lunes, 3 de junio de 2013

UN AVISO DESDE ITALIA

 

El no voto y los acuerdos amplios

Rossana Rossanda · · · · ·

02/06/13

PALACIO DEL QUIRINAL, ROMA

La chapuza y las polémicas de estos días sobre la reforma de la ley electoral son el tornasol de esa escasa credibilidad de la política que está en la raíz del abstencionismo en ascenso. Y es posible que la próxima vez no vayan a votar ni siquiera aquellos que fueron en las últimas elecciones.

Toda la Italia respetable se ha escandalizado a causa de la vastedad del abstencionismo [en las elecciones municipales del 26 y 27 de mayo]: en Roma ha votado un elector de cada dos, en el conjunto del país, menos de dos de cada tres. Hay quien grita por la crisis de la democracia, pero está quien, como la abajo firmante, considera este abstencionismo triste, pero del todo comprensible, hasta signo de normalidad.

Veamos. Al formar el gobierno de acuerdos amplios, el primer ministro Enrico Letta había declarado que de todos modos hacía falta prever un ardid de modificación de la ley electoral conocida como "porcellum" para que en caso de infarto de los acuerdos amplios se pudiera ir a las elecciones con un sistema no tan indecente. Parecía por lo tanto evidente que el parlamento se pusiera enseguida a ello, incluso lo primero de todo. Anna Finocchiaro [1] , diligente, ha vuelto a presentar la fórmula ya avanzada en el pasado que parece la más sencilla: un retorno al sistema electoral precedente, el Mattarellum [2].  Salvo que Silvio Berlusconi ha hecho saber que si se reforma la ley electoral antes que toda la ordenación institucional, hace caer al gobierno: esta es su concepción de los acuerdos amplios, tan queridos por Giorgio Napolitano. Rápidamente el gobierno, y dentro de él el PD, retira la propuesta y aceptará una supercomisión que trabaje al menos 18 meses para reformar, no se sabe dentro de qué límites, la Constitución de la República en su parte segunda (la primera ya ha quedado bien superada en los hechos). Un diputado del PD, Roberto Giachetti [3] , vicepresidente de la Cámara, no se conforma y vuelve a presentar un proyecto de ley que regresa, grosso modo, al Mattarellum. Truenos y relámpagos. La misma Finocchiaro lo considera un acto de prepotencia poco menos que subversiva. Ayer la Cámara vota contra el diputado, no sin dividirse. División que pasa manifiestamente por el interior del Partito Democratico.

¿Por qué tendría el elector normal que haber entendido algo de esta desvergonzada chapuza? Y si ha comprendido el meollo de la cuestión, es decir, que por acuerdos amplios se entiende "lo que admite Berlusconi", ¿por qué tendrían que aceptarlo todos los italianos? No se trata de un compromiso sino de un sistema de chantaje en manos del Cavaliere.

Si el gobierno y el Quirinal no comprenden que es imposible tomarles el pelo de este modo a los ciudadanos, quiere decir que están bien lejos no sólo del sentido común de la política sino del buen sentido y la limpieza de gestión de la llamada gobernabilidad. La proxima vez puede suceder que no vayan a votar ni siquiera los que han ido esta vez.

viernes, 31 de mayo de 2013

La quinta Alemania

Un modelo hacia el fracaso europeo

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EDITORIAL ICARIA – BARCELONA

Rafael Poch

 

En la historia de la Europa contemporánea ha habido cinco Alemanias. La primera es la fragmentada y preindustrial Alemania anterior al siglo XIX, un mosaico multinacional que sobrevivió hasta Napoleón reivindicando una legitimidad imperial romana sin llegar nunca a ser verdadero Estado. La segunda aparece con la unificación bismarckiana posterior a la guerra franco-prusiana y se extiende bajo batuta prusiana hasta más allá de la Primera Guerra Mundial, con su crítico apéndice republicano de Weimar. La tercera Alemania fue la de Hitler y Auschwitz, un régimen de doce años particularmente trágico y nefasto que concluye con el fin de la Segunda Guerra Mundial. La cuarta es la Alemania doble de posguerra, tutelada por las potencias de la guerra fría; una mezcla de capitalismo y democracia en el Oeste, la RFA, y una mezcla de socialismo y dictadura en el Este, la RDA.

Todas estas Alemanias tuvieron algunos breves y fallidos contrapuntos emancipadores, desde las revoluciones de 1848 y 1918, hasta los movimientos de 1968 en la RFA y de 1989 en la RDA, pero, en general, el papel de este país en la historia europea se ha caracterizado por su condición de vanguardia continental de la contrarrevolución restauradora, la reacción absolutista y un agresivo belicismo.

Desde ese pasado, la quinta Alemania arranca de la reunificación nacional de 1990, a partir de la anexión de la RDA por la RFA,  pero es ahora, con la eurocrisis, cuando comienza a manifestarse, haciendo un uso pleno y normalizado de su recuperada soberanía y potencia. La principal novedad que esta quinta Alemania aporta respecto a la anterior tiene dos aspectos.

El primero es el de su regreso, paulatino pero decidido, a un intervencionismo militar en el mundo que comenzó en los mismos años noventa en los Balcanes y que hoy ya abarca desde Afganistán a África. En ese ámbito Berlín aún está por detrás de otras grandes naciones europeas, pero ya ha invalidado definitivamente el Nie wieder Krieg (Guerra, nunca más) del canciller Willy Brandt, la posibilidad de ser una gran Suiza europea y el antiimperialismo, al que tanto apego tuvieron los alemanes de la RFA y de la RDA, respectivamente, desde la posguerra hasta los años ochenta del siglo XX. Hoy, con el pasivo desagrado de sus ciudadanos, el establishment alemán justifica sumarse militarmente al dominio imperial de occidente en el mundo, apelando abiertamente a la necesidad y legitimidad de acceder a recursos energéticos y materias primas globales. Esa es una novedad muy significativa.

El otro es un liderazgo europeo, dogmático, egoísta y arrogante, para imponer el programa de involución neoliberal impulsado desde los años setenta desde el mundo anglosajón y que la crisis financiera de 2008 ha convertido en rodillo. Al día de hoy este liderazgo apunta a profundizar la desigualdad, social y entre países. Su prioridad es el cobro íntegro de todas las deudas bancarias generadas por los malos negocios  del sector financiero internacional a costa del sufrimiento de las clases medias y bajas europeas. Ese esquema conduce directo hacia una ruptura desintegradora del proyecto europeo. Dicho proyecto, del que la Unión Europea es resultado, fue formulado a partir de los años cincuenta del siglo XX como alternativa a la desastrosa y agresiva Europa guerrera que en los últimos siglos enfrentó crónicamente a unas naciones contra otras y solo por eso ya debe ser considerado útil y valioso.

El rechazo a estas dos grandes novedades de esta quinta Alemania es lo que marca en el país la diferencia entre izquierda y derecha. Las fuerzas y corrientes políticas minoritarias que en la Alemania de hoy rechazan el regreso al intervencionismo militar y el neoliberalismo que profundiza la desigualdad, encoge la democracia y amplía el privilegio de una minoría, son inmediatamente expulsadas del sentido común por el establishment alemán y declaradas “irresponsables” e “incapacitadas para gobernar” (regierungsunfähig).

Más que un sistema de partidos de izquierdas y derechas, conservadores o liberales, el sistema político alemán es un conglomerado que engloba a toda esa variedad en una disciplina superior y común de defensa del capitalismo. Esa esfera compacta, condena y expulsa a la marginalidad a quienes la ponen en cuestión y es ejemplo de la degeneración absolutista y oligárquica  a la que conduce la mezcla de democracia y capitalismo en los países más ricos del mundo a principios del siglo XXI.

Ninguna fuerza política llegará al poder en Alemania sin haber previamente sintonizado con el programa general del establishment. La evolución de las fuerzas políticas con intenciones de cambio, desde los socialdemócratas en su día hasta los verdes hace mucho menos, y quien sabe si Die Linke en el futuro, es una trayectoria de adaptación al sentido común del establishment. Lejos de ser un rasgo exclusivo del sistema alemán, lo que destaca en Alemania de ese fenómeno general es su estabilidad: ese conglomerado de poderes fácticos de grandes consorcios empresariales y financieros, lobbys industriales, con sus sólidos anclajes políticos y mediáticos, está particularmente organizado y bien articulado en el país.

Elemento central de esa estabilidad es la cultura nacional de la obediencia debida a la autoridad, un particular culto al Estado, concebido como una institución neutral, superior y abstracta, y una predisposición al acatamiento automático de las jerarquías. A ello se suma una tradición de consenso e integración, enemiga del conflicto y del desorden como vías legítimas de resolución del choque de intereses. El contraste de esta cultura política, la tradición del Untertan, del súbdito razonable del orden absolutista descrito en la célebre novela de Heinrich Mann, con la tradición francesa y republicana del rebelde citoyen, ha inspirado todo tipo de reflexiones que hoy continúan siendo actuales para todo el continente.

Este libro presenta unos brochazos de esta quinta Alemania en un momento en el que Europa mira hacia Berlín con cada vez más prevención y desconfianza. “Un país que vuelve a dar miedo”, como señalaba el titular de un semanario germano. La involución neoliberal que Alemania encabeza y los delirios de hegemonía europea que proyecta el subidón nacional de la quinta Alemania, está incrementando la germanofobia y el antieuropeísmo, particularmente en la Europa del Sur, cuya población era hasta hace poco muy favorable al europeismo –y no solo por la lluvia de millones recibidos de los fondos de cohesión.

Si dos anteriores Alemanias desembocaron en grandes guerras, la quinta Alemania apunta claramente hacia la desintegración europea.

Los autores no quieren contribuir a ninguna fobia nacional ni tampoco a una reacción antieuropeísta que no proponga refundación ciudadana del proyecto. Lo que pretenden es informar sobre el lamentable papel que el establishment alemán, que forma parte de un orden mundial multinacional, está desempeñando en la actual crisis europea, en el bien entendido de que ese orden también vulnera los intereses de la mayoría social en Alemania.

Las primeras víctimas de la involución llevada a cabo por la elite empresarial y política alemana fueron los propios alemanes. En los últimos veinticinco años, la actual República Federal ha sufrido una transformación radical. Más desigualdad en un país que era relativamente nivelado para criterios europeos, estancamiento salarial, generalización de la precariedad socio-laboral en un país en el que la seguridad del puesto de trabajo era considerable, avance de la pobreza y de la desolidarización, recorte de un sistema de garantías sociales que en su día fue sólido y ancho, rebaja de impuestos a los ricos y mayor apertura al negocio privado en el ámbito de la sanidad y las pensiones. Según las últimas encuestas del conservador Instituto Allensbach de demoscopia, los alemanes son perfectamente conscientes de ello: un 70% constata una inflexión en justicia social, particularmente en la distribución de la riqueza, y considera que las cosas han empeorado en los últimos años. Ese cambio brutal se ha inducido gradualmente en las dos últimas décadas, y es presentado mediáticamente como un éxito e incluso como una especie de segundo milagro económico al lado del de la posguerra, en contradicción con la experiencia de la mayoría de los ciudadanos. Eso es en gran parte posible porque, observada en el contexto de crisis europeo, especialmente comparada con los países del sur que han sufrido la misma medicina en dosis mayores y en plazos mucho más breves con consecuencias aún más brutales, la situación socio-laboral alemana es mucho mejor. Esa circunstancia atrae hacia Alemania a no pocos jóvenes, y no tan jóvenes, españoles sin futuro laboral en su país. Frecuentemente llegan al país muy mal informados sobre lo que les espera ahí.

Toda propaganda debe incluir algún anclaje con la realidad para ser eficaz y ese es el caso de la relativa e incierta salud de Alemania en la crisis. Relativa porque siendo cierta para los beneficios empresariales, no lo es para la mayoría de asalariados que, sin embargo pueden consolarse comparando su situación con la mucho peor que rige en otros países. Incierta porque se basa en una estrategia exportadora que en los últimos veinte años ha acentuado su dependencia de la coyuntura global hasta hacerla extrema. Esa dependencia es inquietante porque en caso de enfriamiento o colapso puede hundir todo el edificio alemán con gran facilidad. A diferencia de China, que dispone de un gran mercado interno y es consciente de los problemas de esa excesiva dependencia, Alemania no parece preocupada por ello.

viernes, 24 de mayo de 2013

Los creyentes

 

La Capilla Palatina de Aquisgrán

LA CAPITAL DE CARLOMAGNO, ¿EUROPA?

Anne-Cecile Robert

Le Monde diplomatique

Traducido del francés para Rebelión por Caty R.

«Europa es nuestro futuro común», proclamaron solemnemente los 27 jefes de Estado y de gobierno de la Unión con ocasión del cincuentenario del Tratado de Roma, el 23 de marzo de 2007. Y añadieron: «La unificación europea nos ha traído la paz y la prosperidad (…) gracias al deseo de libertad de los hombres y las mujeres de la Europa central y oriental hemos podido acabar definitivamente con la división artificial de Europa». Esas declaraciones señalan la dimensión histórica del proyecto europeo edificado sobre las ruinas todavía humeantes de la Segunda Guerra Mundial, pero sobre todo ponen de manifiesto la mitología que le rodea y su corolario, una cierta negación de la realidad.

¿La paz? Cedamos la palabra al antiguo diputado y siempre muy europeo Jean-Louis Bourlanges: «No es Europa la que ha hecho la paz, sino la paz la que ha hecho a Europa». Aunque selló la reconciliación franco-alemana, en efecto, la construcción comunitaria se inscribe en el bloque atlántico y su desarrollo es inseparable de la Guerra Fría. Todos los «padres fundadores» (Jean Monet, Paul-Henri Spaak, Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi, etc.) eran atlantistas, incluso alineados con las políticas estadounidenses.

¿La prosperidad? ¿Cómo pronunciar fríamente esa palabra en el momento en que la miseria se expande lentamente por todo el territorio de la Unión?

En cuanto a la «división artificial» del continente, obviamente se refiere a la Guerra Fría y al telón de acero que cortó en dos a Europa e incluso a familias enteras. Da a entender que habría existido una «unidad» perdida que había que recuperar. Pero la Unión Europea de los 27 –si contamos a Croacia 28- no corresponde a ninguna realidad histórica. El imperio de Carlomagno, citado a menudo como referencia, solo llegaba a los Estados bálticos y no a Escandinavia. Europea cuando se trata del Consejo Europeo o del concurso de Eurovisión, a Turquía le niegan esta pertenencia cuando pide su adhesión a la Unión… ¿Cómo pensar en la unidad de una entidad, sin precedentes históricos, cuyas fronteras se someten a debates y se vuelven a definir periódicamente debido a las nuevas adhesiones?

«Hay que hacer Europa por la espada», sugería el periodista francés Jean Quatremer en 2008 cuando un conflicto enfrentaba a Rusia y Georgia. «La guerra o la posibilidad de una guerra permitiría a la Unión afirmarse según los mismos mecanismos que permitieron la construcción de Estados Unidos. Así pasaríamos de “la Europa por la paz a “la Europa por la espada”» (1).

También el profesor neoyorkino Thomas J. Sargent, llamando en su auxilio a los siglos pasados, encuentra su inspiración –como muchos federalistas- en la historia de Estados Unidos. «¿Se pueden seguir perdiendo oportunidades durante mucho tiempo todavía? ¿No convendría llevar a cabo una auténtica revolución institucional, a la manera de la que emprendieron entre 1788 y 1790 los creadores de la Constitución de los Estados Unidos de América enfrentados a una crisis aguda de las deudas públicas de la Confederación y de los Estados Confederados?» (2).

Estas reflexiones dan a entender que se podría «forzar» el sentimiento nacional. Sin embargo parece que es al contrario: es la convicción más o menos fuerte de compartir un destino la que conforma la realidad. ¿Las 13 colonias inglesas de América habrían acabado construyendo un Estado si no las hubiese unido la lucha contra el colonizador fiscal en la defensa de intereses comunes? Además el hecho de compartir la lengua y la religión creó un espacio político entre las poblaciones insurgentes. Lo que obviamente está muy lejos del caso de la Unión Europea. Ninguna audacia institucional puede reemplazar el deseo de vivir juntos.

¿Entonces la construcción europea, tal como la conocemos, no tiene ningún sentido? Sería exagerado después de 60 años de trabajo compartido. Sin embargo desde ciertos puntos de vista refleja más un sentido de la fe que de la razón. Sus defensores «creen» a pesar de las dudas destiladas diariamente por una realidad cruel, a pesar del resentimiento cada vez más evidente de los pueblos que no quieren oír hablar de una Unión que solo da malas noticias. Porque a menudo es en nombre de lo que podría ser la integración comunitaria, y raramente en nombre de lo que es, por lo que la promueven sus dirigentes. Cualquier tratado, aunque sea malo, se debe adoptar con el pretexto de que hará «avanzar a Europa». ¿Y en definitiva no es «la fe» la que justifica un autoritarismo cada vez más abierto que vuelve la espalda a los valores democráticos que presuntamente debe defender la Unión?

miércoles, 22 de mayo de 2013

El abandono del euro deja de ser tabú y gana posiciones en Alemania

 
Tras los euroescépticos de derecha, la izquierda sopesa la salida de la moneda | "El euro se creó para mejorar la vida de la gente, no para llevarla a la ruina", dice el exministro Lafontaine

Oskar Lafontaine

RAFAEL POCH

Berlín    19/05/2013

A derecha e izquierda, el euro todavía es una vaca sagrada en Europa. "Si fracasa el euro, fracasa Europa", dice Merkel, formulando un consenso general. Hasta ahora sólo había euroescépticos políticamente organizados en la derecha conservadora, por ejemplo en el nuevo partido alemán, Alternativa por Alemania (Alternative für Deutschland), que de momento sólo tiene un 2% de intención de voto, pero las cosas están cambiando significativamente. La izquierda está comenzando a plantearse el euro, así como el dogma de que su abandono sólo puede conducir a una catástrofe apocalíptica.
La idea fundamental la ha lanzado Oskar Lafontaine, peso pesado socialdemócrata, exministro de Finanzas y seguramente el político alemán más creativo e innovador: Europa es más importante que el euro, dice. "La moneda única se creó para mejorar la vida de la gente, no para llevarla a la ruina". Hace tiempo que los políticos europeos no saben hacia dónde ir. La miseria que crea la austeridad alemana está llegando a Francia, así que la creación de una coalición europea contra Alemania es únicamente una cuestión de tiempo. En ese contexto, hay que plantearse la posibilidad de abandonar el euro.
El argumento básico parte de la opinión del economista conservador Hans-Werner Sinn, que dice que para poder regresar a un nivel de competitividad equilibrado en el interior de la eurozona, países como Grecia, Portugal o España deben acometer una devaluación interna de entre el 20% y el 30%, mientras que Alemania debe encarecerse un 20%.
Ambas cosas son imposibles, dice Lafontaine. Lo primero llevaría a esos países a la ruina. Lo segundo supondría una drástica subida salarial en Alemania, algo que las organizaciones patronales no consentirán y que los partidos políticos, desde los conservadores de la CDU/CSU, hasta los socialdemócratas (SPD) y verdes, pasando por los liberales (FDP), no tienen la menor intención de apoyar. Así que lo único que queda es organizar una "salida ordenada del euro".
Dos economistas de renombre, Heiner Flassbeck, que fue precisamente secretario de Estado con Lafontaine, y Costas Lapavitsas, de la Universidad de Londres, han explicado en un documento presentado el viernes por la Fundación Rosa Luxemburgo, lo que significa "salida ordenada del euro". Se trata de crear "un sistema monetario flexible pero coordinado" que sea capaz de lidiar con los desequilibrios internos de la Unión Europea.
"Dada la manifiesta incapacidad de las instituciones europeas para administrar correctamente la unión monetaria, hay que admitir que esta era un objetivo demasiado ambicioso", así que hay que "retirarse para poder avanzar de nuevo".
Algunos países deben plantearse salir del euro, pero no de la UE, puntualizan. Para que eso no signifique la catástrofe por todos pregonada, es necesario organizar dos cosas: "imponer estrictos controles administrativos a los bancos" y "controlar los flujos de capital", de tal forma que la salida de un país del euro no signifique su descapitalización.
Esta salida tiene riesgos, reconocen, pero también los tiene la situación actual que conduce al desastre, mientras que los planteamientos de socialización de la deuda vía eurobonos no parecen realizables.
La diferencia de este planteamiento con el de la derecha es que, por ejemplo, los euroescépticos de Alternativa por Alemania (AfD) simplemente quieren desembarazarse del euro. Su programa aboga por reintroducir el marco, aunque el presidente de AfD, Bernd Lucke, ha dicho este fin de semana que quienes deberían abandonar el euro son los países del sur de Europa. Lucke habla de "introducir una moneda paralela al euro" y admite una quita de la deuda en países como Grecia y "quizá" Portugal, mientras que desde la izquierda se quieren introducir controles a la circulación de capitales para proteger a las economías débiles. Ambos planteamientos coinciden en dejar de considerar la salida del euro como un tabú.
El mensaje no ha sentado bien ni siquiera en el partido de Lafontaine, Die Linke, y el resto de la izquierda europea, con la excepción de Chipre, desde Grecia hasta Portugal, pasando por Italia y España, abraza el euro.
Pese a la sombra del dominio alemán de Europa, la realidad es que Alemania está aislada y es cada vez más maldecida por doquier, explica el analista Jens Berger. Berlín ha tirado por la borda gran parte del capital de prestigio. En Europa ya sólo tiene a Finlandia, y a Austria a medias, como aliados. Los cruces de reproches con Bruselas son semanales. "Ningún miembro de la UE quiere ser dependiente de un solo país, Alemania", dicen Flassbeck y Lapavitsas. ¿Y fuera de Europa?: la oposición al curso alemán tiene aliados en Estados Unidos y Japón, que con una atrevida política expansiva, que está en las antípodas de la de Berlín, ya presentan buenas perspectivas

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lunes, 13 de mayo de 2013

Dos ministros británicos plantean la salida de su país de la UE

 

            

          Michel Gove                                                    Philip Hammond

 

Por la mañana fue el titular de Educación, Michael Gove, un hombre de la máxima confianza del primer ministro David Cameron. Por la tarde, el de Defensa, Philip Hammond. Los dos declararon en público que votarían por la salida de Reino Unido de la Unión Europea si hubiera un referéndum. Aunque los dos dejaron claro que antes de esa consulta hay que dar oportunidad a la negociación con la UE que defiende el primer ministro, que ha prometido esa consulta para 2017, sus declaraciones son una constatación de que el creciente éxito electoral del UKIP no solo ha dividido a los tories sino que ha llevado esa división al interior del Gabinete.

Cameron afronta el miércoles en los Comunes una rebelión de una cincuentena de sus diputados que han presentado una enmienda al programa legislativo anual presentado esta misma semana, exigiendo que el Gobierno apruebe ahora una ley sobre el referéndum. Gove ya ha dicho que se abstendrá, una opción permitida por el primer ministro a los miembros del Gabinete.

Lo que parecía una quimera, la marcha británica de la UE, cada día parece más real. Gracias al UKIP y su líder, Nigel Farage, que se ha situado en el epicentro de Westminster sin tener ni un diputado en los Comunes. El secreto de su éxito ha sido ligar el desencanto europeo con el miedo a la inmigración y aderezarlo todo con mucho populismo. Eso le ha dado uno de cuatro votos en las municipales del 2 de mayo y ha llevado el pánico al Partido Conservador.

El mensaje del UKIP ha calado con especial fuerza en el condado de Kent, en el sudeste de Inglaterra, donde ha pasado de tener un concejal a tener 17. Mo Elenor, de edad inconfesable y presidenta del UKIP en Kent, ve la mano de Bruselas detrás de casi todos los males británicos y es una ardiente partidaria de abandonar la UE. Está en el UKIP “porque quiero que me devuelvan mi país”, proclama. “El 85% de las leyes con las que tenemos que vivir están hechas por la UE”, se queja. Antigua votante tory, empezó a alejarse del partido hace ya años, sobre todo cuando el primer ministro John Major aceptó el Tratado de Maastricht.

Se jubiló y se mudó a Margate hace 10 años, cuando la crisis de la fiebre aftosa vació el campo de visitantes y tuvo que cerrar el bed and breakfast que regentaba en North Yorkshire. Desde entonces está consagrada al UKIP. Mo cree que la economía mejoraría fuera de la UE porque “solo los británicos cumplimos las normas de la UE y los indios y los chinos exportan aquí sus productos sin esas trabas y obligan a cerrar nuestras empresas”. Pero es incapaz de explicar por qué Gran Bretaña no exporta ya ahora al mercado global cuando países como Alemania o Italia sí son capaces de hacerlo o la ventaja de vender en Europa sin poder influir en la normativa del mercado interior.

Defiende que hay que congelar la inmigración. “Porque somos un país pequeño, ya no hay espacio y no todos vienen a trabajar: muchos no contribuyen pero reciben. Hemos recibido inmigración durante siglos, y eso está bien. Vienen, se instalan, viven en grupos pequeños, aprenden la lengua, forman parte del sistema. Eso lo podemos afrontar. Lo que no podemos afrontar es que viniera tanta gente en tan poco tiempo”, asegura. “No queremos cerrar las puertas a todos, pero queremos controlar nuestras fronteras”, señala.

“No soy un fascista. Sobre todo, deje claro que no soy un racista”, pide William Richardson, un agradable pensionista de 69 años que intenta ocultar sus tatuajes ante el fotógrafo. Obrero de la construcción especializado en el recubrimiento de tejados, suele votar a los conservadores —“no soy un socialista”, ironiza—, pero esta vez ha votado al UKIP, “porque detesto la manera en que hacen las cosas Cameron y sus amigos”. “Hay demasiada inmigración. Eso está creando muchos problemas en el Servicio Nacional de Salud. Necesitamos controles adecuados y lo mejor sería salir de la UE y acercarnos a los países de la Commonwealth”, opina. Admite que él nunca ha tenido un problema directo porque haya muchos inmigrantes, pero insiste en que hay demasiados. “Pero no soy racista”, reitera. Y pone como prueba que tiene una nuera croata y un yerno jamaicano. Dice que seguramente volverá a votar al UKIP en las generales. “No creo que puedan cambiar nada pero pueden forzar a Cameron a cambiar”.

John Deering es un ingeniero farmacéutico de 53 años en paro desde que hace unos meses cerró la factoría de Pfizer que producía Viagra en Sandwich, al sur de Margate. Tradicional votante tory aunque llegó a apoyar al laborista Tony Blair, esta vez ha votado al UKIP “con muchas ganas”. “Creo que la mayoría de los que están aquí les votaron”, añade señalando a los parroquianos del pub Northern Belle. “Nos encantan los europeos, pero nos sentimos diferentes”, sostiene. “No somos antieuropeos, somos antiUE”, añade. Sin embargo, cree que dejar la Unión “sería una locura, aunque tenemos que negociar algo”.

Fuente El Pais

lunes, 29 de abril de 2013

ÁNGELA MERKEL CONTRA EL PROYECTO UE



Angela Merkel se está cargando Europa

Según el último Eurobarómetro, han dejado de creer en la UE el 53 % de los italianos, el 56 % de los franceses, el 59 % de los alemanes, el 69 % de los británicos y el 72 % de los españoles.
Carlos Elordi


29/04/2013 - 19:57h
Hollande y Merkel aprovechan el Francia-Alemania para preparar la cumbre de la UE

El presidente francés, François Hollande, y la canciller alemana, Angela Merkel. / Efe

Angela Merkel es “la canciller de la austeridad” y  su actitud se caracteriza por una “intransigencia egoísta”. Decenas de millones de europeos están convencidos de eso. Pero cuando esas ideas figuran expresamente en el texto preparatorio de la conferencia nacional que el Partido Socialista Francés celebrará el próximo mes de junio, el asunto adquiere relevancia política continental. Esa declaración marca, hasta el momento, el punto más alto de la degradación profunda que está sufriendo el proyecto europeo, que cada nuevo sondeo confirma y amplía: según el último Eurobarómetro, dos de cada tres ciudadanos de la UE han dejado de confiar en la Unión.
Para gran disgusto de los responsables del PSF, el texto antes citado fue filtrado por alguno de ellos a la prensa. Horas después, el presidente de la Asamblea Nacional, el socialista Claude Bartolome, elevaba aún más su tono y proponía que Francia abordara directamente esas cuestiones en un “careo” con Alemania. Y aunque varios ministros del Gobierno galo han tratado de restar importancia a unas y otras declaraciones, parece ser que Berlín no se las han tomado precisamente bien.
Fuentes periodísticas francesas aseguran que Angela Merkel ha pedido explicaciones a François Hollande. El diario económico Handelsblatt, próximo al centroderecha, ha escrito: “El partido socialista que está en el poder en Francia ha hecho un descubrimiento sensacional: que Alemania es culpable de todo. Sus opiniones sobre la señora Merkel son una manifestación de la división y del pánico que reinan en el PSF. Lo único que les une es que la canciller alemana es su enemigo común”.
Para el Suddeutsche Zeitung, de centroizquierda, los ataques se explican en la perspectiva de las elecciones de este otoño. “El 22 de septiembre los alemanes no sólo votarán por la composición de su parlamento, sino también por la suerte de otros muchos países. Europa quiere entrar en la campaña electoral alemana. Pero los sondeos muestran que tanto en España como en Alemania la mayoría de la gente cree que su propia clase política es la responsable de la crisis”.
Seguramente la polémica quedará en breve apagada por algún gesto de amistad que acordarán los líderes políticos de ambos países. Pero muy probablemente resurgirá en la conferencia del Partido Socialista Francés, en el que, al igual que la derecha gala, existe desde hace bastante tiempo una corriente crítica con la política oficial de entendimiento sin límites entre Alemania y Francia, que es la base de todo el proyecto europeo.
La crisis está agudizando y reforzando esas posiciones. El paro –que en marzo registró un récord histórico, alcanzando a 5,7 millones de personas, en sus distintas gradaciones– está hundiendo la presidencia de François Hollande. Y Angela Merkel sigue haciendo oídos sordos a sus reiteradas peticiones de que la UE cambie de política económica, relaje la austeridad y tome medidas para promover el crecimiento. En esas condiciones, el discurso europeísta clásico suena cada vez más a vacío, si no a falso, y Hollande corre el riesgo de que dentro de su propio partido surja una fuerte contestación al mismo.
Algunas firmas alemanas de peso han manifestado su preocupación porque la crisis y la actitud de Berlín estén configurando un panorama europeo en el que de nuevo, y como en los peores momentos del siglo XX, Alemania se está quedando sola y frente a todos en Europa. Pero esas opiniones no parecen conmover a Angela Merkel que, además, sabe que sus mayores rivales electorales, los socialdemócratas y los verdes, así como los principales medios de comunicación, comparten su política europea.
Tampoco la protesta que se está produciendo en Alemania mismo contra una austeridad salarial que dura casi una década parece estar afectando a la canciller. El lunes pasado no despegó un solo avión de Lufthansa por la huelga del personal de tierra, que exige una subida del 5,2 %. Los trabajadores de correos –que piden un 6 %- prosiguen su huelga intermitente. Y esta semana pararán los trabajadores del metal para apoyar su reivindicación del 5,5 %. Y es que ceder en esos conflictos podría conducir a una elevación generalizada de los salarios. Y si el porcentaje de la misma estuviera en el entorno del 5 %, su impacto macroeconómico supondría, de hecho, una ruptura, parcial pero no desdeñable, del rigor que Berlín se empeña en imponer a toda Europa.
A pesar de unas y otras cosas, la popularidad de Angela Merkel entre los votantes alemanes sigue altísima. Pero se hunde cada vez en el resto de Europa, con excepciones muy puntuales. Y con ella, la del proyecto europeo. Hace cinco años ni un solo país de la UE, ni siquiera la siempre euroescéptica Gran Bretaña, registraba más de un 50 % de votantes hostiles a la Unión Europea y la mayoría la apoyaban con fuerza en todos ellos.
En la actualidad, y según el último Eurobarómetro, han dejado de creer en la UE el 53 % de los italianos, el 56 % de los franceses, el 59 % de los alemanes, el 69 % de los británicos y el 72 % de los españoles. Y los resultados de las elecciones italianas de febrero no hicieron sino agravar esos datos: casi dos de cada tres italianos apoyaron a partidos en cuyos programas figuraban denuncias radicales de la política europea o incluso propuestas de alejamiento de la UE.
A los líderes y a los miembros de la inmensa y costosísima estructura política que en cada una de las naciones y en Bruselas sostiene la UE, esas opiniones mayoritarias parecen importarles muy poco. Siguen actuando como si no existieran. Pero esa actitud tiene un límite. Y la realidad puede explotar el día menos pensado. 


Carlos Elordi

Carlos Elordi

    Carlos Elordi es periodista. Trabajó en los semanarios Triunfo, La Calle y fue director del mensual Mayo. Fue corresponsal en España de La Repubblica, colaborador de El País y de la Cadena SER. Actualmente escribe en El Periódico de Catalunya.

    martes, 23 de abril de 2013

    Comparación del desempleo durante la Gran Depresión y la Gran Recesión

     

    CIUDADANOS CONTRA EL PARO

    William K. Black

    21/04/13

    Como punto de partida para cualquier intento de comparar el desempleo durante la Gran Depresión y la Gran Recesión es útil leer el articulo de enero de 1988 “El desempleo de entre-guerras en la Perspectiva Internacional” de Barry Eichengreen y Tim Hatton.

    Es util empezar reconociendo tres advertencias relacionadas que hacen los autores en ese texto. En primer lugar, el uso moderno del termino “desempleo” (gente dispuesta y capaz de trabajar, pero que no pueden encontrar un trabajo acorde con su cualificación como trabajador) no era común hasta las décadas anteriores a la Gran Depresión. El supuesto anterior era que la gente estaba desempleada porque eran perezosos. Había poca comprensión de los ciclos económicos o de las consecuencias de una demanda inadecuada, poca simpatía por los desempleados y no se entendía que las empresas y gobiernos eran los principales responsables de esos niveles de desempleo. Esto significaba que guardar un registro de datos sobre el desempleo no era asunto de los gobiernos. Los datos sobre desempleo en Europa fueron recolectados mayoritariamente por los sindicatos de trabajadores.

    En segundo lugar, esto significa que los datos sobre desempleo durante la Gran Depresión son, generalmente, excepcionalmente pobres y, si se comparan con otros países en ese mismo periodo, aun peores. Por lo que nuestra habilidad para comparar los datos de desempleo de hoy en día con los de la Gran Depresión esta sujeta a errores.

    En tercer lugar, los datos sobre el desempleo durante la Gran Depresión a menudo están altamente sesgados, debido a la forma como se reunieron y la naturaleza de la Gran Depresión. En Europa y en los EE.UU. la Gran Depresión fue principalmente una depresión industrial y los sindicatos en la industria eran mucho más propensos a recoger datos sobre el desempleo en el sector industrial. Esto significa que los datos sobre las tasas de desempleo durante la Gran Depresión en los EE.UU. y Europa probablemente incidan sobre los mismos datos generales económicos de desempleo. Los estudiosos citan las conclusiones de los investigadores, sugiriendo exageraciones en la tasa general de desempleo durante la Gran Depresión para muchas naciones superiores al 50%. (Sencillamente: la tasa de desempleo real parece haber sido menos de la mitad que la tasa de desempleo general registrada en muchos países durante la Gran Depresión.)

    Los datos de desempleo de Estados Unidos durante la Gran Depresión están exagerados considerablemente porque las personas que trabajaban en los programas de obras públicas, que realizaban un trabajo altamente productivo, fueron registradas como "desempleadas" en esa época. Ello significa que la Gran Depresión fue con todo catastrófica, pero también que los datos de desempleo más precisos (pero aún lejos de ser perfectos) de la Gran Recesión demuestran que las dos crisis son muy similares en severidad en la zona euro cuando se mide su gravedad por la tasa de desempleo. En la mayor parte de la zona euro, la crisis actual se podría definir más exactamente como "La Segunda Gran Depresión."

    Uso el término "muy similares" a causa de las precauciones que destaqué en mi segundo punto. No se puede atribuir la misma precisión a los datos de la Gran Depresión, incluso después de ajustar los sesgos conocidos, que a los datos sobre el desempleo de la Gran Recesión. Esta es una advertencia importante, ya que los datos sobre el desempleo durante la Gran Recesión todavía están sujetos a error material.

    Con estas precauciones en mente, estas son las razones por las que los datos muestran que el desempleo en la zona euro es muy similar a la de desempleo durante la Gran Depresión. Los datos ajustados, por ejemplo, señalan una tasa de desempleo promedio en 1930-1938 de 8,8% en Alemania y del 9,8% para el Reino Unido (Eichengreen y Hatton 1988: Cuadro 1.2, p 9.). Los autores no encontraron una cifra ajustada confiable para Francia, pero la cifra no ajustada a la tasa media de desempleo en Francia en 1930-1938 fue de 10,2%. Desafortunadamente, no disponemos de datos de desempleo moderadamente fiables para la periferia europea durante la Gran Depresión.

    En general, en la zona euro las tasas de desempleo son más altas que durante la Gran Depresión

    "La tasa de desempleo de la zona euro se elevó al 12,0 por ciento en los dos primeros meses del año, el último de una serie de niveles récord desde finales de 2011, informó Eurostat , la agencia estadística de la Unión Europea [02 de abril 2013].

    La agencia revisó al alza la tasa de desempleo de enero para la zona euro del 11,9 por ciento registrado previamente, en sí ya un récord. Para la Unión Europea, según Eurostat la tasa de desempleo en febrero subió al 10,9 por ciento desde el 10,8 por ciento en enero, con más de 26 millones de personas sin trabajo en todo el bloque de 27 naciones.

    Estas tasas de desempleo y el número de parados son los más altos que ha registrado Eurostat, en datos que se remontan a 1995, antes de la creación del euro ".

    El desempleo en la eurozona, en general, es significativamente más alto que las mejores estimaciones de desempleo en Europa durante la Gran Depresión. La duración de las dos crisis en Europa es cada vez más similar según avanza y se agrava la crisis debida a las politicas contraproductivas de austeridad y al mal diseño del euro como una moneda no-soberana.

    La austeridad ha infligido una über-Depresión en los pueblos de la periferia de la zona euro

    Si bien no podemos comparar con fiabilidad las tasas de desempleo durante la Gran Depresión y la über-depresión en los países de la periferia de la UE, se puede utilizar el mismo artículo del New York Times para comparar las tasas de desempleo actuales en la periferia con las tasas de desempleo en Francia, Alemania y el Reino Unido durante la Gran Depresión y se pueden comparar directamente las tasas de desempleo en las tres principales economías de la UE.

    "El mercado laboral europeo ha decrecido durante 22 meses consecutivos, haciendo de ésta la peor recesión desde la década de 1990, según Jennifer McKeown, economista de Capital Economics en Londres, que escribió una nota de investigación el martes: 'Con el ajuste fiscal aún presionando sobre la rentas disponible y la confianza del consumidor en niveles muy bajos, es probable que caiga en los próximos meses el gasto de los hogares´ “.

    La Sra. McKeown también señaló que en febrero la tasa del desempleo del 10,8 por ciento en Francia - el doble de la tasa alemana de 5,4 por ciento - 'es muy preocupante´.

    La tasa de desempleo en Alemania es sustancialmente más baja ahora que durante la Gran Depresión, pero la tasa de Francia es superior a la media de desempleo sin ajustar (y por lo tanto inflada por el sesgo de recogida de datos) que sufrió durante la Gran Depresión.

    "Gran Bretaña, la mayor economía de la UE fuera del bloque de la moneda única, tenía una tasa de desempleo del 7,7 por ciento en diciembre, el último mes disponible."

    La tasa actual de desempleo del Reino Unido se mantiene por debajo de la tasa media durante la Gran Depresión, pero es importante recordar que el Reino Unido no ha adoptado el euro, ha mantenido una moneda soberana. Pero ha sido incapaz de utilizar esa fortaleza para poder acabar con el desempleo creciente, debido a su asunción de la auto-infligida e hiriente austeridad.

    La periferia de la zona euro es el epicentro de la “über-Depresión”. Es una depresión totalmente gratuita, la peor “Eigentor” en la historia económica moderna, infligida por la austeridad.

    "La crisis del desempleo está golpeando más duro en el sur de Europa. Según Eurostat Grecia, con una economía en caída libre, tiene la mayor tasa de desempleo de la zona euro, el 26,4 por ciento en diciembre, el último mes del que se dispone de datos. Entre los jóvenes griegos, la tasa de desempleo ha llegado a un nivel asombroso, el 58,4 por ciento.

    España, cuya economía se ha contraído drásticamente después del colapso de la burbuja crediticia global, registró la segunda tasa de desempleo más alta de la zona euro en febrero, con el 26,3 por ciento. "

    La tasa de desempleo de los jóvenes de España (que incluye a los adultos jóvenes) también es superior al 50% y la tasa de Italia para el desempleo juvenil es superior al 36%. La Gran Depresión general creó una "U" en forma de curva para la incidencia del desempleo de los trabajadores por motivos de edad (los jóvenes y mayores tenían más probabilidades de estar desempleados) (Eichengreen y Hatton 1988. Cuadro 1.9, p 31). Los niveles de desempleo de los jóvenes en los países centrales de Europa durante la Gran Depresión fue mucho menor que el desempleo juvenil en Grecia, Italia y España durante el über-depresión en curso. De hecho, la actual tasa de desempleo de los jóvenes en cada una de estos países, además de Irlanda y Portugal, se reduce sustancialmente por la emigración de los jóvenes trabajadores. El viejo humor negro irlandés da una vez más en el clavo: "¿Cuál es el principal producto de exportación de Irlanda" Respuesta: "los irlandeses." Cuando los estudiantes reciben sus títulos universitarios en la periferia suelen emigrar en busca de empleo.

    Conclusión

    Cuando una nación cede su moneda soberana, pone en riesgo su soberanía. Se convierte en objeto de los ataques de los vigilantes de bonos y pueden obligarla a caer en situaciones en las que no pueda ofrecer otra oportunidad que obligar a muchos de sus mejores y más brillantes jovenes a huir del país.

    La austeridad es un peligro evidente hoy para la zona euro y la economía global. En los países centrales de la zona euro ha causado niveles de desempleo parecidos a la gran Depresión - y el desempleo esta aumentando siete años después de que las burbujas globales comenzaran a desinflarse en 2006. La periferia, sin embargo, no sufre los niveles de desempleo que los países centrales europeos sufrieron durante la Gran Depresión. La über-Depresión en curso ha infligido dramáticamente mayores niveles de desempleo - hasta cuatro veces más - que los que los historiadores económicos creen que Europa sufrio, en promedio, de1930 a 1.938. Termino repitiendo la advertencia de que los datos para la Gran Depresión son lo suficientemente imprecisos como para obligarnos a ser prudentes al utilizarlos. Lo que podemos decir es que, medida por el desempleo, la llamada Gran Recesión es a veces más grave para los países centrales que lo que fue la Gran Depresión y que es muchísimo más dramática para la periferia de lo que fue para los países centrales durante la Gran Depresión.

    Bill Black es el autor de "La mejor forma de robar un banco es poseerlo" y profesor asociado de economía y derecho en la Universidad de Missouri-Kansas City. Ha pasado varios años trabajando en políticas de regulación y prevención del fraude como Director Ejecutivo del Instituto para la prevención del fraude, Director de litigios en el Consejo de administración  del Banco federal de préstamos locales y Director delegado de la Comisión nacional para la reforma, recuperación y cumplimiento de las instituciones financieras, entre otros puestos.

    Traducción para www.sinpermiso.info: A. Hobbit