domingo, 21 de abril de 2013

EUROMUERTO


EUROMUERTO

Una muerte justa y digna para el euro.


Por: William Pfaff *
Traducción: Enrique Prudencio, para Zona Izquierda

Cuando se lanzó inicialmente la propuesta de creación de una moneda europea, al que esto escribe le pareció una buena idea, con el nimio inconveniente de que no iba a funcionar. Aunque inexperto en economía (siendo un producto de la era de la aritmética), me impactó como efecto de falsa analogía con los Estados Unidos, siendo común en Europa por entonces esa comparación. Si Nueva York, Texas e Iowa podían manejarse con el dólar como única moneda, ¿por qué no iban a poder tenerla Francia, Alemania e Italia? Europa ya tenía un mercado europeo único – o estaba terminando de construirlo (el Mercado Común Europeo), sin aranceles aduaneros. ¿Por qué no una moneda única para un mercado único? Una gran mayoría de entusiastas de la unificación europea parecía pensar que lo único que se necesitaba era darle un nombre y un diseño y a continuación acuñarla. A la fértil imaginación del anterior Presidente francés Valery Giscard d´Estaing, ya se le había ocurrido un nombre en recuerdo de la época perfumada de Francia para el mecanismo que llevaría a la moneda única, el “Ecu”, que significa “European currency union” (moneda de la unión europea), y que felizmente era también el digno nombre que se le había dado durante los siglos XVII y XVIII a una serie de monedas francesas de oro y plata. Cuando llegó el momento de crear finalmente la moneda, el chauvinismo de los otros países europeos se opuso al nombre francés y la moneda fue tristemente denominada el euro (ni siquiera con mayúscula) y acuñada con diseños de puentes y viaductos sumamente aburridos. (Pero como todos los países de la eurozona tienen algún puente o viaducto, todos podrían decir que aquél del diseño era el del suyo.) La queja que yo (entre otros) planteamos desde el principio fue que los países europeos no eran estados norteamericanos. Eran entidades políticamente soberanas. Cada una tenía su economía característica, recursos, productos, mercados y sus propios déficits y superávits nacionales. Era vitalmente importante el hecho de que cada país tenía su propia moneda, y estas monedas no eran intercambiables, y además, no tenían un valor fijo y constante. Había que ir al banco si se deseaba adquirir otra divisa y pagar por ella según el tipo de cambio del día. Pero los entusiastas decían que en California no tenían que cambiar sus dólares cuando viajaban a Nevada. En Europa sería lo mismo. Llegados a este punto, los norteamericanos tenían que explicar la guerra civil norteamericana, en la que hubo más muertos que en todas las guerras libradas por este país. Y que esta guerra se libró para terminar con las reclamaciones soberanistas de los estados esclavistas del sur. El resultado fue una sola nación soberana, con una sola moneda y eventualmente con un solo prespuesto que prevaleció a nivel nacional.
La única respuesta a esto que los interlocutores europeos pudieron dar a los norteamericanos, fue que Europa había superado ya el cupo de guerras que le correspondía. La Unión Europea intentaba poner fin a esa desafortunada práctica en Europa. Esa práctica, en los últimos tiempos, la habían ejercido principalmente los alemanes. La Francia de los Borbones, Napoleón y la Tercera República cedieron el liderazgo en el desencadenamiento de guerras devastadoras a los Hohenzollern y después a los Nazis en Alemania. Durante esos mismos tiempos aun recientes, Estados Unidos se interesó por Europa y sus guerras y como resultado adoptó un nuevo rol como potencia europea -- como “LA” potencia europea, tal como dejó claro a Europa Occidental el diplomático norteamericano Richard Holbrooke cuando era embajador de Estados Unidos en Alemania en 1990, reforzando el papel dominante que desempeñaron siempre los norteamericanos desde que dio comienzo el movimiento de unificación europea en 1951. Es un papel que está finalizando actualmente. La crisis de Wall Street en 2008 desencadenó la crisis crediticia europea que siguió inmediatamente. Esta crisis puede estar a punto de destruir la unión monetaria europea tal como existe actualmente. Mentalmente, los europeos ya están divididos entre los miembros del norte y los del sur, con Francia a caballo de las dos partes, sin éxito alguno. El euro ha producido altas tasas de desempleo, ira entre las masas y represión en Grecia, Portugal, Irlanda, España e Italia, e inminentemente en Chipre y Eslovenia. Gran Bretaña, a pesar de permanecer fuera de la eurozona, depende de ésta para el comercio exterior y se está deslizando hacia la misma crisis, con gran ayuda de las políticas de austeridad del Primer Ministro
Cameron. Alemania, con los miembros del norte de la Eurozona que son tradicionalmente dependientes de los teutones, ha impuesto su propia política monetaria conservadora al conjunto del bloque europeo, un trago muy amargo para los países meridionales, víctimas ahora de un endeudamiento extremo. Los ciudadanos alemanes a los que la crisis ha empezado a rozar ahora, tienen el control del Banco Central Europeo y la dirección política del gobierno de la UE, que impone unas normas de austeridad despiadada a los países del sur de la UE que se quejan constantemente, y que se encuentran ahora con que esta política que les sume en la gran miseria, además no funciona. Y, lógicamente culpan de ello a los alemanes. El resultado es una oleada de hostilidad popular de los alemanes hacia sus ingratos socios europeos, que a su vez acusan a Alemania (todavía en voz baja) de que habiendo tenido bastante con haber destruido el equilibrio económico y político de Europa en dos mortíferas y destructivas guerras mundiales, se ha puesto otra vez a ello. El nuevo movimiento político “Alternativa para Alemania” ha irrumpido como reacción contra el euro y contra los socios de Alemania en la U.E. Académicos observadores de la situación comparan la fuerza política que apoya este movimiento con la erupción del Tea Party norteamericano. La Canciller Angela Merkel se enfrenta a elecciones federales en Septiembre. Sus socios de la Coalición Democrática Libre se encuentran con dificultades. Lo que signifique esto para la política interior alemana es por supuesto impredecible en estos momentos. Pero combinado con la desilusión de una cierta élite con el sistema de la eurozona y sus consecuencias económicas, el abandono alemán del euro y el retorno al marco se presenta actualmente como una posibilidad muy seria. El experimento del euro está fracasando. Se puede salvar la Unión Europea respecto de otras muchas cosas, pero la moneda única es un
disparate. Esto es también lo que el financiero George Soros ha recomendado recientemente a los alemanes: abandonar el euro para servir sus propios intereses, al tiempo que se libera a los demás miembros del bloque para que pongan en común sus deudas mediante la emisión de eurobonos para escapar de las limitaciones impuestas por Alemania. ¿Qué pasará? Los estados que sufren el desempleo y la crisis crediticia harán lo que siempre han hecho en el pasado: devaluar sus monedas y estimular sus economías. El Keynesianismo encontraría su reivindicación.

miércoles, 10 de abril de 2013

El eterno retorno de Berlusconi. Y quién lo hace posible...

 

Rossana Rossanda · · · · ·

07/04/13

¿PROTAGONISTAS EN ITALIA?

El ataque a Bersani para que no se presentase ante las Cámaras, el “plan B” con Berlusconi, que vuelve a ser protagonista, siguiendo el guión del Quirinal. Entre una izquierda subalterna y la carencia histórica en Italia de una derecha al menos formalmente democrática, nos deslizamos por una deriva mortal para nuestra frágil democracia.

Ni Hollande ni Bersani son revolucionarios ninguno, pero no recuerdo haber asistido a una guerra más violenta que la que se libra contra ellos. Verdadera guerra de clase, tiene razón Gallino: la derecha propietaria al ataque contra todo aquel que no sea neoliberal puro. En Francia, la derrota de  Sarkozy se ha visto seguida por una ofensiva patronal durísima, cierres, despidos, deslocalizaciones que han aumentado de golpe un desempleo ya fuerte debida a la crisis: más de tres millones de parados, sin contar otros dos millones de personas que se ven forzadas a trabajillos sin continuidad ni derechos. La gente común, cuyo poder adquisitivo se va diezmando mes a mes, reprochará con mayor aspereza todavía al gobierno socialista no haber mantenido sus promesas. En resumen, fuego a discreción a derecha e izquierda.

En Italia, Pier Luigi Bersani ha sido objeto de una destrucción sistemática por parte del Quirinal [residencia del presidente de la República] y de la prensa, por haberse atrevido a proponer que se  verificase en las Cámaras una propuesta de programa, desde luego modesta, pero con la esperanza no infundada de obtener algún voto del ejército de diputados grillinos, que son una “armata Brancaleone” [1] sin programa, entre los cuales se podía encontrar una docena de votos, como se ha encontrado para la presidencia del Senado. El Quirinal no se lo ha permitido, como si fuésemos ya una república presidencial. Bersani no ha aceptado, pero ni siquiera se ha rebelado contra la voluntad del jefe del Estado. Así va avanzando el llamado “plan B”, que apunta a reintroducir en el gobierno a un Berlusconi más descarado que nunca: “quiero esto, quiero aquello” inoxidable, persuadido de poder proponer para el gobierno una mayoría de la que sería parte fundamental y para el Quirinal un hombre suyo (“Letta [2] o, por qué no, yo mismo”).

No sé cuánto habría durado un gobierno como el propuesto por Bersani, aunque se le hubiera permitido sacárselo a las Cámaras, pero lo que es seguro es que el sentido de la prohibición presidencial estriba en reabrir el camino a una unidad nacional de la que Berlusconi debe ser una parte determinante. De algún modo, el hecho de que Napolitano le haya recibido en el Quirinal después de que el Cavaliere hubiera vomitado sus insolencias dos días antes en Piazza del Popolo, le ha legitimado, políticamente hablando. Y en toda Italia parece haberse exhalado un suspiro de alivio, basta de descalificaciones, quien propone y decide es el voto popular, tesis que en el siglo XX ha dado el poder a las dictaduras fascistas. ¿Por qué Italia no ha querido en absoluto a Bersani? No desde luego, repito, porque tuviera un programa subversivo ni extremista, siquiera antieuropeo, sino bastante vagamente reformista, porque tenía relaciones con Vendola y la FIOM [sindicato del Metal], porque había permitido que en su partido anidaran peligrosos sujetos como Orfini y Fassina [3]. Esto había que bloquearlo. 

Ha llegado el momento de dejar de preguntarse cómo es que Berlusconi vuelve a reaparecer en la escena política. Hace falta reconocer que cuando parece del todo abatido, hay siempre una mano a derecha o izquierda que lo saca del pantano en el que se encuentra. Hace falta que nos preguntemos por qué por quinta vez este escenario se repite y si no hay en el país un defecto bastante profundo que permite esa inclinación. Parece evidente la responsabilidad de una izquierda – concretamente del PCI, que había sido en la postguerra la más relevante e interesante de todo Occidente – por no haber examinado las razones del derrumbe del 89, cuando los hijos de Berlinguer se han convertido de golpe a Fukuyama (“la Historia ha terminado”) con la misma impermeabilidad que habían opuesto a quien, hasta un mes antes, había suscitado alguna crítica al sistema soviético.

Pero, una vez admitida esta debilidad de la izquierda y de los comunistas en particular, es imposible no preguntarse porque Italia parece incapaz, ya históricamente, de dotarse de una derecha al menos democrática, no al borde de la imputación en nombre del código penal. Y esta es una maldición que nos persigue desde la unificación del país y no parece desde luego que los diez “sabios” propuestos desde la Colina [del Quirinal] estén en situación de enfrentarse a sus razones y extirpar las raíces. Derecha e izquierda parecen enfermas en su mismo fundamento cultural y moral; la razón de fondo por la que nos encontramos en la feísima situación de hoy está, evidentemente, aquí; hasta que no se haga seriamente este diagnóstico, no saldremos, ni siquiera cuando no faltan, como hoy, razonables propuestas para bloquear una deriva que parece mortal para nuestra joven y frágil democracia.

NOTAS T.: [1] L´Armata Brancaleone es el título de una legendaria comedia cinematográfica italiana de 1966, dirigida por Mario Monicelli. La expresión se utiliza como en español “el ejército de Pancho Villa” para referirse a una agrupación irregular, caótica o pintoresca. [2] Enrico Letta (1935), uno de los hombres de confianza de Berlusconi, fue candidato de la derecha a la presidencia de la República en la elección de 2006 en la que las Cámaras escogieron a Giorgio Napolitano. [3] Matteo Orfini (1974) y Stefano Fassina (1966), ambos diputados, pertenecen a los llamados “Jóvenes Turcos”, una de las corrientes de izquierda del Partido Democrático. Orfini es responsable de Cultura e Información; Fassina, de Economía y Trabajo.

Rossana Rossanda es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso.

sábado, 6 de abril de 2013

¿ADIOS A LA DEMOCRACIA EN EUROPA?

 

 

viernes, 5 de abril de 2013

¿ADIOS A LA DEMOCRACIA EN EUROPA?


La "Justicia Europea"en Luxemburgo




Ha quedado finalmente muy claro que los estados democráticos del mundo capitalista no tienen un soberano, sino dos: abajo, el pueblo, y por encima los «mercados» internacionales
Wolfgang Streeck[1]
El pasado mes de octubre se concedió el Premio Nobel de la Paz a la Unión Europea por su contribución a la defensa de la paz, los derechos humanos y la democracia tanto en el Viejo Continente como en el resto del mundo. Que el galardón fuera recibido por quien ejerció de anfitrión de la Cumbre de las Azores -desde la que se impulsó una guerra contra el pueblo de Irak por una coalición internacional de países sin el respaldo de la ONU- no deja de ser una de esas ironías a la que nos tiene acostumbrados la historia. En la práctica, la política exterior y de seguridad europea ha venido marcada por la dificultad para alcanzar posiciones comunes y coherentes. No obstante, si algo subyace a la errática y dividida política exterior europea es, como ha señalado acertadamente Rafael Poch, su vocación belicista e imperial: «Y cada vez lo es más. Incluso el eje franco-alemán que mantuvo la divergencia con Bush colaboró a nivel de logística, servicios secretos y general complicidad con el complejo Guantánamo (torturas, vuelos y cárceles ilegales) en Irak y en la llamada “guerra contra el terror”. Esta Europa participa en la guerra de Afganistán y ha  propiciado la intervención en Libia. Esta Europa profundiza la guerra civil en Siria y apoya su cálculo geopolítico, que tiene detrás a Irán y al control del suministro energético de un gran país emergente, China. El apoyo a Israel forma parte de esa serie, pero es particularmente ejemplar».[2]
No deja de ser paradójico también que en el momento en el que la violencia contra los trabajadores y trabajadoras del continente europeo es mayor y se degradan a ojos vistas las condiciones de vida de buena parte de la población en países como Grecia, España, Portugal o Italia, se reconozca a las instituciones comunitarias su contribución a la defensa de los derechos humanos y la democracia. Es posible que aún no tengamos clara la noción de lo que es un “crimen económico”, y cuales los mecanismos para investigarlos y perseguirlos, pero es urgente –como defienden Lourdes Benería y Carmen Sarasúa- que esta noción «se incorpore al discurso ciudadano y se entienda su importancia para construir la democracia económica y política. Como mínimo nos hará ver la necesidad de regular los mercados para que, como dice Polanyi, estén al servicio de la sociedad, y no viceversa».[3] No parece que las políticas comunitarias estén orientadas hacia esta necesidad. Al contrario, diseñadas bajo la obsesión de someter a los pueblos a la disciplina de los mercados, renuncian con ello a conciliar capitalismo con democracia. Cuando un porcentaje significativo de los miembros de una sociedad pierde la vivienda y el empleo, no sólo se está asistiendo a un drama personal y familiar incalculable, se está comprometiendo también el futuro del conjunto de la ciudadanía al desmontarse las redes de seguridad material que sostienen la libertad y, por ende, la democracia. Sin seguridad material no hay libertad política ni tampoco democracia, sólo amenazas y riesgos de regímenes e ideologías totalitarias.
La crisis en la zona del euro ha dejado firmemente claro hacia donde nos puede conducir la combinación de globalización, financiarización e integración europea al compás de la batuta neoliberal: a la renuncia de la democracia. En el capitalismo la democracia sólo tiene un carácter instrumental, no representa un valor en sí mismo. En el campo de la racionalidad instrumental, todas las cosas tienen un coste y el criterio con el que se evalúa no es otro que el de la eficiencia: si la democracia es concebida como un coste y existen otras herramientas más eficientes para favorecer la acumulación de capital, el corolario es que la democracia deja de ser relevante a los ojos del capitalismo.[4]
Una construcción elitista de Europa…
La integración europea no ha estado nunca animada por un espíritu democrático. Más bien al contrario. Las elites y lobbies presentes en las esferas comunitarias han marcado el ritmo y el carácter de la integración. Bajo la apariencia de una solución técnica, el proyecto europeo ha sido progresivamente despojado de su carácter político. No se han cultivado las condiciones que permiten, no sólo la democracia, sino la existencia de la política misma: un espacio público con agentes sociales, partidos y canales de representación, deliberación y decisión que permitan el florecimiento de una ciudadanía genuinamente europea. Las instituciones comunitarias tienen un sesgo tecnoligárquico y el Parlamento Europeo, único organismo elegido por sufragio universal, no tiene competencia para legislar sino sólo para reformular y vetar las iniciativas elaboradas por la Comisión y aprobadas por el Consejo Europeo. [5]
… impulsada por un espíritu neoliberal
Los tratados que han promovido los procesos hacia la unidad de mercado (Acta Única) y la moneda común (Tratado de Maastricht) inocularon el neoliberalismo en el proyecto europeo. De esta manera el carácter social que definía el modelo de desarrollo fordista de la Europa continental de la segunda postguerra empezó a diluirse al mismo ritmo con el que se avanzaba en la Unión Económica y Monetaria.
El neoliberalismo ha contribuido a un proceso de desorganización del Estado democrático que, aunque omnipresente en otras geografías, en Europa se ha visto acentuado como consecuencia de la particular integración económica llevada a cabo. Ésta ha propiciado que muchas prerrogativas soberanas fueran transferidas de los Estados nacionales a las instituciones comunitarias sin el debido control democrático. Que se hable mucho de gobernanza económica europea, pero nunca de gobierno democrático, es algo que se agradece porque se ajusta plenamente a la verdad. No hay gobierno ni democracia política en el ámbito comunitario sencillamente porque no hay un Estado europeo. La democracia presupone la existencia de un Estado, y la ausencia de éste imposibilita la presencia de aquella.
La servidumbre a los «mercados»
La independencia de los bancos centrales evita –según el dogma neoliberal- que los gobiernos recurran a ellos para financiar sus déficits. Esta restricción, unida a la cláusula de no salvamento (no bail-out), que prohíbe la asistencia entre países que han decidido compartir moneda, ha provocado que a los Estados nos les quede más alternativa para obtener fondos que acudir en solitario al sector financiero. Ambas prohibiciones, consagradas en el Tratado de Maastricht, se han justificado en la encomiable capacidad de los mercados para reconducir por el recto camino a los gobiernos proclives a dilapidar sin miramientos. Una vez que la crisis pone de manifiesto que los mercados financieros no son eficientes ni racionales, y que por consiguiente es una aberración confiarles la tutela de la política económica de los Estados, la verdad se empieza a imponer con crudeza: de lo que realmente se trataba era de disciplinar a los pueblos, poniendo así en crisis tanto la soberanía estatal como la democracia.[6]
Fallas estructurales
El diseño de unión monetaria emanado de Maastricht, así como los «criterios de convergencia nominal» (para entrar en el euro) y el «Pacto de Estabilidad» (para permanecer en él), han creado una nueva zona monetaria hegemonizada por Alemania. Al frente de la moneda, un BCE que no responde ante los ciudadanos ni ante los gobiernos y que se plantea como único objetivo la estabilidad de los precios.
Es posible que en la decisión de lanzar la moneda única haya pesado, más de lo que se piensa, el proceso de reunificación alemán. Después de todo, el euro se presentó como un «compromiso político que permitía a los franceses aceptar la reunificación, ya que reafirmaba la profunda inserción de Alemania dentro de Europa».[7] En cualquier caso, la reunificación alemana acentuó la heterogeneidad estructural de los países de la eurozona. Los costes de la reunificación fueron más indigestos de lo esperado y detuvieron el crecimiento de la economía germana. Para reactivar la economía, el capital alemán (con la connivencia del socialdemócrata Schroeder) aplicó una represión salarial brutal. Esta se llevó a cabo mediante la reestructuración del potente tejido productivo alemán. La externalización de muchos procesos y secuencias productivas a Europa Central y del Este, y la amenaza permanente de la deslocalización industrial, hicieron descender los costes laborales. Las industrias de exportación alemanas se hacían cada vez más competitivas enseñoreándose de los mercados.
Los países de la periferia europea, a su vez, gozaban en esa época de unas facilidades de acceso al crédito completamente desconocidas en las etapas anteriores a la constitución del euro. La munificencia crediticia servía para compensar la escasez de unos fondos estructurales y de cohesión con los que afrontar con seriedad el objetivo de la convergencia real entre los distintos países. “Abundancia privada, miseria pública” que también se da en el ámbito financiero y que ofrece a los bancos negocios rentables y a las industrias exportadoras del Norte la oportunidad de aprovechar las capacidades adquisitivas de países como Portugal, España, Italia o Grecia. Mientras la periferia celebraba febril la afluencia de capital barato, inflando unas burbujas tras las que se escondían desequilibrios macroeconómicos evidentes y diferencias estructurales profundas, las bases sociales, políticas y ecológicas de sus economías locales se desmoronaban por momentos. Europa era conducida a la fractura social.
Es posible que la crisis en Europa tenga que ver también con la crisis de la idea de Europa. En realidad, el viejo continente se encuentra atrapado entre dos crisis: una interna, relacionada con las fallas estructurales y la supervivencia del euro, y otra externa, que tiene que ver con su pérdida de influencia como resultado de la globalización y la emergencia de un mundo post-europeo. Lo peor que le puede ocurrir a Europa en medio de ellas es olvidar el sueño de paz que motivó el proyecto de integración europeo y abandonar los valores ilustrados que hicieron posible la emergencia de la razón democrática en el mundo moderno.
Santiago Álvarez Cantalapiedra

lunes, 1 de abril de 2013

¿Es esto, todavía, democracia? El Partido de La Izquierda, frente al sistema alemán de partido único

 

Oskar Lafontaine , die linke.

31/03/13 SINPERMISO

“Mientras los grandes patrimonios –y la estructura social de poder de ellos resultante— sigan formándose de modo que la minoría ‘explote’ el trabajo de la mayoría; mientras eso ocurra, no podrán, lógicamente, imponerse los intereses de la mayoría. En otras palabras: la democracia, que significa un orden social en el que los intereses de la mayoría se imponen, naufraga en el rocallar de las estructuras de poder armadas por el partido único alemán.”

En los próximos meses se representará en Alemania una comedia. La pieza se titula: “El campo de la contienda electoral”. Los papeles principales corresponden a Angela Merkel y Peer Steinbrück. Entre los actores secundarios vemos a Horst Seehofer, Sigmar Gabriel, Philipp Rösler, Jürgen Trittin y el resto del personal dirigente de la CDU/CSU, SPD, FDP y Verdes. Para la Izquierda no está previsto en esta representación papel alguno. Con ayuda de la policía política, de los medios de comunicación en manos de grandes corporaciones privadas y de la radiotelevisión de titularidad pública se hará todo lo posible para echar de la pasarela del capitalismo al incómodo partido.

El lenguaraz escritor norteamericano Gore Vidal lo dejó dicho hace ya unos cuantos años: “La democracia es manifiestamente un lugar en el que se da un sinnúmero de elecciones con inmensos costes sin asuntos programáticos de por medio y con candidatos intercambiables”. Para él no había ya en los EEUU varios partidos, sino “un sistema de partido único con dos alas derechas” trabajando a favor de los intereses de las grandes empresas privadas. Y no veía en los medios de comunicación sino instrumentos de propaganda para la conservación de las relaciones sociales de poder.

Se podrá descontar la opinión de Gore Vidal como exageración literaria de un escritor, pero lo cierto es que Heribert Prantl acaba de ofrecernos en laSüddeutschen Zeitung una traslación del juicio de Gore Vidal sobre la política en EEUU a las elecciones alemanas en curso para el Parlamento Federal:

“El campo de la contienda electoral es una disputa electoral que propiamente no existe ya… El campo de la contienda electoral es un término malhadado, por mucho que lo acuñara Heiner Geißler. Lo que Geißler quiso significar en su día, existía en su día como tal. Había posiciones encontradas, opuestas, en todas las cuestiones fundamentales de la política: política exterior, política económica, política energética, política migratoria… Las diferencias fundamentales entre los partidos (exceptuada la Izquierda) han desaparecido.”

Americanización

La cosa no ofrece duda: la americanización de la política alemana ha llevado a que hoy, también en Alemania, haya un sistema de partido único con cuatro alas, para seguir con la imagen de Gore Vidal. Las alas se llaman CDU/CSU, SPD, FDP y Verdes, y actúan todas, unas veces más, otras veces menos, a favor de los intereses de los bancos y de las grandes empresas, como lo prueban la política fiscal de los últimos años y el sinnúmero de rescates bancarios aprobados. Afirman todos sin reservas un orden económico en el que la desigual distribución del ingreso, del patrimonio y del poder lleva a que una minoría haga trabajar en su propio beneficio a una mayoría, dando a esa mayoría salarios y participaciones subalternas muy por debajo de lo que corresponde al pleno rendimiento de su trabajo. En oposición al partido único federal alemán, la Izquierda dice: la propiedad debería dimanar sólo del propio hacer, del propio trabajo, y no de lograr que otros trabajen para uno. Mientras los grandes patrimonios –y la estructura social de poder de ellos resultante— sigan formándose de modo que la minoría “explote” el trabajo de la mayoría; mientras eso ocurra, no podrán, lógicamente, imponerse los intereses de la mayoría. En otras palabras: la democracia, que significa un orden social en el que los intereses de la mayoría se imponen, naufraga en el rocallar de las estructuras de poder armadas por el partido único alemán.

Mientras no se ataquen esas estructuras, asistiremos a los sumo a pugnas de cara a la galería y a crispadas disputas en torno a objetivos secundarios de batallitas menores. Cuanto menos se diferencian las posiciones políticas fundamentales unas de otras, tanto más ruidosa debe ser la grita, a fin de dar la impresión de que el campo de la contienda electoral se mantiene vivo. De aquí el juicio de Heribert Prantl: “Es lo más probable que, pese a toda la faramalla organizada en torno a la política de rentas, no haya en toda Alemania más de mil personas capaces de poder deletrear las diferencias entre la CDU y la SPD. Y lo mismo ocurre con otras políticas”. También el diario [conservador] Frankfurter Allgemeine Zeitung habla de un campo de contienda electoral “impropio”.

Tampoco hay que dejarse cegar por los “casos de plagio” roji-verde. Con gran diligencia socialdemócratas y Verdes han venido haciendo suyas, con modificaciones y desnaturalizaciones varias, tradicionales propuestas políticas de la Izquierda, a fin de hacer olvidar los desastres sociales causados por las políticas que desarrollaron durante sus años de gobierno en coalición: relaciones laborales precarizadas, salarios ínfimos, pauperización de la vejez, destrucción de los sistemas sociales de seguridad.

Plagian, desde luego, la idea del salario mínimo, y lo mismo puede decirse respecto de las timoratas propuestas con que ahora pretenden:

* mejorar las jubilaciones y elevar un tanto el bajo nivel de las prestaciones ofrecidas desde su contrarreforma del Hartz-IV;

* rebajar el copago sanitario y las matrículas universitarias;

* poner coto al trabajo temporal y a los contratos externalizados de obra;

* aumentar los tipos fiscales marginales altos, gravar fiscalmente el patrimonio, las rentas de capital y las transacciones financieras;

* limitar los alquileres, los precios de la energía y los intereses por descubiertos bancarios;

* introducir eurobonos;

* retirar licencias a los bancos que facilitan la evasión fiscal;

* promover la separación entre banca comercial y banca de inversión;

* limitar las remuneraciones de los ejecutivos;

* exigir responsabilidad a los acreedores y proceder a quitas de deuda.

Eso, por limitarnos a unos cuantos ejemplos.

El robo de ideas no puede confundir a nadie: la SPD y los Verdes, lo mismo que CDU/CSU y FDP, son y serán, llegado el caso, secciones leales al sistema del partido alemán federal único. Han votado todos de consuno a favor de modificar la Constitución para imponer un tope de deuda; de consuno han votado todos a favor del Pacto Fiscal europeo, así como por los distintos rescates. Lo que muestra que el “campo de la izquierda”, SPD y Verdes, no ha roto amarras con sus viejas y catastróficas políticas del Hartz-IV y de la Agenda-2010. El Pacto Fiscal significa el afianzamiento de esta brutal política de recortes para toda Europa. Sólo por eso se avilantan la SPD y los Verdes a llamarse a sí mismos partidos europeos: porque han interiorizado y hecho suya con descaro la idea de una Europa de mercados libres y grandes empresas como la única Europa posible.

Minas sin estallar sembradas por toda Europa

De medirse la realidad social conforme a la intención política declarada, no resultaría un juicio demasiado duro decir que ambos protagonistas “de izquierda” del actual “campo de contienda electoral” son como artefactos explosivos sin detonar abandonados por toda Europa. El Consejo Europeo resolvió en Lisboa, en diciembre de 2010, con la colaboración del Canciller roji-verde Schröder, “hacer de la UE el espacio económico basado en el conocimiento más competitivo y dinámico del mundo: un espacio económico capaz de crecimiento duradero, con más y mejores puestos de trabajo y una mayor cohesión social”. Esa era la intención declarada. ¿Cómo es la realidad?

Los jóvenes europeos de hoy que, crecientemente azotados por el paro, lean esto estarán plenamente justificados para dudar de la capacidad de juicio y aun del equilibrio mental de esos estadistas. ¿Cuándo comprenderán los políticos del partido alemán único que un sistema económico que tiene como fin la maximización de los beneficios y del patrimonio de la minoría necesariamente ha de traer consigo situaciones como las que estamos observando hoy en Europa?

En ese contexto resulta un chiste de pésimo gusto oír decir de consuno a CDU/CSU, SPD, FDP y Verdes que quieren poner la justicia social en el centro del “campo de contienda electoral”.

Es lógico también –porque está en la naturaleza del sistema— que ambos “campos” coincidan en convertir las guerras por los derechos humanos en el instrumento esencial de su política exterior. De manera inigualable ha estampado el Príncipe Harry la quintaesencia de esta nueva era de la política exterior alemana en la primera plana del diario sensacionalista Bild: “Resulta sin duda notable en este contexto que políticos de la SPD y de los Verdes criticaran con tal acritud a Merkel y a Westerwelle, acusándoles de que el gobierno federal no colaborara en la guerra de Libia.”

El rasgo que hace único al Partido de la Izquierda

La Izquierda, y eso lo sabe la gran mayoría de sus partidarios y de sus miembros, sólo puede justificar su existencia y sólo puede sostenerse con éxito en las contiendas electorales, si no se convierte en un ala más del partido único. El rasgo que la hace única es abogar por un orden económico en el que todos reciban el pleno importe del trabajo realizado. Esa constitución económica lleva a empresas democráticas cooperativas, y no a estructuras económicas autoritarias con trabajo temporal, contratos de obra, sueldos paupérrimos y minijobs. Lleva a una política exterior pacífica, que busca asegurarse las materias primas con el comercio, y no con guerras de derechos humanos.

Con ese transfondo resulta claro porqué SPD y Verdes vienen rechazando tajantemente desde hace años las repetidas ofertas de colaboración de la Izquierda. Los políticos del partido único alemán quieren arreglarse entre sí. Rechazan las reformas estructurales que podrían cambiar la constantemente creciente desigualdad en la distribución del bienestar y de las oportunidades en Alemania. Los programas electorales de la SPD y de los Verdes, que incorporan, más o menos desleídas, propuestas del Partido de la Izquierda, sirven sólo para enmascarar la realidad. Las electoras y los electores no deben percatarse de que detrás de esas proclamas no hay la menor intención de ponerlas por obra. Como dijo el otrora Gran Maestro de las campañas electorales socialdemócratas Franz Münterfering: “Es injusto valorar a los partidos, después de las elecciones, conforme a sus promesas electorales”.

El susodicho campo de contienda electoral es una farsa. Las electoras y los electores tendrán la experiencia de un dejà-vu. Luego de las elecciones, todo será en Alemania como antes de las elecciones, cualesquiera que sean los políticos y las fracciones del partido único que formen el gobierno federal. Asombrosamente, los representantes de la economía alemana manifiestan a hurtadillas su preferencia por un gobierno federal roji-verde. El antiguo jefe de la BDI [la organización de la patronal industrial alemana], Keitel, lo resumió así: “Cuando un país necesita hacer reformas político-económicas, lo mejor es que el gobierno que las lleve a cabo no tenga un color político demasiado sospechoso de favorecer a los empresarios.”

Oskar Lafontaine es Presidente del grupo de La Izquierda en el Parlamento del Sarre. Entre 2007 y 2010 fue el Presidente del Partido de La Izquierda

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Traducción para www.sinpermiso.info: Miguel de Puñoenrostro

viernes, 22 de marzo de 2013

La Unión Europea ha perdido el juicio. La locura de la austeridad.

 

EL PARLAMENTO EUROPEO, ESTRASBURGO

Por Tom McNamara*
Traducción: Enrique Prudencio para Zona Izquierda

La pesadilla y la locura son parecidas.
Estados misteriosos e involuntarios que sesgan

y distorsionan la realidad objetiva.
Uno se despierta de la pesadilla.
De la locura no hay despertar.
“Deja que tu  vida sea una fricción para que detenga la máquina”


 

Mientras que los funcionarios no electos que trabajan para la Unión Europea (UE) en Bruselas tienen su Premio Nobel de la Paz para mantenerlos calientes este invierno, los ciudadanos de Europa, por el contrario, solo pueden calentarse quemando el mobiliario. Casi 4 años después del final oficial de la peor crisis financiera en 80 años, las cosas no van muy bien en la Unión Europea. La Eurozona (los 17 países de la UE que utilizan el euro como moneda) cayeron de nuevo en recesión en el tercer trimestre de 2012 según el Eurostat, el organismo oficial de recopilación de estadísticas de la UE.

La comisión europea cree que la economía de la eurozona se contraerá, con una reducción del Producto Interior Bruto (PIB) del 0,3% este año en comparación con el anterior. Hasta el pasado mes de noviembre, la predicción de crecimiento era del 0,3%, (aunque mínimo crecimiento no fuese para echar las campanas al vuelo). Como consecuencia, el desempleo se calcula que subirá hasta el 12,2%, una revisión al alza a partir del ya triste cálculo anterior del 11,8%. Los niveles de desempleo juvenil en España y Grecia superan holgadamente el 50%. En Irlanda el porcentaje de personas consideradas en paro de larga duración subió del 29% al 63%, el mayor incremento entre todos los países de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico). Las cosas están tan mal que incluso el periódico “The Economist” pide que a Irlanda le “echen una mano” los alemanes con el fin de salir del programa punitivo de rescate.

¿Y qué tiene que decir el Presidente de la Comisión Europea José Manuel Durao Barroso de todo esto? El antiguo estudiante maoísta (y anfitrión de la infame cumbre de las Azores de 2003 donde el Presidente Bush II, el Primer Ministro Blair y el Presidente del Gobierno español José María Aznar sentaron las bases para la invasión de Irak) en una carta fechada el 11 de marzo de 2013, ha dicho que aunque era “dolorosamente consciente de que la actividad económica durante el año pasado ha sido decepcionante” y que todavía hay “unos altos niveles de desempleo inaceptable”, de alguna manera, por encima de toda lógica y razón, el Sr. Barroso tiene la sensación de que los esfuerzos de las reformas (es decir la austeridad) de los estados miembros están comenzando a dar sus frutos”.

El nivel de autoengaño y la total indiferencia ante el sufrimiento de otros seres humanos necesarios para hacer tal declaración es simplemente alucinante.

Más preocupante aún es un reciente papel del FMI (Eyraud and Weber 2013) que básicamente argumenta que el efecto de la austeridad impuesta por los gobiernos y los recortes presupuestarios para conseguir que bajen los niveles de deuda también serán, paradójicamente, para incrementar la proporción de la deuda con respecto al PIB.

Un documento complementario de De Grauwe and Ji (2013) proporciona apoyo adicional al argumento de que la austeridad ha sido un desastre completo y sin paliativos. Argumentan que el poco meditado “pánico inducido” de los programas de austeridad que les han sido brutalmente impuestos a los ciudadanos de los países del sur de la eurozona lo único que han hecho es exacerbar la crisis financiera.

De Grauwe and Ji han constatado que los países que han impuesto las medidas de austeridad más fuertes han sido también los que han experimentado los mayores declives del PIB. Además cuanto más intensa ha sido la austeridad, mayor ha sido el consiguiente incremento en la relación deuda-PIB de los países respectivos. Esto es lo que en términos prácticamente exactos se argumentaba en el documento del FMI.

Los programas de austeridad que les fueron impuestos a los pueblos de Europa, no solo provocaron una (previsible) recesión severa, sino que por lo demás, los programas no dieron más resultado que la recesión.

Lo único que produjeron fue el sufrimiento innecesario de millones de personas que perdieron sus trabajos (en la EU hay más de 26 millones de personas sin empleo).

Por su parte, el Presidente “socialista” Francois Hollande ha dicho que la “única prioridad” es encontrar nuevas formas de impulsar el crecimiento y conseguir que la gente vuelva a trabajar. Esto viene de un hombre que curiosamente no tiene problema para encontrar la manera de proporcionar ayuda militar a un gobierno no electo de Mali (a un coste estimado para el contribuyente francés de 3,6 millones de dólares diarios), y que dijo que Francia está preparada para “asumir sus responsabilidades” y suministrar armas a los rebeldes que luchan para derrocar al gobierno secular (aunque no electo) de Siria, ignorando totalmente el tiro por la culata recibido por derrocar al gobierno secular (aunque no electo al estilo occidental) de Libia en 2011 (a un coste estimado para el contribuyente francés de 2.1 millones de dólares por día).

Resulta preocupante que ya se hable de una “Primavera Europea” y de la creciente resistencia popular al mayor castigo autoinfligido mediante las directivas de los altos funcionarios no electos de Bruselas. En las recientes elecciones italianas un partido anti-austeridad obtuvo el 25% de los votos.

¿Y cual es la respuesta de la UE a todo esto? Después de la reunión del Consejo Europeo celebrada el 14 y 15 marzo, directrices relativas a las prioridades económicas para el año 2013 se emitieron por los Estados miembros. El Consejo Económico subrayó “la necesidad de la consolidación fiscal” (es decir la austeridad), asegurando al mismo tiempo el crecimiento económico. Algo que se denomina “consolidación fiscal favorable al crecimiento”.

Esto solo se puede llamar “Economía Unicornio 101.”

A Einstein se le atribuye la siguiente frase: “la locura lleva toda la vida haciendo lo mismo, una y otra y otra vez, y esperando cada vez un resultado diferente”. Según esta definición de la locura, los líderes de la UE están completamente locos. Cuando su acariciado proyecto termine en lágrimas, no tendrán a nadie a quien culpar, excepto a sí mismos.

SIEMPRE LOS MISMOS PAGANOS

 

 

La maldición financiera isleña hunde a Chipre y la arroja en brazos de Rusia

 

 

 

     

NICOSIA                                           MOSCÚ

21mar 2013 Público.es

Carlos Enrique Bayo

Primero, la empujaron a la maldición que ya antes arruinó a otras dos islas paradigmáticas del capitalismo especulativo financiero –y que hace pocos años eran todavía celebradas como portaestandartes del éxito de la economía neoliberal­–, y ahora la arrojan en brazos de Rusia al tratar de confiscar los ahorros de sus contribuyentes para pagar la factura del frenesí bancario inducido por los mismos que hoy le niegan crédito.

Hablo de Chipre, claro, después de ver caer a la próspera Islandia, desangrada por los excesos prestamistas al extranjero de sus banqueros, y de Irlanda, colapsada por el peso de su burbuja inmobiliaria y la insolvencia de su generosidad fiscal. Y me refiero a las potencias económicas del norte de Europa que, en su afán por proteger las ganancias de sus grandes bancos, “han cometido todos los errores en los que se podía caer”, según el primer ministro ruso, Dmitri Medvédev.

Esa no es sólo la opinión del Kremlin, en absoluto. Especialistas del docto Financial Times como Martin Wolf coinciden en que los dirigentes de la Unión Europea nos han dado “una lección de cómo no abordar los problemas financieros y de deuda soberana”. Aun sin tener en cuenta el expolio de los ahorradores, los expertos citan entre otras equivocaciones de manual la de “imponer pérdidas a los depósitos bancarios garantizados”, puesto que instigan una fuga masiva de capitales que convertirá la crisis en muchísimo más onerosa para el Banco Central Europeo, que se ha comprometido a prestar todos los fondos que sean necesarios para mantener las entidades chipriotas una vez termine el corralito y la incautación del dinero de los impositores.

Para entonces, argumenta Dmitri Afanasiev (también ruso, pero miembro de la Junta Directiva de la muy norteamericana Forbes), “decenas de miles de millones se habrán escapado de Chipre y el coste de los créditos de emergencia será muchísimo mayor que los 6.000 millones que el BCE no quiere aportar ahora”.

La canciller Merkel ha advertido de que son los “responsables” de la crisis chipriota los que tienen que pagar los platos rotos y muchos comentaristas están achacándola en gran parte al lavado de dinero de millonarios rusos, pero eso está bien lejos de la realidad. Son ahorradores chipriotas los que tienen 48.000 de los 68.000 millones de depósitos en los bancos de Chipre; y del resto, entre los muchísimos extranjeros que se aprovechaban de las excelentes condiciones bancarias en la isla (tan alabadas hasta que estalló la crisis financiera) figuran, por ejemplo, 60.000 modestos impositores británicos, en su mayor parte pensionistas, que poseen allí casi 2.000 millones y a los que el premier Cameron sí ha prometido compensar la expropiación.

“Los bancos chipriotas están en un brete no porque los rusos les hayan entregado fondos”, escribía ayer mismo Afanasiev, “sino porque las condiciones escogidas por los dirigentes de la UE (incluidos los de Berlín) para reestructurar la deuda de Grecia protegiendo las inversiones europeas perjudicaron a la banca de Chipre (…) La UE no sobrevivirá unida si en momentos de crisis las decisiones se adoptan desde un punto de vista nacional (alemán) en vez de desde una perspectiva paneuropea, y se permite el acoso a las naciones pequeñas”.

Ciertamente, el ultimátum planteado esta mañana por el BCE, dando a Chipre hasta el lunes para aceptar un plan a la medida de los intereses alemanes pese a la oposición de todos sus parlamentarios –y bajo la amenaza de hundir la banca chipriota al negarle la Ayuda de Liquidez de Emergencia–, supone hostigar al Gobierno de Nicosia… y cuando el débil se siente acorralado por los poderosos puede tomar decisiones desesperadas.

¿Cómo hemos llegado al borde de este abismo? Pues siguiendo, primero, las recetas neoliberales de la derecha y, después, aceptando la medicina austericidaimpuesta por esos mismos gobernantes conservadores, que repiten temerariamente su mismo error de la cumbre de Deauville (en septiembre de 2010), cuando anunciaron que los tenedores de bonos de deuda soberana en países rescatados perderían parte de su inversión garantizada. Las consecuencias, en aquel entonces, fueron devastadoras para naciones como España e Italia, que vieron dispararse sus primas de riesgo y quedaron condenadas a financiarse a intereses de usura que han convertido sus economías en rehenes de los mercados internacionales.

Hace años, cuando se hicieron los famosos stress tests de la banca europea que supuestamente garantizaron la solvencia futura de las entidades que ahora están en bancarrota, el grupo Pimco estimó que los bancos chipriotas necesitarían una inyección de 7.000 a 10.000 millones de euros, pero su informe nunca fue publicado porque las autoridades de la UE lo consideraron exagerado, ya que suponía el 60% del PIB de la isla. Ahora son ya necesarios 17.000 millones y Bruselas (obedeciendo a Berlín) está poniendo en peligro la unidad europea y la moneda única por ahorrarse poco más de un tercio de esa cantidad, quitándoselo a los ahorradores.

Al pinchar la burbuja de las subprime y los derivados especulativos del casino bursátil internacional (en 2007-2008) ya se podía fácilmente prever que sistemas bancarios como los de Chipre e Irlanda, con activos equivalentes a más de siete veces el PIB del país (en Islandia ascendían a ocho veces la riqueza nacional), iban a colapsarse. En el entorno chipriota, ese despropósito se generó a mediados de la primera década del siglo por la feroz competencia (cuyas virtudes siempre cantan los defensores de la privatización a ultranza) entre el Banco de Chipre y el Banco Laiki, que trató de ganar esa carrera ofreciendo condiciones extraordinarias para obtener depósitos. Hasta que el Estado tuvo que rescatar a Laiki, el año pasado, con fondos públicos por valor de 1.800 millones; un rescate desaforado para la diminuta economía chipriota.

Además, la quita decidida en 2012 por Bruselas a los tenedores de bonos soberanos griegos dejó a los dos grandes bancos de Chipre con 3.800 millones en papeles casi sin valor. Y el mercado inmobiliario, en el que ambas entidades habían confiado el 40% de su cartera crediticia, se hundió (igual que en el resto de Europa), perdiendo la mitad de su valor en tres años. Así que la insólita preeminencia de los depósitos monetarios en los activos de esos bancos, que equivalían al 91% del total (lo que mostraba la salud de esas entidades, según la teoría financiera actual), se transformó en una enfermedad incurable: disponían de tanta liquidez que la invirtieron masivamente en bienes presuntamente seguros como bonos del Tesoro (griego) e inmuebles.

Según nuestros eminentes economistas, la banca chipriota fue más que buena: sólo el 3% de sus inversiones recurrieron a vehículos dudosos o arriesgados como los derivados y otros instrumentos del casino bursátil. Pero cuando la burbuja estalló se encontraron con que eran incapaces de hacer frente a sus obligaciones con los impositores. Eso no es culpa de su mala gestión, sino que es una característica esencial de la banca moderna, como explican en la obra Banker’s New Clothes dos economistas del Max Planck Institute: la capacidad de los bancos para absorber las pérdidas es tan pequeña que operan permanentemente en el filo del desastre.

Por tanto, es la propia estructura fundamental del sistema bancario actual la que coloca a las autoridades gubernamentales ante un dilema terrible, explica Wolf: o rescatan a todas las entidades, cueste lo que cueste (avalando las gestiones más temerarias e irresponsables, y poniendo en peligro la misma solvencia del Estado), o se niegan a rescatar a las que se han hundido a causa de este riesgo sistémico y precipitan a sus economías en una depresión aún más profunda, causando el pánico de los mercados y una ruina todavía peor.

La solución que nos tratan ahora de imponer los que han establecido este orden de cosas consiste en que los contribuyentes repaguemos el desaguisado. Y si no, a los chipriotas sólo les queda vender al Kremlin la última joya de su corona: los yacimientos de gas natural recién descubiertos en aguas de Chipre.

¿Alguien asumirá la responsabilidad de semejante desastre? Pues claro que no.