miércoles, 22 de mayo de 2013

El abandono del euro deja de ser tabú y gana posiciones en Alemania

 
Tras los euroescépticos de derecha, la izquierda sopesa la salida de la moneda | "El euro se creó para mejorar la vida de la gente, no para llevarla a la ruina", dice el exministro Lafontaine

Oskar Lafontaine

RAFAEL POCH

Berlín    19/05/2013

A derecha e izquierda, el euro todavía es una vaca sagrada en Europa. "Si fracasa el euro, fracasa Europa", dice Merkel, formulando un consenso general. Hasta ahora sólo había euroescépticos políticamente organizados en la derecha conservadora, por ejemplo en el nuevo partido alemán, Alternativa por Alemania (Alternative für Deutschland), que de momento sólo tiene un 2% de intención de voto, pero las cosas están cambiando significativamente. La izquierda está comenzando a plantearse el euro, así como el dogma de que su abandono sólo puede conducir a una catástrofe apocalíptica.
La idea fundamental la ha lanzado Oskar Lafontaine, peso pesado socialdemócrata, exministro de Finanzas y seguramente el político alemán más creativo e innovador: Europa es más importante que el euro, dice. "La moneda única se creó para mejorar la vida de la gente, no para llevarla a la ruina". Hace tiempo que los políticos europeos no saben hacia dónde ir. La miseria que crea la austeridad alemana está llegando a Francia, así que la creación de una coalición europea contra Alemania es únicamente una cuestión de tiempo. En ese contexto, hay que plantearse la posibilidad de abandonar el euro.
El argumento básico parte de la opinión del economista conservador Hans-Werner Sinn, que dice que para poder regresar a un nivel de competitividad equilibrado en el interior de la eurozona, países como Grecia, Portugal o España deben acometer una devaluación interna de entre el 20% y el 30%, mientras que Alemania debe encarecerse un 20%.
Ambas cosas son imposibles, dice Lafontaine. Lo primero llevaría a esos países a la ruina. Lo segundo supondría una drástica subida salarial en Alemania, algo que las organizaciones patronales no consentirán y que los partidos políticos, desde los conservadores de la CDU/CSU, hasta los socialdemócratas (SPD) y verdes, pasando por los liberales (FDP), no tienen la menor intención de apoyar. Así que lo único que queda es organizar una "salida ordenada del euro".
Dos economistas de renombre, Heiner Flassbeck, que fue precisamente secretario de Estado con Lafontaine, y Costas Lapavitsas, de la Universidad de Londres, han explicado en un documento presentado el viernes por la Fundación Rosa Luxemburgo, lo que significa "salida ordenada del euro". Se trata de crear "un sistema monetario flexible pero coordinado" que sea capaz de lidiar con los desequilibrios internos de la Unión Europea.
"Dada la manifiesta incapacidad de las instituciones europeas para administrar correctamente la unión monetaria, hay que admitir que esta era un objetivo demasiado ambicioso", así que hay que "retirarse para poder avanzar de nuevo".
Algunos países deben plantearse salir del euro, pero no de la UE, puntualizan. Para que eso no signifique la catástrofe por todos pregonada, es necesario organizar dos cosas: "imponer estrictos controles administrativos a los bancos" y "controlar los flujos de capital", de tal forma que la salida de un país del euro no signifique su descapitalización.
Esta salida tiene riesgos, reconocen, pero también los tiene la situación actual que conduce al desastre, mientras que los planteamientos de socialización de la deuda vía eurobonos no parecen realizables.
La diferencia de este planteamiento con el de la derecha es que, por ejemplo, los euroescépticos de Alternativa por Alemania (AfD) simplemente quieren desembarazarse del euro. Su programa aboga por reintroducir el marco, aunque el presidente de AfD, Bernd Lucke, ha dicho este fin de semana que quienes deberían abandonar el euro son los países del sur de Europa. Lucke habla de "introducir una moneda paralela al euro" y admite una quita de la deuda en países como Grecia y "quizá" Portugal, mientras que desde la izquierda se quieren introducir controles a la circulación de capitales para proteger a las economías débiles. Ambos planteamientos coinciden en dejar de considerar la salida del euro como un tabú.
El mensaje no ha sentado bien ni siquiera en el partido de Lafontaine, Die Linke, y el resto de la izquierda europea, con la excepción de Chipre, desde Grecia hasta Portugal, pasando por Italia y España, abraza el euro.
Pese a la sombra del dominio alemán de Europa, la realidad es que Alemania está aislada y es cada vez más maldecida por doquier, explica el analista Jens Berger. Berlín ha tirado por la borda gran parte del capital de prestigio. En Europa ya sólo tiene a Finlandia, y a Austria a medias, como aliados. Los cruces de reproches con Bruselas son semanales. "Ningún miembro de la UE quiere ser dependiente de un solo país, Alemania", dicen Flassbeck y Lapavitsas. ¿Y fuera de Europa?: la oposición al curso alemán tiene aliados en Estados Unidos y Japón, que con una atrevida política expansiva, que está en las antípodas de la de Berlín, ya presentan buenas perspectivas

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lunes, 13 de mayo de 2013

Dos ministros británicos plantean la salida de su país de la UE

 

            

          Michel Gove                                                    Philip Hammond

 

Por la mañana fue el titular de Educación, Michael Gove, un hombre de la máxima confianza del primer ministro David Cameron. Por la tarde, el de Defensa, Philip Hammond. Los dos declararon en público que votarían por la salida de Reino Unido de la Unión Europea si hubiera un referéndum. Aunque los dos dejaron claro que antes de esa consulta hay que dar oportunidad a la negociación con la UE que defiende el primer ministro, que ha prometido esa consulta para 2017, sus declaraciones son una constatación de que el creciente éxito electoral del UKIP no solo ha dividido a los tories sino que ha llevado esa división al interior del Gabinete.

Cameron afronta el miércoles en los Comunes una rebelión de una cincuentena de sus diputados que han presentado una enmienda al programa legislativo anual presentado esta misma semana, exigiendo que el Gobierno apruebe ahora una ley sobre el referéndum. Gove ya ha dicho que se abstendrá, una opción permitida por el primer ministro a los miembros del Gabinete.

Lo que parecía una quimera, la marcha británica de la UE, cada día parece más real. Gracias al UKIP y su líder, Nigel Farage, que se ha situado en el epicentro de Westminster sin tener ni un diputado en los Comunes. El secreto de su éxito ha sido ligar el desencanto europeo con el miedo a la inmigración y aderezarlo todo con mucho populismo. Eso le ha dado uno de cuatro votos en las municipales del 2 de mayo y ha llevado el pánico al Partido Conservador.

El mensaje del UKIP ha calado con especial fuerza en el condado de Kent, en el sudeste de Inglaterra, donde ha pasado de tener un concejal a tener 17. Mo Elenor, de edad inconfesable y presidenta del UKIP en Kent, ve la mano de Bruselas detrás de casi todos los males británicos y es una ardiente partidaria de abandonar la UE. Está en el UKIP “porque quiero que me devuelvan mi país”, proclama. “El 85% de las leyes con las que tenemos que vivir están hechas por la UE”, se queja. Antigua votante tory, empezó a alejarse del partido hace ya años, sobre todo cuando el primer ministro John Major aceptó el Tratado de Maastricht.

Se jubiló y se mudó a Margate hace 10 años, cuando la crisis de la fiebre aftosa vació el campo de visitantes y tuvo que cerrar el bed and breakfast que regentaba en North Yorkshire. Desde entonces está consagrada al UKIP. Mo cree que la economía mejoraría fuera de la UE porque “solo los británicos cumplimos las normas de la UE y los indios y los chinos exportan aquí sus productos sin esas trabas y obligan a cerrar nuestras empresas”. Pero es incapaz de explicar por qué Gran Bretaña no exporta ya ahora al mercado global cuando países como Alemania o Italia sí son capaces de hacerlo o la ventaja de vender en Europa sin poder influir en la normativa del mercado interior.

Defiende que hay que congelar la inmigración. “Porque somos un país pequeño, ya no hay espacio y no todos vienen a trabajar: muchos no contribuyen pero reciben. Hemos recibido inmigración durante siglos, y eso está bien. Vienen, se instalan, viven en grupos pequeños, aprenden la lengua, forman parte del sistema. Eso lo podemos afrontar. Lo que no podemos afrontar es que viniera tanta gente en tan poco tiempo”, asegura. “No queremos cerrar las puertas a todos, pero queremos controlar nuestras fronteras”, señala.

“No soy un fascista. Sobre todo, deje claro que no soy un racista”, pide William Richardson, un agradable pensionista de 69 años que intenta ocultar sus tatuajes ante el fotógrafo. Obrero de la construcción especializado en el recubrimiento de tejados, suele votar a los conservadores —“no soy un socialista”, ironiza—, pero esta vez ha votado al UKIP, “porque detesto la manera en que hacen las cosas Cameron y sus amigos”. “Hay demasiada inmigración. Eso está creando muchos problemas en el Servicio Nacional de Salud. Necesitamos controles adecuados y lo mejor sería salir de la UE y acercarnos a los países de la Commonwealth”, opina. Admite que él nunca ha tenido un problema directo porque haya muchos inmigrantes, pero insiste en que hay demasiados. “Pero no soy racista”, reitera. Y pone como prueba que tiene una nuera croata y un yerno jamaicano. Dice que seguramente volverá a votar al UKIP en las generales. “No creo que puedan cambiar nada pero pueden forzar a Cameron a cambiar”.

John Deering es un ingeniero farmacéutico de 53 años en paro desde que hace unos meses cerró la factoría de Pfizer que producía Viagra en Sandwich, al sur de Margate. Tradicional votante tory aunque llegó a apoyar al laborista Tony Blair, esta vez ha votado al UKIP “con muchas ganas”. “Creo que la mayoría de los que están aquí les votaron”, añade señalando a los parroquianos del pub Northern Belle. “Nos encantan los europeos, pero nos sentimos diferentes”, sostiene. “No somos antieuropeos, somos antiUE”, añade. Sin embargo, cree que dejar la Unión “sería una locura, aunque tenemos que negociar algo”.

Fuente El Pais

lunes, 29 de abril de 2013

ÁNGELA MERKEL CONTRA EL PROYECTO UE



Angela Merkel se está cargando Europa

Según el último Eurobarómetro, han dejado de creer en la UE el 53 % de los italianos, el 56 % de los franceses, el 59 % de los alemanes, el 69 % de los británicos y el 72 % de los españoles.
Carlos Elordi


29/04/2013 - 19:57h
Hollande y Merkel aprovechan el Francia-Alemania para preparar la cumbre de la UE

El presidente francés, François Hollande, y la canciller alemana, Angela Merkel. / Efe

Angela Merkel es “la canciller de la austeridad” y  su actitud se caracteriza por una “intransigencia egoísta”. Decenas de millones de europeos están convencidos de eso. Pero cuando esas ideas figuran expresamente en el texto preparatorio de la conferencia nacional que el Partido Socialista Francés celebrará el próximo mes de junio, el asunto adquiere relevancia política continental. Esa declaración marca, hasta el momento, el punto más alto de la degradación profunda que está sufriendo el proyecto europeo, que cada nuevo sondeo confirma y amplía: según el último Eurobarómetro, dos de cada tres ciudadanos de la UE han dejado de confiar en la Unión.
Para gran disgusto de los responsables del PSF, el texto antes citado fue filtrado por alguno de ellos a la prensa. Horas después, el presidente de la Asamblea Nacional, el socialista Claude Bartolome, elevaba aún más su tono y proponía que Francia abordara directamente esas cuestiones en un “careo” con Alemania. Y aunque varios ministros del Gobierno galo han tratado de restar importancia a unas y otras declaraciones, parece ser que Berlín no se las han tomado precisamente bien.
Fuentes periodísticas francesas aseguran que Angela Merkel ha pedido explicaciones a François Hollande. El diario económico Handelsblatt, próximo al centroderecha, ha escrito: “El partido socialista que está en el poder en Francia ha hecho un descubrimiento sensacional: que Alemania es culpable de todo. Sus opiniones sobre la señora Merkel son una manifestación de la división y del pánico que reinan en el PSF. Lo único que les une es que la canciller alemana es su enemigo común”.
Para el Suddeutsche Zeitung, de centroizquierda, los ataques se explican en la perspectiva de las elecciones de este otoño. “El 22 de septiembre los alemanes no sólo votarán por la composición de su parlamento, sino también por la suerte de otros muchos países. Europa quiere entrar en la campaña electoral alemana. Pero los sondeos muestran que tanto en España como en Alemania la mayoría de la gente cree que su propia clase política es la responsable de la crisis”.
Seguramente la polémica quedará en breve apagada por algún gesto de amistad que acordarán los líderes políticos de ambos países. Pero muy probablemente resurgirá en la conferencia del Partido Socialista Francés, en el que, al igual que la derecha gala, existe desde hace bastante tiempo una corriente crítica con la política oficial de entendimiento sin límites entre Alemania y Francia, que es la base de todo el proyecto europeo.
La crisis está agudizando y reforzando esas posiciones. El paro –que en marzo registró un récord histórico, alcanzando a 5,7 millones de personas, en sus distintas gradaciones– está hundiendo la presidencia de François Hollande. Y Angela Merkel sigue haciendo oídos sordos a sus reiteradas peticiones de que la UE cambie de política económica, relaje la austeridad y tome medidas para promover el crecimiento. En esas condiciones, el discurso europeísta clásico suena cada vez más a vacío, si no a falso, y Hollande corre el riesgo de que dentro de su propio partido surja una fuerte contestación al mismo.
Algunas firmas alemanas de peso han manifestado su preocupación porque la crisis y la actitud de Berlín estén configurando un panorama europeo en el que de nuevo, y como en los peores momentos del siglo XX, Alemania se está quedando sola y frente a todos en Europa. Pero esas opiniones no parecen conmover a Angela Merkel que, además, sabe que sus mayores rivales electorales, los socialdemócratas y los verdes, así como los principales medios de comunicación, comparten su política europea.
Tampoco la protesta que se está produciendo en Alemania mismo contra una austeridad salarial que dura casi una década parece estar afectando a la canciller. El lunes pasado no despegó un solo avión de Lufthansa por la huelga del personal de tierra, que exige una subida del 5,2 %. Los trabajadores de correos –que piden un 6 %- prosiguen su huelga intermitente. Y esta semana pararán los trabajadores del metal para apoyar su reivindicación del 5,5 %. Y es que ceder en esos conflictos podría conducir a una elevación generalizada de los salarios. Y si el porcentaje de la misma estuviera en el entorno del 5 %, su impacto macroeconómico supondría, de hecho, una ruptura, parcial pero no desdeñable, del rigor que Berlín se empeña en imponer a toda Europa.
A pesar de unas y otras cosas, la popularidad de Angela Merkel entre los votantes alemanes sigue altísima. Pero se hunde cada vez en el resto de Europa, con excepciones muy puntuales. Y con ella, la del proyecto europeo. Hace cinco años ni un solo país de la UE, ni siquiera la siempre euroescéptica Gran Bretaña, registraba más de un 50 % de votantes hostiles a la Unión Europea y la mayoría la apoyaban con fuerza en todos ellos.
En la actualidad, y según el último Eurobarómetro, han dejado de creer en la UE el 53 % de los italianos, el 56 % de los franceses, el 59 % de los alemanes, el 69 % de los británicos y el 72 % de los españoles. Y los resultados de las elecciones italianas de febrero no hicieron sino agravar esos datos: casi dos de cada tres italianos apoyaron a partidos en cuyos programas figuraban denuncias radicales de la política europea o incluso propuestas de alejamiento de la UE.
A los líderes y a los miembros de la inmensa y costosísima estructura política que en cada una de las naciones y en Bruselas sostiene la UE, esas opiniones mayoritarias parecen importarles muy poco. Siguen actuando como si no existieran. Pero esa actitud tiene un límite. Y la realidad puede explotar el día menos pensado. 


Carlos Elordi

Carlos Elordi

    Carlos Elordi es periodista. Trabajó en los semanarios Triunfo, La Calle y fue director del mensual Mayo. Fue corresponsal en España de La Repubblica, colaborador de El País y de la Cadena SER. Actualmente escribe en El Periódico de Catalunya.

    martes, 23 de abril de 2013

    Comparación del desempleo durante la Gran Depresión y la Gran Recesión

     

    CIUDADANOS CONTRA EL PARO

    William K. Black

    21/04/13

    Como punto de partida para cualquier intento de comparar el desempleo durante la Gran Depresión y la Gran Recesión es útil leer el articulo de enero de 1988 “El desempleo de entre-guerras en la Perspectiva Internacional” de Barry Eichengreen y Tim Hatton.

    Es util empezar reconociendo tres advertencias relacionadas que hacen los autores en ese texto. En primer lugar, el uso moderno del termino “desempleo” (gente dispuesta y capaz de trabajar, pero que no pueden encontrar un trabajo acorde con su cualificación como trabajador) no era común hasta las décadas anteriores a la Gran Depresión. El supuesto anterior era que la gente estaba desempleada porque eran perezosos. Había poca comprensión de los ciclos económicos o de las consecuencias de una demanda inadecuada, poca simpatía por los desempleados y no se entendía que las empresas y gobiernos eran los principales responsables de esos niveles de desempleo. Esto significaba que guardar un registro de datos sobre el desempleo no era asunto de los gobiernos. Los datos sobre desempleo en Europa fueron recolectados mayoritariamente por los sindicatos de trabajadores.

    En segundo lugar, esto significa que los datos sobre desempleo durante la Gran Depresión son, generalmente, excepcionalmente pobres y, si se comparan con otros países en ese mismo periodo, aun peores. Por lo que nuestra habilidad para comparar los datos de desempleo de hoy en día con los de la Gran Depresión esta sujeta a errores.

    En tercer lugar, los datos sobre el desempleo durante la Gran Depresión a menudo están altamente sesgados, debido a la forma como se reunieron y la naturaleza de la Gran Depresión. En Europa y en los EE.UU. la Gran Depresión fue principalmente una depresión industrial y los sindicatos en la industria eran mucho más propensos a recoger datos sobre el desempleo en el sector industrial. Esto significa que los datos sobre las tasas de desempleo durante la Gran Depresión en los EE.UU. y Europa probablemente incidan sobre los mismos datos generales económicos de desempleo. Los estudiosos citan las conclusiones de los investigadores, sugiriendo exageraciones en la tasa general de desempleo durante la Gran Depresión para muchas naciones superiores al 50%. (Sencillamente: la tasa de desempleo real parece haber sido menos de la mitad que la tasa de desempleo general registrada en muchos países durante la Gran Depresión.)

    Los datos de desempleo de Estados Unidos durante la Gran Depresión están exagerados considerablemente porque las personas que trabajaban en los programas de obras públicas, que realizaban un trabajo altamente productivo, fueron registradas como "desempleadas" en esa época. Ello significa que la Gran Depresión fue con todo catastrófica, pero también que los datos de desempleo más precisos (pero aún lejos de ser perfectos) de la Gran Recesión demuestran que las dos crisis son muy similares en severidad en la zona euro cuando se mide su gravedad por la tasa de desempleo. En la mayor parte de la zona euro, la crisis actual se podría definir más exactamente como "La Segunda Gran Depresión."

    Uso el término "muy similares" a causa de las precauciones que destaqué en mi segundo punto. No se puede atribuir la misma precisión a los datos de la Gran Depresión, incluso después de ajustar los sesgos conocidos, que a los datos sobre el desempleo de la Gran Recesión. Esta es una advertencia importante, ya que los datos sobre el desempleo durante la Gran Recesión todavía están sujetos a error material.

    Con estas precauciones en mente, estas son las razones por las que los datos muestran que el desempleo en la zona euro es muy similar a la de desempleo durante la Gran Depresión. Los datos ajustados, por ejemplo, señalan una tasa de desempleo promedio en 1930-1938 de 8,8% en Alemania y del 9,8% para el Reino Unido (Eichengreen y Hatton 1988: Cuadro 1.2, p 9.). Los autores no encontraron una cifra ajustada confiable para Francia, pero la cifra no ajustada a la tasa media de desempleo en Francia en 1930-1938 fue de 10,2%. Desafortunadamente, no disponemos de datos de desempleo moderadamente fiables para la periferia europea durante la Gran Depresión.

    En general, en la zona euro las tasas de desempleo son más altas que durante la Gran Depresión

    "La tasa de desempleo de la zona euro se elevó al 12,0 por ciento en los dos primeros meses del año, el último de una serie de niveles récord desde finales de 2011, informó Eurostat , la agencia estadística de la Unión Europea [02 de abril 2013].

    La agencia revisó al alza la tasa de desempleo de enero para la zona euro del 11,9 por ciento registrado previamente, en sí ya un récord. Para la Unión Europea, según Eurostat la tasa de desempleo en febrero subió al 10,9 por ciento desde el 10,8 por ciento en enero, con más de 26 millones de personas sin trabajo en todo el bloque de 27 naciones.

    Estas tasas de desempleo y el número de parados son los más altos que ha registrado Eurostat, en datos que se remontan a 1995, antes de la creación del euro ".

    El desempleo en la eurozona, en general, es significativamente más alto que las mejores estimaciones de desempleo en Europa durante la Gran Depresión. La duración de las dos crisis en Europa es cada vez más similar según avanza y se agrava la crisis debida a las politicas contraproductivas de austeridad y al mal diseño del euro como una moneda no-soberana.

    La austeridad ha infligido una über-Depresión en los pueblos de la periferia de la zona euro

    Si bien no podemos comparar con fiabilidad las tasas de desempleo durante la Gran Depresión y la über-depresión en los países de la periferia de la UE, se puede utilizar el mismo artículo del New York Times para comparar las tasas de desempleo actuales en la periferia con las tasas de desempleo en Francia, Alemania y el Reino Unido durante la Gran Depresión y se pueden comparar directamente las tasas de desempleo en las tres principales economías de la UE.

    "El mercado laboral europeo ha decrecido durante 22 meses consecutivos, haciendo de ésta la peor recesión desde la década de 1990, según Jennifer McKeown, economista de Capital Economics en Londres, que escribió una nota de investigación el martes: 'Con el ajuste fiscal aún presionando sobre la rentas disponible y la confianza del consumidor en niveles muy bajos, es probable que caiga en los próximos meses el gasto de los hogares´ “.

    La Sra. McKeown también señaló que en febrero la tasa del desempleo del 10,8 por ciento en Francia - el doble de la tasa alemana de 5,4 por ciento - 'es muy preocupante´.

    La tasa de desempleo en Alemania es sustancialmente más baja ahora que durante la Gran Depresión, pero la tasa de Francia es superior a la media de desempleo sin ajustar (y por lo tanto inflada por el sesgo de recogida de datos) que sufrió durante la Gran Depresión.

    "Gran Bretaña, la mayor economía de la UE fuera del bloque de la moneda única, tenía una tasa de desempleo del 7,7 por ciento en diciembre, el último mes disponible."

    La tasa actual de desempleo del Reino Unido se mantiene por debajo de la tasa media durante la Gran Depresión, pero es importante recordar que el Reino Unido no ha adoptado el euro, ha mantenido una moneda soberana. Pero ha sido incapaz de utilizar esa fortaleza para poder acabar con el desempleo creciente, debido a su asunción de la auto-infligida e hiriente austeridad.

    La periferia de la zona euro es el epicentro de la “über-Depresión”. Es una depresión totalmente gratuita, la peor “Eigentor” en la historia económica moderna, infligida por la austeridad.

    "La crisis del desempleo está golpeando más duro en el sur de Europa. Según Eurostat Grecia, con una economía en caída libre, tiene la mayor tasa de desempleo de la zona euro, el 26,4 por ciento en diciembre, el último mes del que se dispone de datos. Entre los jóvenes griegos, la tasa de desempleo ha llegado a un nivel asombroso, el 58,4 por ciento.

    España, cuya economía se ha contraído drásticamente después del colapso de la burbuja crediticia global, registró la segunda tasa de desempleo más alta de la zona euro en febrero, con el 26,3 por ciento. "

    La tasa de desempleo de los jóvenes de España (que incluye a los adultos jóvenes) también es superior al 50% y la tasa de Italia para el desempleo juvenil es superior al 36%. La Gran Depresión general creó una "U" en forma de curva para la incidencia del desempleo de los trabajadores por motivos de edad (los jóvenes y mayores tenían más probabilidades de estar desempleados) (Eichengreen y Hatton 1988. Cuadro 1.9, p 31). Los niveles de desempleo de los jóvenes en los países centrales de Europa durante la Gran Depresión fue mucho menor que el desempleo juvenil en Grecia, Italia y España durante el über-depresión en curso. De hecho, la actual tasa de desempleo de los jóvenes en cada una de estos países, además de Irlanda y Portugal, se reduce sustancialmente por la emigración de los jóvenes trabajadores. El viejo humor negro irlandés da una vez más en el clavo: "¿Cuál es el principal producto de exportación de Irlanda" Respuesta: "los irlandeses." Cuando los estudiantes reciben sus títulos universitarios en la periferia suelen emigrar en busca de empleo.

    Conclusión

    Cuando una nación cede su moneda soberana, pone en riesgo su soberanía. Se convierte en objeto de los ataques de los vigilantes de bonos y pueden obligarla a caer en situaciones en las que no pueda ofrecer otra oportunidad que obligar a muchos de sus mejores y más brillantes jovenes a huir del país.

    La austeridad es un peligro evidente hoy para la zona euro y la economía global. En los países centrales de la zona euro ha causado niveles de desempleo parecidos a la gran Depresión - y el desempleo esta aumentando siete años después de que las burbujas globales comenzaran a desinflarse en 2006. La periferia, sin embargo, no sufre los niveles de desempleo que los países centrales europeos sufrieron durante la Gran Depresión. La über-Depresión en curso ha infligido dramáticamente mayores niveles de desempleo - hasta cuatro veces más - que los que los historiadores económicos creen que Europa sufrio, en promedio, de1930 a 1.938. Termino repitiendo la advertencia de que los datos para la Gran Depresión son lo suficientemente imprecisos como para obligarnos a ser prudentes al utilizarlos. Lo que podemos decir es que, medida por el desempleo, la llamada Gran Recesión es a veces más grave para los países centrales que lo que fue la Gran Depresión y que es muchísimo más dramática para la periferia de lo que fue para los países centrales durante la Gran Depresión.

    Bill Black es el autor de "La mejor forma de robar un banco es poseerlo" y profesor asociado de economía y derecho en la Universidad de Missouri-Kansas City. Ha pasado varios años trabajando en políticas de regulación y prevención del fraude como Director Ejecutivo del Instituto para la prevención del fraude, Director de litigios en el Consejo de administración  del Banco federal de préstamos locales y Director delegado de la Comisión nacional para la reforma, recuperación y cumplimiento de las instituciones financieras, entre otros puestos.

    Traducción para www.sinpermiso.info: A. Hobbit

    domingo, 21 de abril de 2013

    EUROMUERTO


    EUROMUERTO

    Una muerte justa y digna para el euro.


    Por: William Pfaff *
    Traducción: Enrique Prudencio, para Zona Izquierda

    Cuando se lanzó inicialmente la propuesta de creación de una moneda europea, al que esto escribe le pareció una buena idea, con el nimio inconveniente de que no iba a funcionar. Aunque inexperto en economía (siendo un producto de la era de la aritmética), me impactó como efecto de falsa analogía con los Estados Unidos, siendo común en Europa por entonces esa comparación. Si Nueva York, Texas e Iowa podían manejarse con el dólar como única moneda, ¿por qué no iban a poder tenerla Francia, Alemania e Italia? Europa ya tenía un mercado europeo único – o estaba terminando de construirlo (el Mercado Común Europeo), sin aranceles aduaneros. ¿Por qué no una moneda única para un mercado único? Una gran mayoría de entusiastas de la unificación europea parecía pensar que lo único que se necesitaba era darle un nombre y un diseño y a continuación acuñarla. A la fértil imaginación del anterior Presidente francés Valery Giscard d´Estaing, ya se le había ocurrido un nombre en recuerdo de la época perfumada de Francia para el mecanismo que llevaría a la moneda única, el “Ecu”, que significa “European currency union” (moneda de la unión europea), y que felizmente era también el digno nombre que se le había dado durante los siglos XVII y XVIII a una serie de monedas francesas de oro y plata. Cuando llegó el momento de crear finalmente la moneda, el chauvinismo de los otros países europeos se opuso al nombre francés y la moneda fue tristemente denominada el euro (ni siquiera con mayúscula) y acuñada con diseños de puentes y viaductos sumamente aburridos. (Pero como todos los países de la eurozona tienen algún puente o viaducto, todos podrían decir que aquél del diseño era el del suyo.) La queja que yo (entre otros) planteamos desde el principio fue que los países europeos no eran estados norteamericanos. Eran entidades políticamente soberanas. Cada una tenía su economía característica, recursos, productos, mercados y sus propios déficits y superávits nacionales. Era vitalmente importante el hecho de que cada país tenía su propia moneda, y estas monedas no eran intercambiables, y además, no tenían un valor fijo y constante. Había que ir al banco si se deseaba adquirir otra divisa y pagar por ella según el tipo de cambio del día. Pero los entusiastas decían que en California no tenían que cambiar sus dólares cuando viajaban a Nevada. En Europa sería lo mismo. Llegados a este punto, los norteamericanos tenían que explicar la guerra civil norteamericana, en la que hubo más muertos que en todas las guerras libradas por este país. Y que esta guerra se libró para terminar con las reclamaciones soberanistas de los estados esclavistas del sur. El resultado fue una sola nación soberana, con una sola moneda y eventualmente con un solo prespuesto que prevaleció a nivel nacional.
    La única respuesta a esto que los interlocutores europeos pudieron dar a los norteamericanos, fue que Europa había superado ya el cupo de guerras que le correspondía. La Unión Europea intentaba poner fin a esa desafortunada práctica en Europa. Esa práctica, en los últimos tiempos, la habían ejercido principalmente los alemanes. La Francia de los Borbones, Napoleón y la Tercera República cedieron el liderazgo en el desencadenamiento de guerras devastadoras a los Hohenzollern y después a los Nazis en Alemania. Durante esos mismos tiempos aun recientes, Estados Unidos se interesó por Europa y sus guerras y como resultado adoptó un nuevo rol como potencia europea -- como “LA” potencia europea, tal como dejó claro a Europa Occidental el diplomático norteamericano Richard Holbrooke cuando era embajador de Estados Unidos en Alemania en 1990, reforzando el papel dominante que desempeñaron siempre los norteamericanos desde que dio comienzo el movimiento de unificación europea en 1951. Es un papel que está finalizando actualmente. La crisis de Wall Street en 2008 desencadenó la crisis crediticia europea que siguió inmediatamente. Esta crisis puede estar a punto de destruir la unión monetaria europea tal como existe actualmente. Mentalmente, los europeos ya están divididos entre los miembros del norte y los del sur, con Francia a caballo de las dos partes, sin éxito alguno. El euro ha producido altas tasas de desempleo, ira entre las masas y represión en Grecia, Portugal, Irlanda, España e Italia, e inminentemente en Chipre y Eslovenia. Gran Bretaña, a pesar de permanecer fuera de la eurozona, depende de ésta para el comercio exterior y se está deslizando hacia la misma crisis, con gran ayuda de las políticas de austeridad del Primer Ministro
    Cameron. Alemania, con los miembros del norte de la Eurozona que son tradicionalmente dependientes de los teutones, ha impuesto su propia política monetaria conservadora al conjunto del bloque europeo, un trago muy amargo para los países meridionales, víctimas ahora de un endeudamiento extremo. Los ciudadanos alemanes a los que la crisis ha empezado a rozar ahora, tienen el control del Banco Central Europeo y la dirección política del gobierno de la UE, que impone unas normas de austeridad despiadada a los países del sur de la UE que se quejan constantemente, y que se encuentran ahora con que esta política que les sume en la gran miseria, además no funciona. Y, lógicamente culpan de ello a los alemanes. El resultado es una oleada de hostilidad popular de los alemanes hacia sus ingratos socios europeos, que a su vez acusan a Alemania (todavía en voz baja) de que habiendo tenido bastante con haber destruido el equilibrio económico y político de Europa en dos mortíferas y destructivas guerras mundiales, se ha puesto otra vez a ello. El nuevo movimiento político “Alternativa para Alemania” ha irrumpido como reacción contra el euro y contra los socios de Alemania en la U.E. Académicos observadores de la situación comparan la fuerza política que apoya este movimiento con la erupción del Tea Party norteamericano. La Canciller Angela Merkel se enfrenta a elecciones federales en Septiembre. Sus socios de la Coalición Democrática Libre se encuentran con dificultades. Lo que signifique esto para la política interior alemana es por supuesto impredecible en estos momentos. Pero combinado con la desilusión de una cierta élite con el sistema de la eurozona y sus consecuencias económicas, el abandono alemán del euro y el retorno al marco se presenta actualmente como una posibilidad muy seria. El experimento del euro está fracasando. Se puede salvar la Unión Europea respecto de otras muchas cosas, pero la moneda única es un
    disparate. Esto es también lo que el financiero George Soros ha recomendado recientemente a los alemanes: abandonar el euro para servir sus propios intereses, al tiempo que se libera a los demás miembros del bloque para que pongan en común sus deudas mediante la emisión de eurobonos para escapar de las limitaciones impuestas por Alemania. ¿Qué pasará? Los estados que sufren el desempleo y la crisis crediticia harán lo que siempre han hecho en el pasado: devaluar sus monedas y estimular sus economías. El Keynesianismo encontraría su reivindicación.

    miércoles, 10 de abril de 2013

    El eterno retorno de Berlusconi. Y quién lo hace posible...

     

    Rossana Rossanda · · · · ·

    07/04/13

    ¿PROTAGONISTAS EN ITALIA?

    El ataque a Bersani para que no se presentase ante las Cámaras, el “plan B” con Berlusconi, que vuelve a ser protagonista, siguiendo el guión del Quirinal. Entre una izquierda subalterna y la carencia histórica en Italia de una derecha al menos formalmente democrática, nos deslizamos por una deriva mortal para nuestra frágil democracia.

    Ni Hollande ni Bersani son revolucionarios ninguno, pero no recuerdo haber asistido a una guerra más violenta que la que se libra contra ellos. Verdadera guerra de clase, tiene razón Gallino: la derecha propietaria al ataque contra todo aquel que no sea neoliberal puro. En Francia, la derrota de  Sarkozy se ha visto seguida por una ofensiva patronal durísima, cierres, despidos, deslocalizaciones que han aumentado de golpe un desempleo ya fuerte debida a la crisis: más de tres millones de parados, sin contar otros dos millones de personas que se ven forzadas a trabajillos sin continuidad ni derechos. La gente común, cuyo poder adquisitivo se va diezmando mes a mes, reprochará con mayor aspereza todavía al gobierno socialista no haber mantenido sus promesas. En resumen, fuego a discreción a derecha e izquierda.

    En Italia, Pier Luigi Bersani ha sido objeto de una destrucción sistemática por parte del Quirinal [residencia del presidente de la República] y de la prensa, por haberse atrevido a proponer que se  verificase en las Cámaras una propuesta de programa, desde luego modesta, pero con la esperanza no infundada de obtener algún voto del ejército de diputados grillinos, que son una “armata Brancaleone” [1] sin programa, entre los cuales se podía encontrar una docena de votos, como se ha encontrado para la presidencia del Senado. El Quirinal no se lo ha permitido, como si fuésemos ya una república presidencial. Bersani no ha aceptado, pero ni siquiera se ha rebelado contra la voluntad del jefe del Estado. Así va avanzando el llamado “plan B”, que apunta a reintroducir en el gobierno a un Berlusconi más descarado que nunca: “quiero esto, quiero aquello” inoxidable, persuadido de poder proponer para el gobierno una mayoría de la que sería parte fundamental y para el Quirinal un hombre suyo (“Letta [2] o, por qué no, yo mismo”).

    No sé cuánto habría durado un gobierno como el propuesto por Bersani, aunque se le hubiera permitido sacárselo a las Cámaras, pero lo que es seguro es que el sentido de la prohibición presidencial estriba en reabrir el camino a una unidad nacional de la que Berlusconi debe ser una parte determinante. De algún modo, el hecho de que Napolitano le haya recibido en el Quirinal después de que el Cavaliere hubiera vomitado sus insolencias dos días antes en Piazza del Popolo, le ha legitimado, políticamente hablando. Y en toda Italia parece haberse exhalado un suspiro de alivio, basta de descalificaciones, quien propone y decide es el voto popular, tesis que en el siglo XX ha dado el poder a las dictaduras fascistas. ¿Por qué Italia no ha querido en absoluto a Bersani? No desde luego, repito, porque tuviera un programa subversivo ni extremista, siquiera antieuropeo, sino bastante vagamente reformista, porque tenía relaciones con Vendola y la FIOM [sindicato del Metal], porque había permitido que en su partido anidaran peligrosos sujetos como Orfini y Fassina [3]. Esto había que bloquearlo. 

    Ha llegado el momento de dejar de preguntarse cómo es que Berlusconi vuelve a reaparecer en la escena política. Hace falta reconocer que cuando parece del todo abatido, hay siempre una mano a derecha o izquierda que lo saca del pantano en el que se encuentra. Hace falta que nos preguntemos por qué por quinta vez este escenario se repite y si no hay en el país un defecto bastante profundo que permite esa inclinación. Parece evidente la responsabilidad de una izquierda – concretamente del PCI, que había sido en la postguerra la más relevante e interesante de todo Occidente – por no haber examinado las razones del derrumbe del 89, cuando los hijos de Berlinguer se han convertido de golpe a Fukuyama (“la Historia ha terminado”) con la misma impermeabilidad que habían opuesto a quien, hasta un mes antes, había suscitado alguna crítica al sistema soviético.

    Pero, una vez admitida esta debilidad de la izquierda y de los comunistas en particular, es imposible no preguntarse porque Italia parece incapaz, ya históricamente, de dotarse de una derecha al menos democrática, no al borde de la imputación en nombre del código penal. Y esta es una maldición que nos persigue desde la unificación del país y no parece desde luego que los diez “sabios” propuestos desde la Colina [del Quirinal] estén en situación de enfrentarse a sus razones y extirpar las raíces. Derecha e izquierda parecen enfermas en su mismo fundamento cultural y moral; la razón de fondo por la que nos encontramos en la feísima situación de hoy está, evidentemente, aquí; hasta que no se haga seriamente este diagnóstico, no saldremos, ni siquiera cuando no faltan, como hoy, razonables propuestas para bloquear una deriva que parece mortal para nuestra joven y frágil democracia.

    NOTAS T.: [1] L´Armata Brancaleone es el título de una legendaria comedia cinematográfica italiana de 1966, dirigida por Mario Monicelli. La expresión se utiliza como en español “el ejército de Pancho Villa” para referirse a una agrupación irregular, caótica o pintoresca. [2] Enrico Letta (1935), uno de los hombres de confianza de Berlusconi, fue candidato de la derecha a la presidencia de la República en la elección de 2006 en la que las Cámaras escogieron a Giorgio Napolitano. [3] Matteo Orfini (1974) y Stefano Fassina (1966), ambos diputados, pertenecen a los llamados “Jóvenes Turcos”, una de las corrientes de izquierda del Partido Democrático. Orfini es responsable de Cultura e Información; Fassina, de Economía y Trabajo.

    Rossana Rossanda es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso.

    sábado, 6 de abril de 2013

    ¿ADIOS A LA DEMOCRACIA EN EUROPA?

     

     

    viernes, 5 de abril de 2013

    ¿ADIOS A LA DEMOCRACIA EN EUROPA?


    La "Justicia Europea"en Luxemburgo




    Ha quedado finalmente muy claro que los estados democráticos del mundo capitalista no tienen un soberano, sino dos: abajo, el pueblo, y por encima los «mercados» internacionales
    Wolfgang Streeck[1]
    El pasado mes de octubre se concedió el Premio Nobel de la Paz a la Unión Europea por su contribución a la defensa de la paz, los derechos humanos y la democracia tanto en el Viejo Continente como en el resto del mundo. Que el galardón fuera recibido por quien ejerció de anfitrión de la Cumbre de las Azores -desde la que se impulsó una guerra contra el pueblo de Irak por una coalición internacional de países sin el respaldo de la ONU- no deja de ser una de esas ironías a la que nos tiene acostumbrados la historia. En la práctica, la política exterior y de seguridad europea ha venido marcada por la dificultad para alcanzar posiciones comunes y coherentes. No obstante, si algo subyace a la errática y dividida política exterior europea es, como ha señalado acertadamente Rafael Poch, su vocación belicista e imperial: «Y cada vez lo es más. Incluso el eje franco-alemán que mantuvo la divergencia con Bush colaboró a nivel de logística, servicios secretos y general complicidad con el complejo Guantánamo (torturas, vuelos y cárceles ilegales) en Irak y en la llamada “guerra contra el terror”. Esta Europa participa en la guerra de Afganistán y ha  propiciado la intervención en Libia. Esta Europa profundiza la guerra civil en Siria y apoya su cálculo geopolítico, que tiene detrás a Irán y al control del suministro energético de un gran país emergente, China. El apoyo a Israel forma parte de esa serie, pero es particularmente ejemplar».[2]
    No deja de ser paradójico también que en el momento en el que la violencia contra los trabajadores y trabajadoras del continente europeo es mayor y se degradan a ojos vistas las condiciones de vida de buena parte de la población en países como Grecia, España, Portugal o Italia, se reconozca a las instituciones comunitarias su contribución a la defensa de los derechos humanos y la democracia. Es posible que aún no tengamos clara la noción de lo que es un “crimen económico”, y cuales los mecanismos para investigarlos y perseguirlos, pero es urgente –como defienden Lourdes Benería y Carmen Sarasúa- que esta noción «se incorpore al discurso ciudadano y se entienda su importancia para construir la democracia económica y política. Como mínimo nos hará ver la necesidad de regular los mercados para que, como dice Polanyi, estén al servicio de la sociedad, y no viceversa».[3] No parece que las políticas comunitarias estén orientadas hacia esta necesidad. Al contrario, diseñadas bajo la obsesión de someter a los pueblos a la disciplina de los mercados, renuncian con ello a conciliar capitalismo con democracia. Cuando un porcentaje significativo de los miembros de una sociedad pierde la vivienda y el empleo, no sólo se está asistiendo a un drama personal y familiar incalculable, se está comprometiendo también el futuro del conjunto de la ciudadanía al desmontarse las redes de seguridad material que sostienen la libertad y, por ende, la democracia. Sin seguridad material no hay libertad política ni tampoco democracia, sólo amenazas y riesgos de regímenes e ideologías totalitarias.
    La crisis en la zona del euro ha dejado firmemente claro hacia donde nos puede conducir la combinación de globalización, financiarización e integración europea al compás de la batuta neoliberal: a la renuncia de la democracia. En el capitalismo la democracia sólo tiene un carácter instrumental, no representa un valor en sí mismo. En el campo de la racionalidad instrumental, todas las cosas tienen un coste y el criterio con el que se evalúa no es otro que el de la eficiencia: si la democracia es concebida como un coste y existen otras herramientas más eficientes para favorecer la acumulación de capital, el corolario es que la democracia deja de ser relevante a los ojos del capitalismo.[4]
    Una construcción elitista de Europa…
    La integración europea no ha estado nunca animada por un espíritu democrático. Más bien al contrario. Las elites y lobbies presentes en las esferas comunitarias han marcado el ritmo y el carácter de la integración. Bajo la apariencia de una solución técnica, el proyecto europeo ha sido progresivamente despojado de su carácter político. No se han cultivado las condiciones que permiten, no sólo la democracia, sino la existencia de la política misma: un espacio público con agentes sociales, partidos y canales de representación, deliberación y decisión que permitan el florecimiento de una ciudadanía genuinamente europea. Las instituciones comunitarias tienen un sesgo tecnoligárquico y el Parlamento Europeo, único organismo elegido por sufragio universal, no tiene competencia para legislar sino sólo para reformular y vetar las iniciativas elaboradas por la Comisión y aprobadas por el Consejo Europeo. [5]
    … impulsada por un espíritu neoliberal
    Los tratados que han promovido los procesos hacia la unidad de mercado (Acta Única) y la moneda común (Tratado de Maastricht) inocularon el neoliberalismo en el proyecto europeo. De esta manera el carácter social que definía el modelo de desarrollo fordista de la Europa continental de la segunda postguerra empezó a diluirse al mismo ritmo con el que se avanzaba en la Unión Económica y Monetaria.
    El neoliberalismo ha contribuido a un proceso de desorganización del Estado democrático que, aunque omnipresente en otras geografías, en Europa se ha visto acentuado como consecuencia de la particular integración económica llevada a cabo. Ésta ha propiciado que muchas prerrogativas soberanas fueran transferidas de los Estados nacionales a las instituciones comunitarias sin el debido control democrático. Que se hable mucho de gobernanza económica europea, pero nunca de gobierno democrático, es algo que se agradece porque se ajusta plenamente a la verdad. No hay gobierno ni democracia política en el ámbito comunitario sencillamente porque no hay un Estado europeo. La democracia presupone la existencia de un Estado, y la ausencia de éste imposibilita la presencia de aquella.
    La servidumbre a los «mercados»
    La independencia de los bancos centrales evita –según el dogma neoliberal- que los gobiernos recurran a ellos para financiar sus déficits. Esta restricción, unida a la cláusula de no salvamento (no bail-out), que prohíbe la asistencia entre países que han decidido compartir moneda, ha provocado que a los Estados nos les quede más alternativa para obtener fondos que acudir en solitario al sector financiero. Ambas prohibiciones, consagradas en el Tratado de Maastricht, se han justificado en la encomiable capacidad de los mercados para reconducir por el recto camino a los gobiernos proclives a dilapidar sin miramientos. Una vez que la crisis pone de manifiesto que los mercados financieros no son eficientes ni racionales, y que por consiguiente es una aberración confiarles la tutela de la política económica de los Estados, la verdad se empieza a imponer con crudeza: de lo que realmente se trataba era de disciplinar a los pueblos, poniendo así en crisis tanto la soberanía estatal como la democracia.[6]
    Fallas estructurales
    El diseño de unión monetaria emanado de Maastricht, así como los «criterios de convergencia nominal» (para entrar en el euro) y el «Pacto de Estabilidad» (para permanecer en él), han creado una nueva zona monetaria hegemonizada por Alemania. Al frente de la moneda, un BCE que no responde ante los ciudadanos ni ante los gobiernos y que se plantea como único objetivo la estabilidad de los precios.
    Es posible que en la decisión de lanzar la moneda única haya pesado, más de lo que se piensa, el proceso de reunificación alemán. Después de todo, el euro se presentó como un «compromiso político que permitía a los franceses aceptar la reunificación, ya que reafirmaba la profunda inserción de Alemania dentro de Europa».[7] En cualquier caso, la reunificación alemana acentuó la heterogeneidad estructural de los países de la eurozona. Los costes de la reunificación fueron más indigestos de lo esperado y detuvieron el crecimiento de la economía germana. Para reactivar la economía, el capital alemán (con la connivencia del socialdemócrata Schroeder) aplicó una represión salarial brutal. Esta se llevó a cabo mediante la reestructuración del potente tejido productivo alemán. La externalización de muchos procesos y secuencias productivas a Europa Central y del Este, y la amenaza permanente de la deslocalización industrial, hicieron descender los costes laborales. Las industrias de exportación alemanas se hacían cada vez más competitivas enseñoreándose de los mercados.
    Los países de la periferia europea, a su vez, gozaban en esa época de unas facilidades de acceso al crédito completamente desconocidas en las etapas anteriores a la constitución del euro. La munificencia crediticia servía para compensar la escasez de unos fondos estructurales y de cohesión con los que afrontar con seriedad el objetivo de la convergencia real entre los distintos países. “Abundancia privada, miseria pública” que también se da en el ámbito financiero y que ofrece a los bancos negocios rentables y a las industrias exportadoras del Norte la oportunidad de aprovechar las capacidades adquisitivas de países como Portugal, España, Italia o Grecia. Mientras la periferia celebraba febril la afluencia de capital barato, inflando unas burbujas tras las que se escondían desequilibrios macroeconómicos evidentes y diferencias estructurales profundas, las bases sociales, políticas y ecológicas de sus economías locales se desmoronaban por momentos. Europa era conducida a la fractura social.
    Es posible que la crisis en Europa tenga que ver también con la crisis de la idea de Europa. En realidad, el viejo continente se encuentra atrapado entre dos crisis: una interna, relacionada con las fallas estructurales y la supervivencia del euro, y otra externa, que tiene que ver con su pérdida de influencia como resultado de la globalización y la emergencia de un mundo post-europeo. Lo peor que le puede ocurrir a Europa en medio de ellas es olvidar el sueño de paz que motivó el proyecto de integración europeo y abandonar los valores ilustrados que hicieron posible la emergencia de la razón democrática en el mundo moderno.
    Santiago Álvarez Cantalapiedra