las 5 estrellas de Beppe Grillo. Estos resultados ¿hay que ponerlos en la cuenta de la capacidad de iniciativa del Primer Ministro italiano y de determinadas medidas como la reducción de impuestos? Es muy pronto para decirlo, pero estas elecciones confirman que el Partido Demócrata que ya no tiene nada de comunista ni de socialista, en el sentido social-demócrata, sino que es un partido burgués… como el resto.

En el Estado español, el PSOE retrocede de forma neta: pasa de más de 6 millones de votos en 2009 a 3,5 millones en estas elecciones. En Portugal, tras años ejerciendo el poder y sufrir un retroceso neto, el encontrarse en la oposición ha dado al PS una salud electoral, aunque de proporciones limitadas.

La crisis de la socialdemocracia produce divisiones internas pero pocas fracturas o rupturas. En los últimos años, sólo corrientes en torno a Oskar Lafontaine en Alemania y Mélenchon en Francia han dado paso para crear sus propios partidos. En general, la presión es tal que siempre hay voces que, aquí y allí, se contra tal o cual medida de los gobiernos socialistas que asumen, sin complejos, las políticas de austeridad. Incluso puede haber cambios en los equipos de dirección, pero la cosa no va más allá. Todas las tendencias asumen, poco más o menos, la adaptación social liberal. A diferencia de otros períodos históricos, actualmente, la crisis de la socialdemocracia no ha cristalizado en corrientes de izquierda en el seno del PS. Por último, si bien se ha dado el hundimiento del PASOK, el resto de partidos socialdemócratas retroceden pero no se hunden. Incluso pueden recuperarse en la oposición ante el descrédito de la derecha. Será necesario hacer seguimiento de lo que ocurra en los meses que vienen en el PS de Francia, porque la continuidad en sus políticas de austeridad le pueden hacer caer.

5. Los ecologistas

Confirman la realidad de la ecología política en Europa. Obtienen una cincuentena de escaños y sus resultados rondan el 10% en una serie de países como Francia, Austria y Alemania. La dimensión sistémica de la crisis actual, la crisis ecológica y el riesgo nuclear nutren políticamente a las corrientes ecologistas. Se apoyan tanto en una red impresionante de asociaciones como en una integración cada vez mayor en el juego institucional que les lleva a la participación o al apoyo de coaliciones dominadas por la social-democracia. En determinados sectores de la juventud, de capas superiores del asalariado o de la pequeña burguesía, los partidos ecologistas continúan estando entre “los partidos más europeos”, lo que les puede dar una base social y electoral. Sin embargo es necesario anotar el carácter volátil de ese electorado: en Francia, los ecologistas han perdido más de 6 puntos en relación a 2009, tras la retirada de la escena electoral europea de Daniel Cohn-Bendit.

6. La Izquierda radical

Mantiene sus posiciones, consolidándose y progresando en Grecia, en el Estado español y en Bélgica.

Syriza ha obtenido más del 26% de votos. Confirma que es una alternativa al poder de la coalición de Nueva Democracia y el Pasok. Apoyándose en las movilizaciones y en las redes de solidaridad social en todo el país, aparece como la primera fuerza política. Más allá de determinadas declaraciones de sus dirigentes que buscan vías de acuerdo con la UE, se mantiene como la fuerza anti-austeridad radical del país. Ha exigido elecciones anticipadas. Syriza se encuentra ahora entre la espada y la pared: bien defiende una política anti-austeridad consecuente anulando la deuda y rechazando de todos los memorandums o bien cede a las presiones de la burguesía griega y de la Unión Europa. En esta batalla, la izquierda de Syriza que propone un gobierno de izquierda con el KKE y Antarsya juega un papel decisivo.

Los resultados electorales muestran que en los países del Sur de Europa en los que se han desarrollado luchas masivas contra la austeridad se da una traducción política con resultados significativos a la izquierda de los social-liberales.

En el Estado español, Podemos ha obtenido 7,9% de votos y cinco escaños. No se puede entender este resultado sin tomar en cuenta las jornadas de movilización nacional, las Mareas (blanca, verde…) y la emergencia de un movimiento como los Indignados. Es preciso añadir a ello la crisis política e institucional del modelo político de la transición post-franquista de 1978.

En el Estado español, el bipartidismo también sufre los avances de IU y Podemos. Entre estas dos formaciones políticas suman el 18% de los votos; un resultado que pone sobre la mesa la cuestión de las relaciones unitarias. La fuerza de Podemos tiene sus referencias a los procesos de lucha y autoorganización de estos últimos meses en el Estado español. Este movimiento puede jugar un papel fundamental en la reconstrucción de una perspectiva social y política unitaria que pese en el conjunto de la izquierda. Para las y los revolucionarios que forman parte del mismo constituye todo un desafío.

Añadamos a ellos los buenos resultados del PTB-Gauche d’ouverture en Bélgica que con el 5,48% de votos avanza significativamente en la Bélgica francófona. En estos países el rechazo a las políticas de austeridad ha cristalizado en fuerzas anticapitalistas o antiliberales.

En Francia, el Front de Gauche obtiene los mismos resultados que en 2009, pero muy por debajo de lo esperado. El mismo Mélenchon había previsto que su formación se situaría por delante del PS en estas elecciones. Die Linke obtiene el 7,5%. Hay que anotar que los partidos comunistas mantienen sus posiciones e incluso progresan, como en Portugal -el PCP ha obtenido el 12% de los sufragios mientras que el Bloco d’Esquerda se sitúa un poco por encima del 4%- pero retroceden en Grecia en beneficio de Syriza y no obtienen los resultados esperados en el Estado español donde Podemos se sitúa al mismo nivel que Izquierda Unida.

Mencionemos también el retroceso de la izquierda revolucionaria, sobre todo en Francia, donde el NPA -privado de la propaganda electoral por motivos económicos presentándose sólo en 5 circunscripciones sobre 8- no alcanza el 1% y Lutte Ouvrière obtiene el 1,4%. El NPA participa del retroceso general de todas las listas de izquierda y ve retroceder sus propias posiciones en relación a las últimas citas electorales tras haber jugado un papel importante en la manifestación unitaria contra la austeridad el 12 de abril y a pesar de una buena campaña. No logra obtener unos resultados que se correspondan a su papel en la lucha de clases.

7. ¿A dónde va Europa?

Es la cuestión que está al orden del día. Hemos entrado en una fase de crecimiento débil o de recesión de largo alcance. Si los gobiernos y la BCE se han dotado de instrumentos para evitar una nueva crisis bancaria, nadie puede poner la mano en el fuego descartando la crisis de alguno de los grandes bancos. ¿Hasta que punto el reembolso de la deuda puede seguir sangrando las economías de una serie de países del Sur y de países intermediarios como Italia o Francia?

En el plano político, la crisis de dirección es total. Europa continua siendo el continente más rico, pero pierde peso en el mundo. Las políticas de austeridad al igual las diferentes trayectorias de las economías europeas agravadas por la crisis, tienden a hacer estallar el marco europeo. Una vez más, tras los resultados de UKIP en Gran Bretaña, nadie puede prever las consecuencia de una salida de este país de la Unión Europa. Es cierto que el poder de los intereses económicos de las clases dominantes, el margen de maniobra que detentan los gobiernos así como las direcciones de los grandes bancos y las multinacionales, o la solidez de las instituciones de los Estados europeos, contienen la crisis, pero el tipo de construcción actual de la UE (sin verdadera democracia, sin políticas social, fiscal, presupuestaria, sin cohesión gubernamental salvo para las políticas de austeridad sin fin), vacía los proyectos europeos de todo contenido.

En gran parte, es el debilitamiento del movimiento obrero el que concede estos márgenes de maniobra a las clases dominantes europeas. Aquí también existe una contradicción entre la opción de la globalización capitalista de sectores claves de la burguesía europea y el ascenso del nacionalismo reaccionario que se encarna en los partidos neofascistas y populistas, pero que desgraciadamente irriga también a otras formaciones políticas de derechas e izquierdas. Las fórmulas y propuestas de un Sarkozy para salir de Schengen expresan esa salida nacionalista. Las propuestas de patriotismo económico o las salidas de unos y otros contra la “Europa alemana” traducen también la presión nacionalista.

Frente al ascenso del nacionalismo reaccionario, es necesario, una vez más en la historia, unir todas a las corrientes, asociaciones, partidos militantes que se oponen al peligro populista o neofascista. La cuestión de la unidad de acción, de la unión en las luchas así como en la construcción de una oposición políticas unitaria anti-austeridad, es central. También habrá que estar atentos para diferenciar la movilización unitaria de masas de una parte y el llegar a acuerdos políticos o programáticos que autolimiten la lucha anticapitalista, por otro.

En esta situación es necesario “ponerse a trabajar sin descanso”, oponer la urgencia social y democrática a las políticas de austeridad patronal y gubernamental, redoblar la lucha contra la derecha y la extrema derecha, no ceder en la independencia respecto al social-liberalismo -ninguna alianza gubernamental o parlamentaria con el PS- y mantener el rumbo de una política internacionalista, rompiendo con la Unión Europea actual, pero defendiendo una Europa cooperativa y solidaria de los pueblos y de los trabajadores y trabajadoras.

Fuente: http://www.democraciasocialista.org/?p=3180